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La marcha incómoda: Dejar a un lado las diferencias para encontrar un punto común

Idolidia Darias / Florida / USA La marcha incómodaDejar a un lado las diferencias para encontrar un punto común

Una de las mayores dificultades que enfrentamos como sociedad no está necesariamente en nuestras diferencias, sino en nuestra incapacidad para encontrar aquello que, a pesar de ellas, todavía puede unirnos.

Vivimos en un escenario donde las diferencias de raza, ideología política, religión, sexualidad, origen o posición social pueden convertirse rápidamente en motivos de enfrentamiento. Cada grupo termina mirando al otro desde trincheras distintas, mientras cuestiones esenciales quedan relegadas a un segundo plano.

Existe una frase que se repite con frecuencia: «Una sociedad fragmentada es más fácil de controlar que una sociedad consciente de su fuerza colectiva». Reconozco que la expresión puede sonar a eslogan y que, además, ha sido utilizada con frecuencia desde determinados espacios ideológicos, particularmente aquellos vinculados con discursos de orientación socialista. Precisamente por eso prefiero no convertirla en una consigna, sino utilizarla como punto de partida para una reflexión mucho más importante: la necesidad de encontrar un punto común.

Encontrar ese punto común no significa borrar nuestras diferencias ni obligarnos a pensar de la misma manera. Tampoco significa desvirtuar al otro, renunciar a nuestras convicciones o fingir que los desacuerdos no existen. Una sociedad libre, precisamente porque es libre, tiene que admitir la discrepancia.

El verdadero desafío consiste en aprender a distinguir entre aquello sobre lo que podemos estar en desacuerdo y aquello que debería unirnos por encima de nuestras diferencias.

Podemos tener distintas ideas políticas, practicar diferentes religiones, pertenecer a grupos sociales distintos o defender posiciones completamente opuestas sobre determinados asuntos. Pero todavía podemos coincidir en principios fundamentales: el derecho a vivir en libertad, a expresarnos sin miedo, a disentir, a defender nuestras convicciones y a participar en la construcción de nuestro propio futuro.

Quizás ahí esté el verdadero punto de partida.

Porque cuando las diferencias terminan convirtiéndose en un tema más importante que aquello que compartimos, la sociedad pierde de vista sus objetivos esenciales. Y cuando dejamos que otros definan permanentemente quién debe ser nuestro adversario, corremos el riesgo de terminar enfrentándonos entre nosotros mientras dejamos intactos los problemas que pretendíamos resolver.

Por eso, si aspiramos a recuperar nuestros países y preservar nuestras libertades, necesitamos algo más que indignación y consignas. Necesitamos aprender a reconocernos como parte de una misma sociedad, incluso cuando pensamos diferente.

La unidad no exige uniformidad. Exige encontrar suficientes principios compartidos para poder caminar juntos sin dejar de ser diferentes.

Ese debería ser el desafío: no conseguir que todos pensemos igual, sino encontrar aquello que todavía nos permite reconocernos como parte de una misma causa.

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