Idolidia Darias / Florida / USA / Cuba: ¿Estado fallido o Estado disfuncional? Reducir la crisis cubana a una sola causa tampoco explica la realidad. Setenta años no caben en una etiqueta
Cuando Donald Trump califica a Cuba como un “Estado fallido”, la expresión tiene una enorme fuerza política, pero también plantea una cuestión conceptual: ¿qué significa realmente que un Estado haya fracasado? No basta con que un país atraviese una crisis económica profunda, tenga apagones, escasez, emigración masiva o un sistema político represivo.
En la literatura sobre fragilidad y fracaso estatal existen criterios mucho más específicos.
En uno de los marcos más utilizados, desarrollado por el politólogo Robert Rotberg**, un Estado fallido se caracteriza por su incapacidad —o falta de voluntad— para proporcionar bienes políticos esenciales a la población y, especialmente, por la pérdida del monopolio efectivo de la violencia. El deterioro de los servicios públicos, la pérdida de legitimidad, la corrupción, el colapso institucional, la violencia interna y la aparición de actores armados que compiten con el gobierno por el control territorial son elementos centrales del concepto.
El Fragile States Index, por su parte, observa dimensiones como la legitimidad del Estado, la seguridad, los servicios públicos, los derechos humanos, el desarrollo económico, el desplazamiento de población y la capacidad de las instituciones. Es decir, la fragilidad estatal no se reduce a una economía que funciona mal: implica evaluar si el Estado conserva capacidad institucional, autoridad y cohesión suficientes para gobernar.
Y aquí aparece la particularidad cubana.
Cuba presenta síntomas extraordinariamente graves de deterioro estatal, pero no encaja de manera sencilla en el modelo clásico de un Estado fallido. El gobierno cubano conserva el control territorial, mantiene un aparato administrativo, policial y militar altamente centralizado, controla las fronteras y ejerce un monopolio efectivo de la fuerza. No existe en la isla una guerra civil generalizada ni territorios controlados por señores de la guerra o fuerzas insurgentes que hayan sustituido al Estado. Precisamente esa capacidad de control es una de las razones por las que algunos especialistas diferenciarían entre un Estado que funciona mal para su población y un Estado que ha perdido la capacidad de gobernar.
Pero afirmar esto no significa minimizar la gravedad de la situación cubana.
Los datos disponibles muestran un deterioro profundo: apagones prolongados, escasez de alimentos y medicamentos, deterioro de las condiciones de vida, emigración masiva y restricciones sistemáticas de las libertades políticas. Human Rights Watch documenta además detenciones arbitrarias, subordinación de los tribunales al poder ejecutivo y control estatal de los medios de comunicación.
El problema, por tanto, es más complejo que la simple fórmula “Cuba es un Estado fallido”.
Cuba puede ser descrita con mayor precisión como un Estado altamente centralizado, autoritario y con una profunda crisis económica, institucional y social, cuya estructura de poder ha demostrado una extraordinaria capacidad para conservar el control político mientras disminuye su capacidad para garantizar niveles adecuados de bienestar material. Y esa diferencia es fundamental.
Setenta años no caben en una etiqueta
La crisis cubana tampoco comenzó ayer ni puede explicarse únicamente por los acontecimientos de los últimos meses. El sistema político surgido después de 1959 transformó progresivamente la estructura económica, política e institucional del país. A ello se sumaron posteriormente la dependencia de la Unión Soviética, su desaparición y el llamado Período Especial, la posterior dependencia del petróleo venezolano, las reformas económicas incompletas y las propias decisiones de política económica adoptadas por el gobierno cubano.
Al mismo tiempo, la relación conflictiva con Estados Unidos y el embargo estadounidense constituyen otro factor que debe incorporarse al análisis. Incluso Human Rights Watch, mientras documenta responsabilidades del gobierno cubano, señala que el embargo estadounidense ha afectado el acceso a determinados bienes y derechos económicos; al mismo tiempo, recoge que las autoridades cubanas utilizan ese embargo como argumento para justificar abusos internos.
Por eso, reducir la crisis cubana a una sola causa tampoco explica la realidad.
El deterioro actual es el resultado de una combinación de factores internos y externos acumulados durante décadas: modelo económico, concentración del poder, ausencia de competencia política, decisiones administrativas, pérdida de socios económicos, emigración, envejecimiento demográfico, crisis productiva, sanciones estadounidenses y dependencia histórica de aliados externos.
La paradoja cubana podría expresarse así:
El Estado cubano no parece haber perdido el control del país; el problema es que conserva una enorme capacidad para controlar a la sociedad mientras muestra una capacidad cada vez menor para satisfacer muchas de sus necesidades fundamentales.
Por eso, más que utilizar “Estado fallido” como una etiqueta definitiva, resulta analíticamente más útil preguntarse qué partes del Estado están fallando, cuáles continúan funcionando y para quién funcionan.
Porque un Estado puede tener electricidad deficiente, hospitales deteriorados, una economía improductiva y una población que emigra masivamente y, al mismo tiempo, conservar un poderoso aparato de seguridad, administración y control político.
En el caso cubano, esa contradicción es precisamente una de las claves para entender los últimos setenta años: no estamos simplemente ante el colapso de un Estado, sino ante la crisis prolongada de un sistema que ha conseguido preservar su estructura de poder mientras una parte considerable de sus capacidades económicas y sociales se deteriora.
Y esa diferencia importa. Porque un Estado que deja de funcionar es una cosa; un Estado que funciona fundamentalmente para conservar el poder, mientras fracasa en proporcionar bienestar y libertades a buena parte de su población, es otra mucho más compleja.
(Fund for Peace) (Africa and Asia: The Key Issues) (Reuters) (Human Rights Watch)
** politólogo Robert Rotberg-Robert Irwin Rotberg es un politólogo, académico y escritor estadounidense, reconocido internacionalmente por sus influyentes teorías sobre la gobernanza, la corrupción política y los Estados fallidos. Ha sido una figura clave en el análisis de los conflictos civiles e interestatales, especialmente en el África subsahariana, el Caribe y el sudeste asiático.
Aportes teóricos principales
Anticorrupción: Ha liderado diversos proyectos de investigación enfocados en cómo la ciudadanía y los líderes políticos pueden combatir el cohecho y el fraude corporativo global.
Teoría del Estado Fallido: Rotberg es uno de los máximos exponentes conceptuales en este ámbito. Postula que la razón de ser de un Estado es proporcionar «bienes políticos» esenciales a sus ciudadanos (como seguridad, justicia, infraestructura y libertades). Cuando un gobierno pierde la capacidad o la voluntad de suministrar estos bienes, el Estado entra en una escalada de fragilidad que clasifica en cuatro niveles: fuerte, débil, fracasado (fallido) y colapsado.
Gobernanza en África: Creó el Índice de Gobernanza Africana para evaluar de manera cuantitativa el desempeño de los gobiernos en dicho continente.