Ornate birdcage amid rubble beside a hole in a ruined wall, with birds flying outside

El autoritarismo y la capacidad para avanzar mientras una parte de la sociedad se acostumbra a sus mecanismos

Redaccion / Florida / USA

El Peligro del Autoritarismo: ¿Cómo se Instala sin Notar?

El autoritarismo no comienza necesariamente con una dictadura abierta, con tanques en las calles o con la desaparición inmediata de las libertades. Con frecuencia comienza de una manera mucho más silenciosa: cuando una sociedad acepta que el poder necesita menos controles, cuando se justifica la censura en nombre de la seguridad, cuando se presenta al adversario político como un enemigo y cuando la obediencia empieza a considerarse una virtud superior a la libertad.

Ese es uno de los mayores peligros del autoritarismo: su capacidad para avanzar gradualmente mientras una parte de la sociedad se acostumbra a sus mecanismos.

Una sociedad democrática puede tener gobiernos fuertes, instituciones firmes y leyes severas sin ser necesariamente autoritaria. La diferencia fundamental está en los límites. El poder democrático está sometido a la ley, puede ser cuestionado, puede perder elecciones, debe rendir cuentas y reconoce derechos que no dependen de la simpatía política de quien gobierna.

El autoritarismo, en cambio, busca convertir el poder en una estructura cada vez menos controlable.

El primer riesgo: la desaparición de los límites

Cuando un gobernante o una estructura política comienza a considerar que sus objetivos son demasiado importantes como para someterse a controles, aparece una de las primeras señales de peligro.

El argumento puede variar: proteger la nación, defender la revolución, combatir el terrorismo, preservar la seguridad, luchar contra la corrupción, impedir la desinformación o proteger a la sociedad de supuestos enemigos internos.

El problema no está necesariamente en esos objetivos. El problema aparece cuando se utilizan para justificar que determinadas libertades pueden ser suspendidas indefinidamente.

La historia demuestra que los poderes excepcionales rara vez permanecen completamente excepcionales cuando no existen instituciones capaces de impedir sus abusos.

Una medida adoptada para enfrentar una emergencia puede convertirse en una herramienta permanente. Una vigilancia destinada inicialmente a combatir delincuentes puede terminar utilizándose contra adversarios políticos. Una legislación concebida para proteger al Estado puede convertirse en un instrumento para proteger al gobierno.

Y una vez que la sociedad se acostumbra a esas restricciones, recuperar las libertades perdidas resulta mucho más difícil.

El enemigo como herramienta política

Otro rasgo característico del autoritarismo es la necesidad permanente de construir enemigos. El ciudadano deja de ser simplemente un ciudadano con opiniones diferentes y comienza a ser clasificado como enemigo, traidor, agente extranjero, extremista, antipatriota o amenaza para la sociedad.

Esta lógica tiene una consecuencia devastadora: elimina el espacio necesario para el desacuerdo.

En una democracia, la discrepancia forma parte de la política. En un sistema autoritario, la discrepancia puede convertirse en sospecha.

La pregunta deja de ser: “¿Por qué esta persona piensa diferente?”

Y comienza a ser: “¿Quién está detrás de esta persona?”

Ese cambio aparentemente pequeño modifica completamente la relación entre el individuo y el poder.

Cuando cualquier crítica puede interpretarse como una conspiración, la autocensura comienza a sustituir a la libertad de expresión.

El miedo como mecanismo de control

El autoritarismo no necesita encarcelar a toda una sociedad para controlarla. A veces basta con conseguir que una parte de ella tenga miedo de hablar.

El miedo puede ser económico, laboral, social o político.

Una persona puede temer perder su empleo. Otra puede preocuparse por las consecuencias para su familia. Otra puede evitar expresar públicamente sus opiniones para no convertirse en blanco de campañas de desprestigio.

De esta manera aparece uno de los mecanismos más eficaces de cualquier sistema autoritario: el ciudadano comienza a vigilarse a sí mismo. Ya no hace falta un policía detrás de cada individuo. La censura termina instalada dentro de la propia persona.

