Volver al Escambray no fue fácil

Antes de 1959 José de Asís vivía en una finca de su  propiedad en el macizo montañoso de Mayaguara, entre Meyer y Condado, antigua región Escambray. Pertenecía a la Reserva Militar que tenía el ejército del país en aquel momento aunque nunca lo llamaron a filas.

carretera-a-topes-de-collantesNo tuvo simpatías ni vínculos con los que se alzaron contra Batista antes de 1959 y al principio del triunfo de la revolución tampoco se  unió a ningún grupo de los que   se alzaron contra Castro. Asegura que no quería saber nada de aquello ni para bien ni para mal, solo se interesaba trabajar y echar para adelante a su familia pero lo que le pasó en 1961 lo obligó a determinarse contra el régimen.

Cuando lo conocí en 2001 vivía en el campo muy cerca del municipio de Manicaragua en una casita precaria. Estaba casi ciego. Apenas veía figuras borrosas  frente a él.

“No  puedo ver tu rostro, solo veo tu silueta frente a mí pero me dijeron que eres de fiar y te quiero contar lo que enfrenté.

Cuenta José“En 1961 fui apresado y llevado a un calabozo en Condado, Trinidad, acusado de colaborar  con los alzados. Estuve allí 14 días en una celda y las condiciones eran torturantes, era muy bajita, no me podía parar pero cuando intentaba acostarme tampoco me podía estirar lo suficiente porque el espacio era reducido,  para colmo la luz encendida todo el tiempo y la puerta tapiada. Me decían que ellos me iban a demostrar que yo era colaborador y traían personas para que me identificaran y acusaran pero ninguna me identificó como tal, no hubo un testigo que dijera algo que me ibicara como sospechoso, por eso al final tuvieron que soltarme  pero los muy descarados y criminales esperaron a que fuera de noche y me bajaron de un carro en un lugar del que yo no tenía idea ni me pude orientar en medio de la oscuridad. Me senté debajo de un árbol y esperé el  amanecer.

Para intentar orientarme empecé a caminar por un camino pero tampoco sabía  hacia qué lugar de la zona me dirigía, luego de un rato encontré personas que me pudieron dar una idea y entonces me orienté.

Por esos abusos decidí colaborar con los alzados y escogí ayudar a  Leonel Martínez (ese alzado fue de los últimos que mataron. Era un hombre excelente y le ayudé todo lo que me fue posible y no me agarraron,  ni sospecharon de mí”.

Recuerda José que por aquellos años hubo casos de alzados que no tenían buena reputación, “pero eran pocos”.

”La gente comentaba de un tal Pata de Plancha (no recuerda su nombre) que acabó en esas lomas, hizo de todo”. Sin embargo Tomás San Gil era muy buena persona, respetable, decente, valiente  de buena estima por todos y de una familia íntegra. A él le decíamos Tomasito y sé que se metió en la  lucha por convicción pues tenía muy buena posición económica y no les iba mal ni a él ni a su familia así que pienso que luchó porque en Cuba no hubiera comunismo. Yo conocí de vista a  Cheíto León  pero no tuve amistad ni relación, no tengo criterios de él ni a favor ni en contra. Lo que sí oía de él en toda la zona de Trinidad es que era muy valiente y peleaba duro”.

Para José aquella etapa en el Escambray fue muy difícil y confusa, No se sabía quién era en realidad cada persona que se acercaba a otra. “Lo mismo caías en manos de alzados que de la milicia pues si ayudabas a  los alzados la milicia te apresaba pero si ayudabas a la milicia los alzados se celaban de ti, te creían chivato, informante y la situación se complicaba. También algunos campesinos se hacían pasar por colaboradores y si tú te unías a ellos para colaborar te delataban con la milicia y el G-2 como le llamaban cuando aquello a la  Seguridad del Estado. En aquellos montes nunca  se llegaba a saber qué camino era más confiable y seguro”.

