Dama de Cuba: nunca nos pudieron quitar al amor a la familia y la fe en Dios

Tomado de Internet (Panoramio)
Tomado de Internet (Andreas Pusch Panoramio)
A las “Damas de Cuba”, de ayer y de hoy, un post que recoge el testimonio de una de las tantas mujeres cubanas que han sufrido en cuerpo y alma la intolerancia y el terror doméstico de la dictadura.

Una dictadura comunista que ha variado los métodos de oprimir pero no la esencia criminal.

Moraima Caballero era natural del poblado de Sancti Spíritus. Muy joven se casó y se fue a vivir a una finca en el campo en la zona cercana a la carretera que une a Sancti Spíritus con Trinidad. Era una finca próspera, propiedad de la familia del esposo. En 1960 su esposo, su suegro y cuñados que vivían en la finca de la familia comenzaron a ayudar a los hombres que estaban alzados en las montañas contra el régimen tiránico recién instaurado.

Les enviaban comida y otros avituallamientos fundamentalmente a Osvaldo Ramírez y los hombres de su grupo que aunque no venían hasta la misma casa sí las recogían en puntos determinados que señalaban, así evitaban ser vistos o caer en alguna emboscada de la milicia.

Las mujeres de la familia no estaban enteradas de los detalles porque nunca los hombres les daban información para evitar futuras represalias del régimen pero sí ayudaban con la preparación de las comidas y los envíos que se hacían desde la finca a los alzados.

De esa etapa Moraima cuenta: “Un 13 de octubre de 1963 llegaron y citaron a los hombres de mi familia para que se presentaran en Sancti Spíritus, según los que citaron ‘era para tomarles una declaración’. Las mujeres nos quedamos en la casa que además rodearon los milicianos para mantenerla en constante cerco y vigilancia. Yo estaba embarazada de cinco meses de mi hija Magali y además tenía otra niña de tres años que se llama Gladis.

“Como pasó el tiempo y no regresaban ni teníamos noticias de ellos, ni sabíamos qué podría estar pasando yo decidí ir a Sancti Spíritus a indagar por mi esposo y por los demás. Fui a ensillar un caballo para llegar hasta el pueblo e inmediatamente un guardia de aquellos se ofreció para ir conmigo, ensilló otro caballo para acompañarme y yo me negué, le dije que iba sola y regresaba sola, así lo hice, pero de todas formas él fue tras de mí, vigilándome.

“Me enteré que los habían llevado para la cárcel del Condado cerquita de Trinidad y entonces preparé y les llevé una jaba con lo indispensable para aseo y ropas para cambiarse. En aquel lugar me atendieron, recogieron la jaba y todo pero nunca se la entregaron. Tampoco me dieron explicaciones.

A ellos en Condado los torturaron sicológicamente y los tuvieron incomunicados todo el tiempo.

“Pasaron días y días, nosotras seguíamos en aquel estado de control y vigilancia, los milicianos ni se movían de los alrededores y el día 11 ó 12 de noviembre, no recuerdo exactamente, vino hasta la casa un carro de milicianos y el que parecía el jefe les habló a los demás que estaban allí y aunque no pude escucharlo todo sí oí cuando dijo: ‘estas mujeres tienen que ir a coger la guagua que viene a buscarlas, a las buenas o a las malas’.

“Dejé mi casa con todo, juegos de muebles, ropas, utensilios de cocina, animales, vacas, cerdos, gallinas, una casa de ordeño en la que además hacíamos quesos, un pilón de maíz repleto debido a las abundantes cosechas que se recogían en la finca, una arboleda frondosa llena de todo tipo de frutas, en fin, una finca envidiable No supe qué fue de aquellos. Nunca más me permitieron volver a aquel lugar.

Todo quedó en manos del gobierno. Estaba en marcha el famoso Plan Escambray que consistió en eso, en robarles descaradamente a los hombres y mujeres de bien hasta la sonrisa, convertirlos en cautivos y reducirlos a un estado de pobreza absoluta.

Nosotras no entendíamos qué era lo que nos iba a pasar, yo, embarazada y con la niña chiquita apenas atiné a coger unas ropitas para ella por si no nos regresaban en el día.

En medio de aquel desconcierto tampoco sabíamos qué nos esperaba en el futuro.

Nos montaron en la guagua y cada rato hacían una parada y montaban gente, yo veía que aquello no terminaba, por fin llegamos a Sancti Spíritus pero parece que mi madre ya estaba enterada de lo que iba a suceder o alguien le había avisado y estaba allí esperándome, llorando la pobre, pidiéndole a los guardias que me dejaran a mí pues estaba embarazada y con la niña, pero nada, siguieron con nosotros para la Habana para un reparto llamado Miramar, un lugar que había sido de residencias de personas que tenían un buen nivel de vida en Cuba y abandonaron el país cuando llegó el comunismo.

