Memoricidio: Un infierno que quedó fuera de cuadro. Quien controla la narrativa controla la memoria

Idolidia Darias / Florida / USA / Gaza / La guerra que no se veía: mientras las imágenes de la destrucción dominaban la narrativa, otra guerra se desarrollaba bajo tierra.

Hay guerras que se libran con armas. Y hay guerras que, además, se libran por el significado de las imágenes.

Desde el 7 de octubre de 2023, el mundo ha recibido una sucesión interminable de fotografías y videos de Gaza: edificios reducidos a escombros, familias desplazadas, niños heridos, hospitales saturados, columnas de refugiados y barrios enteros convertidos en ruinas.

Esas imágenes son reales. El sufrimiento de la población civil es real. Pero una guerra no se desarrolla solamente donde apuntan las cámaras. También puede desarrollarse debajo de los pies de quienes aparecen delante de ellas. Y ahí comienza el problema de la memoria. Porque una parte esencial de la historia de esta guerra se encuentra bajo tierra.

La guerra que tenía dos escenarios

Desde las primeras semanas posteriores al 7 de octubre, importantes medios internacionales documentaron la existencia de una extensa infraestructura subterránea construida por Hamas.

The Washington Post describió en octubre de 2023 una red de túneles que podía extenderse cientos de kilómetros bajo Gaza y que era utilizada para operaciones militares, almacenamiento de armas, movimiento de combatientes y alojamiento. (The Washington Post)

Un año después, una investigación del mismo periódico reconstruyó una infraestructura todavía más compleja: talleres subterráneos para producir armas, depósitos, centros logísticos, comunicaciones, instalaciones de mando y espacios utilizados para mantener cautivos a rehenes. La investigación señaló que el tamaño de la red había sorprendido incluso a los servicios de inteligencia israelíes y estadounidenses. (The Washington Post)

Por tanto, no se trata de una historia que haya permanecido completamente desconocida.

Fue reportada. Fotografiada. Filmada. Investigada.

Pero aquí aparece una pregunta diferente:¿Cuánto espacio ocupó esa historia en la memoria pública de la guerra?

La superficie ganó la batalla de las imágenes

La superficie tenía una ventaja decisiva: podía ser fotografiada. Un edificio destruido puede convertirse en una fotografía en segundos. Una multitud desplazada puede convertirse en una imagen. Un niño herido puede convertirse en el símbolo de una tragedia.

Un túnel, en cambio, necesita contexto. Necesita mapas. Necesita explicaciones. Necesita imágenes obtenidas en condiciones controladas. Necesita responder preguntas mucho más complejas:

¿Quién lo construyó? ¿Cuándo? ¿Para qué? ¿Quién lo financiaba? ¿Qué había dentro? ¿Conectaba con otras instalaciones? ¿Era un corredor militar, un depósito, un centro de mando o un lugar de cautiverio? ¿Se encontraba debajo de una zona civil? ¿Quién podía conocer su existencia?

La superficie produce imágenes instantáneas. El subsuelo exige investigación. Y en una guerra dominada por las redes sociales, la televisión y el ciclo permanente de noticias, esa diferencia importa.

El problema no es solamente lo que se muestra

La guerra de la información no necesita necesariamente censurar una imagen. Puede simplemente desplazarla. Una historia puede ser cierta y, sin embargo, desaparecer del centro de la conversación porque otra imagen ocupa todo el espacio disponible.

Ese mecanismo es mucho más sofisticado que la censura tradicional. No elimina necesariamente los hechos. Los coloca fuera del encuadre.

Y lo que queda fuera del encuadre corre el riesgo de quedar fuera de la memoria. Aquí es donde adquiere sentido la frase: quien controla la narrativa controla la memoria.

No significa que una sola persona, un gobierno o un medio controle literalmente toda la información. Significa que quien consigue imponer el marco desde el cual una sociedad interpreta los acontecimientos tiene una enorme capacidad para determinar qué hechos se recuerdan, cuáles se olvidan y qué significado adquieren.

Gaza: dos imágenes, dos memorias

Pensemos en dos imágenes.

La primera: un barrio destruido después de un bombardeo.

La segunda: un corredor subterráneo construido debajo de una zona densamente poblada, conectado con otras instalaciones militares.

Ambas pueden pertenecer a la misma guerra. Pero producen relatos diferentes.

La primera pregunta: ¿Qué ocurrió sobre la superficie?

La segunda obliga a preguntar: ¿Qué había debajo?

Y las dos preguntas son necesarias para reconstruir la historia.

Si solamente recordamos la primera, obtenemos una historia incompleta. Si solamente recordamos la segunda, también.

El problema comienza cuando una de ellas desplaza sistemáticamente a la otra.

El túnel como elemento incómodo

La infraestructura subterránea introduce una complejidad que dificulta cualquier relato sencillo. No permite explicar la guerra únicamente mediante una relación lineal entre atacante y víctima.

Obliga a incorporar otras preguntas: la estrategia militar de Hamas, la preparación previa al 7 de octubre, el almacenamiento y fabricación de armas, la utilización de instalaciones subterráneas, el cautiverio de rehenes y la dificultad de combatir una organización militar incrustada en una zona urbana densamente poblada.

La investigación del Washington Post describió precisamente esa transformación: Hamas había convertido partes de la red subterránea en una infraestructura militar integrada, capaz de servir como sistema de transporte, depósito, centro de comunicaciones, refugio y espacio de mando. (The Washington Post)

Pero incluso esta información debe manejarse con cuidado. Por ejemplo, las afirmaciones israelíes sobre instalaciones militares situadas debajo de determinados hospitales fueron objeto de investigaciones independientes que cuestionaron algunas de las conclusiones más amplias.