En diciembre de 1971 José  fue citado junto con otros campesinos para Trinidad. Allí los rodearon muchos milicianos armados con carabinas y los obligaron a subir a camiones que se usaban para transportar vacas y que salieron con rumbo desconocido. Ninguno tenía noción de lo que estaba pasando ni por qué aquellas medidas de seguridad extrema. Todo el tiempo los militares que montaron en cada carro les apuntaban con las carabinas.  Al cabo de muchos kilómetros se dieron cuenta que iban para Santa Clara.

Ya en esa ciudad les dijeron todo tipo de ofensas, les insistieron en que nunca podrían regresar al Escambray pero jamás hubo una frase sobre el futuro inmediato de ellos.

Los pusieron en fila. A ambos lados estaban los combatientes armados y así sin poderse mirar unos a otros los hicieron subir al  tren y así los mantuvieron todo el viaje. “Eran muchos guardias y milicianos con unas armas que nunca  había visto, dijo José..

maxresdefaultEl tren emprendió viaje hacia el Occidente y un día después a José y a un grupo de campesinos que nunca había visto les ordenaron bajar en un lugar totalmente desconocido.

“Aquello era una prisión cercada, como un campo de concentración. Yo un día dije que preso no trabajaba  y un teniente me dijo que yo no era preso, entonces le respondí pues  me voy pa’ Trinidad y me dijo que ni se  me ocurriera porque de allí no podía salir”.

En el tiempo que estuvimos allí fuimos todos  muy rebeldes, teníamos discusiones con los guardias.

José recuerda que meses despues de estar allí se presentó algo inesperado para un grupo de ellos. Sedieron cuenta que los habían puesto en una circunstancia similar a la que viviían pero en otra región del país.

Recogieron a 25 hombres y los trasladaron para Miraflores que queda al norte de Morón en la antigua provincia de Camagüey. Era una zona donde sólo había mosquito y jejenes. No tenían rejas ni alambradas los barracones pero el mismo sistema de prisión se mantenía.

“Hubo algunos que se fugaron de allí pero los atraparon y metieron en celdas de castigo varios días, Cuando los devolvieron al albergue parecían otras personas, muy delgadas y con muestras de haber pasado algo muy terrible.

En Miraflores también tuvieron que trabajar haciendo los edificios de apartamentos en medio de aquellas zonas despobladas. Les decían que esas serían las casas de ellos y sus familias.

“En Trinidad no me quedó nada, la finca me la quitó el Gobierno Revolucionario, la casa se la dieron a unos orientales. Sacaron de allí y mi esposa que leugo se fue conmigo a Miraflores cuando terminamos de hacer las casas. Mis hijos  se quedaron  viviendo en Manicaragua.  “Mis padres y hermanos que vivían cerca de mí en las montañas murieron. Solo te cuento que yo no vi más a mi madre desde el 1971 en que me sacaron del Escambray hasta el día que ella murió, porque vivir en un lugar tan intrincado como Miraflores con todos los problemas de transporte que hay en Cuba era difícil. A veces nos daban un pase por tres días y  te demorabas tanto en llegar que ya era la fecha del regreso y entonces caías como ausente y te sancionaban. La única vez que vi a mi madre después que me sacaron del Escambray fue en su entierro. Cuando me avisaron de su gravedad partí para allá pero  no alcancé a verla con vida”.

Por eso volver nunca fue fácil pero algo logré

430072_478032562217062_576553469_nEn 1975 la dictadura en Cuba ordenó la división administrativa de tal forma que dejó de existir la Región Escambray y la dictadura anunció que ya se habían eliminado los focos insurgentes que denominaron “bandidos”.

El pretexto por el que supuestamente sacaron de allí a miles de campesinos -decían que para protegerlos de los alzados contra Castro- ya no estaba sin embargo ninguna de esas familias pudieron regresar a las fincas y caseríos donde vivieron.

