15 minutos y ya está

En estos días compartí en este blog una noticia relacionada con Australia, la vigilancia y el control y de cómo piden a los ciudadanos delatar al que no se ajuste a los parámetros del poder. También en mi canal he abordado el tema de las acciones de la ONU para que aprendas a vigilar y delatar y ofreció un manual para delatar.

Aunque el tema según los buscadores ya se viene enunciando desde hace como 5 años es notable que en el 2022 cobró más notoriedad.

Se trata de las ciudades de 15 minutos, definidas en los buscadores como «una corriente de ordenación urbana que plantea reorganizar los barrios de manera que nadie tenga que desplazarse más de un cuarto de hora desde su casa para poder acceder a cualquier servicio básico reduciendo así las emisiones derivadas de los desplazamientos y ganando en calidad de vida».

De la ‘propuesta’ se dice que ciudades como París, Copenhague o Barcelona ya están trabajando en ello.

Basta leer algunos artículos para tener un idea exacta de los planes de sometimiento y esclavitud que han diseñado desde hace tiempo. Pero como siempre digo recorre el pasado y busca otros polvos para entender estos lodos.

Lo que dejo a continuación lo reseñó en su página de Facebook el doctor en medicina Rafael Piñeiro. Si lo analizas podrás entender muy bien el propósito de los planes de los que se habla en los medios ‘informativos’ sobre los 15 minutos en la vida del hombre ‘moderno’.

A continuación te cuento algo que se ideó en el siglo XVIII. Ata cabos y establece nexos.

Rafael Piñeiro escribió:

Jeremy Bentham, notable pensador inglés, ideó hacia finales del siglo XVIII un modelo penitenciario por encargo del rey inglés Jorge III, al cual denominó Panóptico. Por esos azares del destino, el proyecto caló más, en su momento, entre los hacedores intelectuales de la revolución francesa (con Rousseau a la cabeza) que en las fronteras territoriales de la Gran Bretaña e Irlanda.

Bentham, un soñador, creyó que su modelo Panóptico no sólo podría usarse como establecimiento carcelario sino que también podría implementarse en fábricas y escuelas militares, con el objetivo de mejorar el rendimiento basado en la organización y la vigilancia.

El proyecto arquitectónico consistía, en fin de cuentas, en un edificio circular con una torre central, atravesada por amplísimos ventanales abiertos sobre la cara interior del círculo. A su vez, el edificio circular se hallaba dividido en celdas. Cada celda, dos ventanas. Una hacia el interior, conectando con las ventanas de la torre. Otra hacia el exterior, dejando pasar la luz de un lado a otro de la celda. Esta descripción la tomé casi literalmente de la que hizo Michel Foucault a sus entrevistadores Jean-Pierre Barou y Michelle Perrot en un célebre coloquio conocido como “El ojo del poder” y que sería editado en español por la casa La Piqueta, de Barcelona.

Lo interesante de este proyecto y de esta historia es que Jeremy Bentham puso quizás por vez primera a la arquitectura en función del poder, o de la administración del poder, para ser exactos. Hasta ese entonces el arte de la construcción se había encargado solo de reflejar la naturaleza abstracta del poder en forma de inmensos y faraónicos castillos, de iglesias avasalladoras, de mansiones, grandes plazas públicas y centros de recreo; era la arquitectura hasta ese entonces una manifestación necesaria e inevitable de parte de quienes regían sobre la vida de los demás, era una muestra de superioridad moral a través del resultado constructivo, pero nunca, me atrevo a decir, había funcionado ésta como complemento de un ejercicio represivo, como mano ejecutora y controladora del poder. De hecho, Bentham alardearía en muchísimas ocasiones de que su Panóptico sería la gran innovación en materia de ejercer la autoridad acertada y fácilmente. Es decir, Bentham ideó una especie de vigilancia policíaca y social que perfectamente podía ser empleada, de forma práctica, en el diario vivir de la revolución francesa.

En 1791 el pensador inglés fue premiado con la ciudadanía francesa tras el visto bueno de su proyecto por parte de La Fayette. Tal y como lo apunta certeramente Foucault, Bentham se convirtió en el complemento de Rousseau. Por un lado, el filósofo francés, el padre intelectual de la revolución francesa, aspiraba a una transparencia total de la sociedad (sobre todo de sus enemigos) donde no existieran zonas oscuras, donde la individualidad del hombre fuera restringida, cuestionada y analizada. Por otro, Bentham ofrecía el implemento práctico con el cual lograr esa transparencia en determinadas y problemáticas áreas: cárceles, escuelas y fábricas, por ejemplo.

Ya desde aquí podemos, sin dudas de ninguna clase, establecer una semilla histórica, germinal, de ese concepto tan exclusivo que ha animado a múltiples sistemas totalitarios desde los tiempos del más férreo estalinismo: la represión preventiva. Cada movimiento sospechoso, cada gesto, cada acción, quedarían, gracias a las luces y a los amplios ventanales, al descubierto. Se haría realidad así aquella máxima de Rousseau que aspiraba a que “cada vigilante se convirtiera en camarada”, trastocándose finalmente incluso en una versión aún más siniestra, la de Bentham, que causaba que cada “camarada se convirtiera en vigilante”.

Fue, en definitivas, el advenimiento de la nueva justicia “popular”, donde ya no sólo se castigaba sino que también se reprimía antes de que se cometiera el delito. Fue, tal y como dijo Foucault, la facilidad de hacer el “mal”, de construir lo “nocivo” debido a la mirada de los otros, al discurso de los demás.

Y hoy en día la tecnología post smart-phone ha terminado por cumplir los sueños de Bentham y de Rousseau. La institucionalización de una sociedad de vigilancia perpetua no es ya tan sólo una ilusión o un amago, sino una realidad brutal que se impone a golpe de cancelaciones, de premios y de castigos.

Más información en el tema cubano y el presidio político Modelo en Isla de Pinos

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