En el caso del hospital Al-Shifa, The Washington Post concluyó que la evidencia pública presentada por Israel no demostraba que el complejo hospitalario hubiera funcionado como un centro de mando y control de Hamas, aunque sí documentó la existencia de un túnel bajo el complejo. (The Washington Post)

Esta diferencia es fundamental.Una investigación seria no consiste en sustituir una narrativa por otra. Consiste en desmontar las narrativas y examinar la evidencia.

El riesgo de convertir la imagen en memoria

El problema contemporáneo es que las sociedades recuerdan cada vez más mediante imágenes. Y las imágenes tienen una capacidad extraordinaria para seleccionar qué parte de una realidad permanece en nuestra memoria.

La fotografía de un edificio destruido no explica por sí sola qué había debajo. Una columna de desplazados no explica qué infraestructura militar existía en la zona. Un hospital destruido no explica automáticamente qué actividades militares pudieron o no haber ocurrido en sus proximidades.

Un túnel tampoco explica por sí solo por qué murieron civiles.

Cada imagen necesita contexto. Pero cuando el contexto desaparece, la imagen termina convirtiéndose en la historia. Y cuando la imagen se convierte en la historia, comienza el proceso de construcción de memoria.

El memoricidio no siempre consiste en borrar la memoria ni en destruir archivos. También puede operar mediante la destrucción del contexto: reduciendo un acontecimiento complejo a una sola imagen, recordando sus consecuencias mientras se olvidan las condiciones que las produjeron, o preservando una parte de la historia hasta convertirla en la totalidad del relato.

En una guerra, puede significar recordar el bombardeo pero omitir la infraestructura militar que convirtió determinado espacio en un objetivo; recordar el sufrimiento de una población —que debe ser preservado en la memoria— mientras desaparecen del relato el ataque que desencadenó la guerra, los rehenes, la estrategia militar de Hamás y la infraestructura construida durante años.

Una memoria incompleta puede llegar a ser tan poderosa como una memoria falsificada, porque no necesita inventar los hechos: basta con seleccionar cuáles sobreviven, cuáles se repiten y cuáles terminan desapareciendo del relato colectivo.

El 7 de octubre también corre el riesgo de ser reducido a una sola imagen

Existe otra paradoja. El ataque del 7 de octubre puede quedar reducido a imágenes de hombres armados atravesando la frontera, víctimas asesinadas y rehenes llevados hacia Gaza. Pero incluso esa secuencia forma parte de una historia más amplia.

La investigación posterior mostró que Hamas había desarrollado durante años capacidades militares y una infraestructura subterránea considerable. El propio tamaño de esa infraestructura sorprendió a los servicios de inteligencia israelíes y estadounidenses, según funcionarios y expertos citados por el Washington Post. (The Washington Post)

Por eso, la pregunta histórica no puede limitarse a: ¿Qué ocurrió aquel día?

Tiene que incluir: ¿Qué se estaba construyendo antes de aquel día?

Y después: ¿Qué quedó debajo de Gaza cuando comenzó la guerra?

La memoria necesita mirar debajo de los escombros

La memoria necesita mirar debajo de los escombros. No basta con observar los edificios destruidos; es necesario reconstruir lo que existía debajo de ellos y comprender las decisiones que condujeron hasta allí. No basta con contar a los muertos; también es necesario reconstruir las circunstancias que hicieron posible su muerte. No basta con registrar el desplazamiento de una población; hay que documentar qué infraestructura militar existía en las zonas de combate y cómo fue utilizada. No basta con mostrar el horror; la memoria histórica exige investigar quién lo preparó, quién lo ejecutó, quién lo financió, quién lo sufrió y quién decidió continuar.

La memoria colectiva no puede construirse exclusivamente a partir de las imágenes más conmovedoras, porque también necesita conservar aquellas imágenes incómodas que complican el relato, obligan a incorporar nuevos elementos y evitan que una guerra termine convertida en una historia perfectamente trazada entre buenos y malos. La memoria, para ser verdaderamente histórica, debe conservar no solo lo que ocurrió a la vista de todos, sino también aquello que permaneció oculto debajo de los escombros.

El verdadero campo de batalla

La guerra contemporánea tiene al menos tres campos de batalla. El primero está en el terreno. El segundo está en las redes sociales y los medios de comunicación. El tercero está en la memoria.

En el primero se lucha por territorio. En el segundo, por interpretación. En el tercero, por lo que las generaciones futuras creerán que ocurrió.

Y es precisamente ahí donde la frase adquiere todo su peso:

QUIEN CONTROLA LA NARRATIVA CONTROLA LA MEMORIA.

Porque una guerra puede terminar, los edificios pueden reconstruirse, los túneles pueden ser destruidos, los combatientes pueden desaparecer y los gobiernos pueden cambiar, pero la versión de los acontecimientos que consigue instalarse en la memoria colectiva puede sobrevivir durante décadas. Por eso, la cuestión histórica no se reduce a determinar quién ganó una batalla, sino también a comprender quién consiguió establecer qué debía recordarse de ella y qué quedaría fuera del relato.

Para responder a esa cuestión es necesario hacer algo que rara vez hacemos cuando observamos las imágenes de una guerra: dejar de mirar solamente hacia arriba y mirar también debajo. Porque mientras el mundo contemplaba la superficie, bajo ella existía otra dimensión de la guerra, una infraestructura, una estrategia y una realidad que también forman parte de lo ocurrido. Si esa dimensión desaparece de la memoria, no habremos perdido solamente una parte de la historia; habremos perdido también la capacidad de comprenderla.

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