Jose intentó regresar a su  antiguo terruño pero el lugar más cercano que encontró  fue en el municipio de Manicaragua en una ranchito que le ayudó a levantar un cerca del barrio de La Carranchola. Y allí se asentó en 2001.

En esa casita lo conocí y ya estaba casi ciego. Apenas veía figuras borrosas  frente a él.

“No  puedo ver tu rostro, me dijo, pero te quiero contar lo que enfrenté y por lo que  le cogí todo el odio del mundo al sistema comunista desde los primeros años cuando  fusilaron al esposo de mi hermana que se llamaba José R. Tápanes. “Lo que hicieron con  mi cuñado fue un crimen, yo diría que renombrado. Lo acusaron de algo que él no hizo, mi cuñado lo negaba e insistía en que era inocente, pedía que buscaran pruebas que lo inculparon y no aparecían las pruebas, sin embargo un oficial  al que le decían ‘El Magnífico’ y que recuerdo que el  apellido era Milanés, lo mandó a fusilar. Un mes después se cogió preso al hombre que había cometido el delito del cual acusaban a Tápanes y lo confesó todo, entonces en el juicio dijeron: -Pues liberen a José Tápanes  que es inocente. Alguien dijo: -No, a él lo fusilaron hace un mes. Después supe que la sanción o  castigo que aplicaron al  ‘Magnífico’ fue un ascenso”.

“Hace unos meses fusilaron en la Habana a tres jóvenes porque se llevaban una lancha y querían irse para Estados Unidos, eso fue por gusto. Cuando aquello también fusilaban por gusto. Hay mucha sangre en el ambiente. Cuba es un charco de sangre inocente. A mí a veces me dicen que no hable, que me  mantenga en apariencia tranquilo, yo no puedo, no admito que me manden a callar. Aquí el año pasado cuando la firma esa que inventaron para contrarrestar el Proyecto Varela me hervía la sangre en el cuerpo viendo a esa gente bajo agua ir a firmar y a desfilar. Una mujer vino aquí a preguntar  por qué yo no iba a firmar ese papel y mi hijo le contestó: Mi padre está lúcido y tiene razones para decir y hacer, ve y pregúntale, habla con él. Cuando la muchacha vino le dejé bien claro es que yo no le firmo papeles al comunismo”.

“Mis hijos han sufrido toda mi historia, a uno de ellos que consiguió trabajo en Planificación Física en Manicaragua lo sacaron cuando se enteraron que yo era ‘gusano’ y me habían llevado a los pueblos cautivos. Otro de mis hijos sufrió un trauma muy grande cuando vio que a mí me llevaban preso para Pinar del Río y nunca se repuso de aquello, lo atormentó siempre la visión que tuvo de aquellos carabineros apuntandonos  y amenazandonos y se volvió obsesivo con esa idea, yo sé que su razón se afectó mucho hasta que un día se suicidó, luego murió mi esposa en parte la mató la tristeza y el dolor”. 

Hombres desaparecidos y tumbas sin identificar en Cuba

Opositores en Santa Clara luego de muchos años de búsqueda pudieron determinar que en algunos de esos osarios reposan restos de caídos en combate en el Escambray

Hombres desaparecidos, tumbas sin identificar y fosas comunes en cualquier lugar de las montañas de la antigua región Escambray forman parte de las páginas inconclusas de la Historia de Cuba de las últimas cinco décadas.

Pero la tarea de compilar las verdades para componer sin omisiones la Historia es difícil por una razón central: la falta de voluntad de los fundamentalistas cubanos para decirle a los familiares de los que murieron en combates en el Escambray o que fueron fusilados en esa región, dónde están los restos de los fallecidos.

Mario Miranda alzado contra el régimen de Fidel Castro murió en un enfrentamiento con la “Milicia Revolucionaria” en un punto conocido por El Dátil en Guanayara zona montañosa de la Región Escambray el día 4 de enero de 1961. Aún su familia no sabe dónde está sepultado. Han realizado todo tipo de preguntas y nunca han encontrado respuestas de las autoridades cubanas.