Ese es uno de los triunfos más profundos del autoritarismo: conseguir que la población anticipe el castigo y modifique voluntariamente su comportamiento.

El control de la información

No existe un poder autoritario estable sin algún grado de control sobre la información. Por eso la prensa independiente, las universidades, las organizaciones civiles, los investigadores y los periodistas suelen convertirse en espacios especialmente sensibles.

El control puede adoptar diferentes formas. Puede consistir en censura directa, monopolio de los medios, persecución de periodistas o bloqueo de información. Pero también puede ser más sofisticado.

Puede consistir en inundar el espacio público con propaganda, manipulación, rumores y versiones contradictorias hasta producir una sociedad incapaz de distinguir con facilidad entre hechos y ficción.

Cuando todo parece propaganda, la verdad pierde valor. Y cuando la verdad pierde valor, el poder obtiene una ventaja enorme: puede imponer su propia versión de la realidad.

La destrucción de las instituciones

Una democracia no depende solamente de elecciones. Depende de instituciones capaces de limitar al gobierno.

Tribunales independientes, legislaturas con capacidad real de fiscalización, medios libres, sociedad civil, organizaciones profesionales y mecanismos de transparencia funcionan como barreras frente al abuso.

El autoritarismo intenta debilitarlas. No siempre las elimina de inmediato. A veces conserva sus nombres, sus edificios y sus ceremonias, pero vacía progresivamente su capacidad de actuar.

Puede existir un parlamento que ya no controle realmente al Ejecutivo. Puede existir una justicia que formalmente siga funcionando pero que haya perdido independencia. Puede haber elecciones en las que los ciudadanos voten, pero donde la competencia política haya sido previamente restringida.

La existencia formal de una institución no garantiza su independencia.

Una de las señales más preocupantes es precisamente cuando las instituciones continúan existiendo, pero dejan de poder decir “no” al poder.

El peligro de la normalización

Quizás uno de los riesgos más importantes sea la normalización.

Una sociedad puede acostumbrarse gradualmente a situaciones que, en otro momento, habrían parecido intolerables.

Primero se acepta que determinados ciudadanos no tengan determinados derechos. Después se considera razonable que algunos medios sean silenciados. Luego se justifica que determinados opositores sean perseguidos.

Finalmente, una parte de la sociedad puede llegar a pensar que todo eso es necesario porque “algo habrán hecho”.

El autoritarismo avanza cuando la excepción deja de escandalizar.

Por eso la defensa de la libertad no comienza únicamente cuando aparecen las grandes persecuciones. Comienza mucho antes: cuando todavía existen instituciones capaces de impedirlas.

La tentación del líder indispensable

Otro peligro aparece cuando una sociedad comienza a creer que solamente un líder fuerte puede resolver sus problemas.

La crisis económica, la inseguridad, la corrupción o la polarización pueden generar frustración y cansancio. En ese contexto, la promesa de un dirigente que “ponga orden” puede resultar extraordinariamente atractiva.

Pero existe una diferencia fundamental entre liderazgo fuerte y poder sin límites.

El liderazgo democrático necesita controles precisamente porque ningún ser humano es infalible.

Cuando una sociedad comienza a justificar cualquier decisión de un dirigente porque “él sabe lo que hace”, está trasladando la soberanía desde las instituciones hacia una persona.

Y cuando las instituciones dependen de una persona, la libertad comienza a depender de su voluntad.

El autoritarismo también puede disfrazarse de democracia

Uno de los errores más peligrosos es imaginar que el autoritarismo siempre tiene una apariencia evidente.

No necesariamente.

Puede utilizar elecciones, discursos institucionales, tribunales, parlamentos y constituciones. Puede incluso presentarse como defensor de la democracia mientras limita progresivamente las condiciones que hacen posible una democracia auténtica.

Por eso el análisis no debe limitarse a preguntar si existen elecciones.

También hay que preguntar:

¿Existe libertad para competir?

¿Puede la oposición organizarse?

¿Existe libertad de prensa?

¿Los tribunales son independientes?

¿El gobierno acepta perder?

¿Los ciudadanos pueden criticar al poder sin temor?