Eran casas de lujos y estaban en un barrio que había sido ‘selecto’ pero desde luego nosotras no éramos turistas, todo cercado, custodiado y con régimen penitenciario de permisos pedidos y pases para salir o para recibir vistas.

Desde que entramos allí pasamos a un régimen de prisión. No estoy segura pero creo que éramos como trece o catorce familias en total. A mi suegra, mi cuñada, la niña y yo nos reunieron en la misma casa con otras personas más que incluso yo no conocía, aunque la casa por fuera era de lujo, adentro el sistema era de albergues, la comida la cocinaban en otro lugar y nos la llevaban a repartir allí.

Como ya te conté yo sólo llevé lo indispensable de ropa para la niña pero el resto de las mujeres no llevaban nada más. Mi hija Gladis no comía casi y yo como tenía en mi casa condiciones la alimentaba muy bien buscando siempre cocinarle lo que a ella le gustara pero en aquel lugar la comida era la misma para todos y desde luego pésima. Yo veía lo delgadita que se ponía, por mi parte, embarazada, sin una ropita para cuando tuviera el bebé, ni un paño para arroparlo, en fin, nada.

Mientras, desde Sancti Spíritus mi mamá comenzó a hacer todo tipo de gestiones para sacarme de allí y llevarme para la casa de ella, pero no lo permitieron. Por esa fecha no teníamos idea de dónde estaba mi esposo, ni mi suegro, y mucho menos él sabía cual había sido mi destino.

En enero de 1964 yo le dije a Omara la responsable de nosotras en la prisión de Miramar ‘creo que estoy de parto, apúrate y búscame un carro’. Me fui para la enfermería porque de allí no podíamos salir si no era con un permiso, empezaron las demoras con el carro de ambulancia y por fin llegó pero di a luz en la ambulancia, después me llevaron al hospital, me tiraron en una cama, sin un pañal, sin una ropita, solita allí.

Las demás mujeres del albergue empezaron a presionar a la jefa para que buscara algo con qué vestir a la recién nacida y entre todas buscaron y me mandaron lo que pudieron porque ellas tampoco podían salir de allí. Mi otra niña se quedó sola en el albergue de Miramar, gritando sin mí, entonces al día siguiente le pedí al doctor que me diera el alta porque me preocupaba mi otra hijita. Como la recién nacida estaba saludable y sin problemas convencí al doctor. Tuve que salir del materno con la misma ropa que fui a parir, sin dinero, sin nada más. Busqué un taxi que me llevó al albergue donde pedí dinero para pagar el viaje. Después mi mamá me mandó ropitas y lo que pudo conseguirme y más o menos fui remediándome.

Ya por esa fecha supe que a mi esposo y a todos los hombres que habían caído presos los tenían en una prisión en Sandino provincia de Pinar del Río. Supe que desde Condado los trasladaron para allá, sin ropas, sin nada más, sin el conocimiento de sus familias, sin una explicación. Tanto ellos como nosotros nos convertimos en una propiedad privada del comunismo. Fuimos los humanos que el famoso Plan Escambray convirtió en esclavos modernos.

La recién nacida era muy sana pero a los tres meses empezó con fiebres. Llamé a una amistad que vivía en la Habana y le pregunté que si tenía alguien médico de confianza que pudiera ir allí donde estábamos para que sin que nadie notara que era médico me la observara. Así hicimos, él se puso ropa civil y metió los equipos de médico en una jaba cualquiera y fue como un visitante más. Me atendió la niña y vio que tenía un poco de bronquitis, la niña hizo alergia a la penicilina y no le pudo poner una, no teníamos más medicamentos, esa noche no dormí velándola y al día siguiente le dije a Omara la jefa de nosotras ‘veo la niña muy mal’.

La llevaron al médico y me dijeron ‘hay que ingresarla y desde luego yo no podía estar en el hospital porque en esa época eso era prohibido, tuve que dejarla allí y regresar al albergue pero cuando fui por la mañana del día siguiente no aparecía mi niña, nadie sabía dónde estaba ni me podían explicar donde la tenían, luego de muchas averiguaciones supe que la pasaron para otro hospital y el doctor que me vio no me dio esperanzas de vida para la niña, me la trajeron en un estado que daba lástima, me dejaron con ella allí y así poco a poco con cuidados esmerados la fui salvando y como a los 15 días le dieron el alta.

Después supe que a mi esposo, suegros y cuñado cuando los sacaron del Condado los llevaron hasta Sandino y los tuvieron vestidos de presos y en albergues de presos todo el tiempo que estuvieron en Sandino.