Gabriel Miranda hermano de Mario residente en Trinidad, declaró que su familia denuncia al gobierno cubano por no haberle dado nunca confirmación de la muerte del insurgente, ni el lugar donde está sepultado.

“Queremos que la opinión pública conozca de esta etapa de dolor que hemos vivido desde 1960 hasta la actualidad”, dijo el expreso político que también se alzó en armas en la zona de Trinidad en 1960 y cumplió prisión en cárceles cubanas.

Según recuerda Gabriel Miranda el día del enfrentamiento en El Dátil donde estaba su hermano, murieron todos los “alzados” y la milicia lo informó así. Luego dejaron los cadáveres en el cementerio de Trinidad para que los sepultaran y aunque la familia buscó entre los muertos y realizó todo tipo de indagaciones nunca encontró respuestas de las autoridades locales.

Explica Gabriel que ante el silencio oficial decidieron hacer pesquisas por cuenta propia en el cementerio de Trinidad y lo único que pudieron conocer es que en ese lugar sí hay muchas tumbas pero no están identificadas y que en ese cementerio no existen controles que indiquen a quienes pertenecen las fosas sin identificar.

Gabriel con más de setenta años trabajó en el cementerio de Trinidad por un tiempo y dice que aprovechó la oportunidad para revisar el lugar. Tenía la esperanza de encontrar algún indicio de su hermano pero lo que ha podido confirmar es que no son la única familia que no ha cerrado ese capítulo de dolor que se escribió en Cuba en los primeros años de la llegada al poder de Fidel Castro.

“Ya sólo nos queda contar la historia de nuestra familia para que el mundo entero conozca esto que ha ocurrido dijo el expreso político cubano, alzado en el Escambray en los primeros meses de la llegada al poder de la dictadura más larga de América Latina.

Cinco décadas de silencio y dolor.

Las historias de familias cubanas que nunca han podido saber dónde fueron sepultados los restos mortales de los que fallecieron en combates o fueron fusilados en los primeros años de la llegada al poder del Ejército Rebelde comandado por Fidel Castro, es extensa.

Los nombres de aquellos que aún pueden considerarse desaparecidos porque no ha habido confirmación de la muerte también conforma una extensa lista pero durante cinco décadas el gobierno cubano ha echado paletadas de silencio sobre el tema y cientos de familias cansadas de indagar y buscar el lugar donde reposan los seres queridos han decidido dejar la página inconclusa, algunos porque se han sentido impotentes ante el silencio oficial o la evasiva de las autoridades del MININT, otros por miedo a represalias y el resto porque en han fallecido.

Cinco décadas de silencio es tiempo suficiente para que capítulos de historias no contadas, ni publicadas, corran el riesgo de pasar inadvertidas.

En los primeros años de la llegada al poder de Fidel Castro se fusiló en Cuba en cualquier lugar y después los restos mortales de los aniquilados fueron enterrados en los cementerios más cercanos a los lugares del fusilamiento. De igual manera se procedió con los caídos en combates o enfrentamientos guerrilleros en el Escambray y en otras regiones del país.

Lo más común era que las autoridades no informaban dónde habían sepultado al fusilado o muerto en combate y eso llevó a los familiares a vagar por los distintos cementerios para averiguar si sus seres queridos estaban allí. Muy pocos pudieron obtener información o localizar las tumbas de los sepultados, en ese momento.

Algunos entrevistados dijeron que al cabo de muchos años fue que recibieron información oficial de dónde estaban los restos mortales de los seres queridos y otra parte ha denunciado que nunca fue informada.

En indagaciones con familiares de fusilados y muertos en combate, han relatado que recuerdan muy pocos casos en que entregaron los restos del fusilado para que le dieran sepultura.