¿Existen mecanismos reales para exigir responsabilidades?

Estas preguntas permiten distinguir entre la apariencia institucional y la realidad del poder.

El costo humano

Las discusiones sobre autoritarismo suelen convertirse en debates políticos, pero detrás de las estructuras existen personas concretas. El autoritarismo puede destruir carreras profesionales, separar familias, provocar exilios, encarcelamientos y persecuciones.

También puede producir algo menos visible: generaciones educadas en el miedo.

Cuando una persona aprende desde pequeña que determinadas preguntas no deben hacerse, que determinadas opiniones no deben expresarse y que determinadas verdades no deben investigarse, el daño trasciende a una generación.

El autoritarismo no solamente controla el presente. También intenta controlar la memoria del pasado y las posibilidades del futuro.

La libertad no se pierde de una sola vez

Las sociedades suelen imaginar la pérdida de la libertad como un acontecimiento repentino. Pero muchas veces ocurre de manera acumulativa.

Una pequeña restricción hoy. Una excepción mañana. Una institución debilitada después. Una campaña contra un grupo considerado enemigo. Una nueva forma de vigilancia. Una nueva limitación a la prensa. Una nueva justificación para concentrar poder. Cada medida puede parecer tolerable por separado. El problema aparece cuando todas forman parte de una misma dirección histórica.

Por eso la defensa de la democracia exige observar no solamente las decisiones individuales, sino también la tendencia general.

La pregunta fundamental no es únicamente qué poder tiene hoy un gobierno. Es cuánto poder está acumulando y qué mecanismos existen para impedir que ese poder continúe creciendo.

Defender la democracia antes de que sea demasiado tarde

Combatir el autoritarismo no significa necesariamente pertenecer a una determinada ideología. Significa defender principios básicos: libertad de expresión, igualdad ante la ley, propiedad, pluralismo político, independencia institucional, debido proceso y derecho a disentir.

También significa aceptar algo que puede resultar incómodo: la democracia debe proteger incluso a quienes piensan diferente.

Si la libertad solamente existe para quienes comparten nuestras ideas, entonces no estamos defendiendo realmente la libertad.

El verdadero examen de una democracia ocurre cuando gobiernan quienes no nos gustan, cuando hablan quienes nos incomodan y cuando una institución decide algo que contradice nuestras preferencias.

Aceptar los límites al poder cuando el poder está en manos de nuestros adversarios es relativamente sencillo.

Aceptarlos cuando gobiernan nuestros aliados es mucho más difícil. Y precisamente ahí se encuentra una de las pruebas fundamentales de la cultura democrática.

Una advertencia para el presente

El autoritarismo no pertenece exclusivamente a una época ni a una región del mundo. Puede aparecer bajo diferentes banderas ideológicas y adoptar distintos discursos. Puede presentarse en nombre de la izquierda, de la derecha, de la revolución, de la seguridad nacional, de la religión, del nacionalismo o incluso de la defensa de la propia democracia.

Su esencia es otra: la concentración del poder y la reducción progresiva de los espacios que permiten cuestionarlo.

Por eso el peligro no debe medirse solamente por el nombre que lleva un gobierno, sino por lo que hace con el poder que posee.

Una sociedad libre no necesita gobernantes perfectos. Necesita instituciones capaces de limitar a los imperfectos.

Necesita ciudadanos dispuestos a defender derechos incluso cuando la defensa resulte incómoda.

Necesita periodistas que puedan investigar.

Jueces que puedan decir que no.

Parlamentos que puedan fiscalizar.

Universidades que puedan debatir.

Y ciudadanos que puedan disentir sin convertirse por ello en enemigos del Estado.

La historia enseña que las libertades que parecen permanentes pueden desaparecer. Pero también enseña que ninguna estructura autoritaria es inevitable cuando existen ciudadanos conscientes de su responsabilidad.

La primera defensa contra el autoritarismo no es una consigna política. Es una cultura de libertad.

Porque el día en que una sociedad deja de considerar peligroso el poder sin límites, el autoritarismo ya no necesita entrar por la fuerza. Puede entrar por la puerta principal, acompañado de aplausos.

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