Como yo sabía ya donde estaba mi esposo me escapé de Miramar con las dos niñas y se las llevé al padre para que las vieran, claro, cuando yo llegué al campamento en Sandino ya la policía sabía que yo iba para allá y me estaban esperando, ellos llamaron a la Habana y dijeron que yo estaba allí, me reuní dos horas con él y luego regresé para la Habana, donde recibí el correspondiente regaño.

III

Ciudad Sandino Destino final de miles de campesinos del Escambray que fueron llevados allí por la fuerza
Ciudad Sandino Destino final de miles de campesinos del Escambray que fueron llevados allí por la fuerza

Ciudad Sandino la nueva prisión

En agosto del 64 nos dijeron que en Sandino estaban haciendo 300 casitas para que en el futuro nos fuéramos para allá, que íbamos a tener oportunidades mediante una selección. Aquel pueblecito quedaba pegado a la costa, distante de donde yo vivía en Sancti Spíritus.

La casa que me dieron era en un edificio y los muebles eran rústicos, de mala calidad, una litera en un cuarto y una cama en el otro, una mesa y cuatro sillas, dos o tres platos un fogoncito y unos calderos.

A todos los hombres de esa recogida no le hicieron juicios, ni los acusaron de nada, directo como te dije a Sandino. La finca de nosotros tenía mucho café, mucho arroz, todas las cosechas, la tierra, la casa con todo lo de adentro pasó a ser propiedad del gobierno por obra y gracia del Plan Escambray.

Mis tres hermanos que eran del mismo pueblo de Sancti Spíritus también cayeron presos, se llaman Ovidio Caballero (le echaron 10 años), a Orlando (12 años) y a Orestes (9 años). También te puedo decir que los detalles los supe después, en la época que mis hermanos cayeron presos ya yo estaba cautiva en Miramar y mi esposo cautivo en Sandino.

Mis hermanos tuvieron relaciones de ayuda y colaboración con Tomas San Gil, Julio Emilio Carretero y Osvaldo Ramírez. Realmente no sabía mucho porque los hombres no nos daban detalles para protegernos, ellos decían ‘mejor no estés al tanto para evitar que tomen represalias’.

Yo me enteré de eso muchos años después.

Los hombre nos protegieron sin embargo el final fue que nos hicieron cautivos a todos, mujeres y hombres, nos reconcentraron y un poco más, un poco menos fuimos torturados y vejados igual.

Cuando decidimos irnos del país no teníamos ni carta de libertad, ni sanción, ni sentencia, ni nada que nos permitiera demostrar que éramos presos políticos.

Tuvimos que demostrar que éramos cautivos pero para eso primero la embajada americana inició una investigación y ya cuando estuvo todo listo nos procesaron y pudimos venir como refugiados políticos a este país.

En esos pueblos cautivos que obligó construir la llamada revolución mediante trabajos forzados de los propios campesinos que arrancaron del Escambray no se les permitió construir una iglesia. Nos impusieron una actitud atea, sin embargo mi hija y yo pusimos nuestras casas al servicio del cura que iba hasta allí para hacer los grupos de oración así como celebrar las misas y las jornadas religiosas que comprende la iglesia católica.

Empezamos como diez personas, después éramos veinte, se llenaba la casa, hasta los médicos de los consultorios iban.

En el 2001 cuando yo me fui de Cuba ya las misas se hacían en otra casa al aire libre, se llenaba el patio, los alrededores, eran muchísimas persona. Nunca les permitieron a las autoridades religiosas fabricar un templo ni nada.

Yo nunca perdí la fe. Mi hija Gladis fue bautizada en Sancti Spíritus pero como Magali nació estando yo presa en cuanto me dieron un permiso o pase temporal para viajar a Sancti Spíritus la llevé a la Iglesia de allí y también la bauticé.

El comunismo quiso destruir a los hombres y mujeres del Escambray en todos los sentidos pero no pudo porque ni perdimos la fe en Dios, ni destruyó el amor y la unión de mi familia. En esa batalla moral y humana siempre fuimos superiores.

Moraima Caballero falleció en Miami un año después de haberme dado su testimonio para el libro Escambray: La historia que el totalitarismo trató de sepultar.

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Autor: Idolidia Darias

Periodista cubana radicada en Miami desde 2004. Estudió Lengua y Literatura en el Instituto Superior Pedagógico Félix Varela en Santa Clara, Villa Clara, Cuba. Autora del libro “Escambray, la historia que el totalitarismo trató de sepultar” y coautora de “Cuba: desplazados y pueblos cautivos”. Es autora del blog

1 comentario en “Dama de Cuba: nunca nos pudieron quitar al amor a la familia y la fe en Dios”

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