Con los fusilados y los que caían en los combates en el Escambray se procedía de una manera similar: los cadáveres de los insurgentes o fusilados eran recogidos en las zonas donde caían y los llevaban al cementerio, siempre en horario nocturno y allí los sepultaban. Como los sepultureros desconocían datos del muerto procedían sin identificar las tumbas lo que hace suponer que cuando eran varios los cadáveres se dificultaba mucho más determinar exactamente a quién podría pertenecer.

También existieron decenas de familia que no recibieron información del Cementerio donde sepultaron a los insurgentes hasta pasados varios años y otras fueron informadas de que en la tumba les habían incluido un seudónimo de ahí que la familia del alzado Pedro González cuando iba al cementerio rendía tributo ante una lápida que tenía otro nombre porque sencillamente la seguridad del estado les impuso esa condición: decir donde estaba pero usando un seudónimo.

Ese es uno de los capítulos de dolor que las familias implicadas en Cuba no han podido cerrar.

Y es una historia de sufrimiento que apenas conocen las actuales generaciones por el marcado interés del gobierno extremista de imponer Otra historia para justificar los crímenes, los asesinatos, y las extensas páginas de nombres de desaparecidos por haberse enfrentado al poder totalitario.

Sobre este tema y las declaraciones de Gabriel Miranda que fueron publicadas en Marti Noticias:

Muchas familias de la zona del Escambray no han encontrado aún los restos de sus familiares muertos en combate o fusilados durante la confrontación civil que tuvo lugar en la década del 60 en esta región central de Cuba.

La tarea de compilar las verdades para componer sin omisiones la historia, es difícil por una razón central: las autoridades cubanas jamás han explicado a estas familias donde están los restos mortales de quienes murieron en lo que el régimen bautizó como “lucha contra bandidos” y que en realidad fue un alzamiento popular contra Fidel Castro y su propuesta comunista.
Mario Miranda, alzado contra el régimen de Fidel Castro, murió en un enfrentamiento con la “milicia revolucionaria“ en un punto conocido por El Dátil, en Guanayara, zona montañosa de la región del Escambray el día 4 de enero de 1961. Su familia aún no sabe dónde está sepultado. Han realizado todo tipo de preguntas y nunca han encontrado respuestas de las autoridades cubanas.

Gabriel Miranda, hermano de Mario, residente en Trinidad, declaró que su familia denuncia al gobierno cubano por no haberle dado nunca confirmación de la muerte del insurgente, ni el lugar donde está sepultado.

“Queremos que la opinión pública conozca de esta etapa de dolor que hemos vivido desde 1960 hasta la actualidad”, dijo el expreso político que también se alzó en armas en la zona de Trinidad en 1960 y cumplió prisión en cárceles cubanas.

Según recuerda Gabriel Miranda, el día del enfrentamiento en El Dátil, donde estaba su hermano, murieron todos los alzados y la milicia lo informó así. Luego dejaron los cadáveres en el cementerio de Trinidad para que los sepultaran y aunque la familia buscó entre los muertos y realizó todo tipo de indagaciones, nunca encontró respuestas de las autoridades locales.

Explica Gabriel que ante el silencio oficial decidieron hacer pesquisas por cuenta propia en el cementerio de Trinidad y lo único que pudieron conocer es que en ese lugar sí hay muchas tumbas pero no están identificadas y que en ese cementerio no existen controles que indiquen a quiénes pertenecen las fosas sin identificar.

Gabriel, con más de setenta años, trabajó en el cementerio de Trinidad por un tiempo y dice que aprovechó la oportunidad para revisar el lugar. Tenía la esperanza de encontrar algún indicio de su hermano pero lo único que ha podido confirmar es que no son la única familia que no ha cerrado ese capítulo de dolor que se escribió en Cuba en los primeros años de la llegada al poder de Fidel Castro.

“Ya sólo nos queda contar la historia de nuestra familia para que el mundo entero conozca esto que ha ocurrido, dijo el expreso político cubano, alzado en el Escambray en los primeros meses de la llegada al poder de la dictadura más larga de América Latina.