La rusofobia… ¿la estamos entendiendo bien?

La humanidad va entendiendo bien el momento que vivimos? No lo sé pero si me atrevo a asegurar que para esto se ha «operado» mucho y desde hace tiempo.

Piensen en las «operaciones» que se vienen dando, analicen las campañas que se han venido realizando, vuelvan a recorrer los capítulos de las «agendas globalistas» y luego recorran los términos «teorías de la conspiración».

Pero por ahora volvamos a la interrogación inicial.

¿Rusofobia? Me estoy haciendo esa pregunta desde hace días, incluso antes de que META pusiera la «meta» muy alta en esta aldea global donde la gobernanza mundial del BigMedia y BigTech sigue operando con todas las de la ley.

¿Rusofobia? Aquí van algunos post que he leído en las últimas horas sobre lo que se veía venir y que se acrecentó con los misiles de la desinformación mundial organizada desde los el Ministerio de la Verdad mundial donde los ministros de la guerra son las agencias y plataformas del «Aparato Des-informativo«.

¿Rusofobia? El rechazo orquestado a la cultura rusa.

Veamos este post publicado en Sputnik (un medio al que el ministerio de la verdad le puso veto» «Rusofobia: la historia de una incomprensión largamente cultivada desde Occidente»

(Uted puede leerlo en el sitio original solo dando clic en el título destacado.

(Aqui debajo hago copia del original de Samuel Cortés Hamdan)

«Ferias internacionales del libro de Bogotá, Guadalajara, Frankfurt, Taipéi, Varsovia, Praga, Jerusalén, Budapest, Bruselas, Gotemburgo, Sao Paulo, Seúl, Leipzig y Bolonia determinaron excluir de sus contactos a cualquier editor ruso. Además, el autor superventas Stephen King anunció que no renovará contratos de sus libros con editoriales rusas».

Estas dos decisiones forman parte de las medidas que países occidentales han tomado contra el inicion de una operación militar especial por parte de Rusia en Ucrania desde el 24 de febrero de 2022.

Mientras que son aplaudidas por algunos actores como expresión de un repudio justo contra las decisiones políticas del Kremlin, otras voces consideran estas determinaciones un error cultural que homologa al Gobierno ruso con la cultura de una nación multiétnica con una historia artística insoslayable.

La editorial Poklonka, que publica traducciones del ruso y emplazada en Colombia, consideró inaudita y vergonzosa la decisión de las ferias de libro de excluir a firmas rusas de sus estantes.

«La literatura ha denunciado los horrores de la guerra, nos ha enseñado a ser imparciales y críticos a la hora de opinar y tomar decisiones. ¡Ojalá no terminemos quemando libros!», asentaron en un pronunciamiento.

La literata rusa María del Mar Gámiz, licenciada en literatura por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), impulsora de un seminario de literatura rusa albergado por el Antiguo Colegio de San Ildefonso y divulgadora de la tradición de Fiódor Dostoievski y Mijaíl Bulgákov dijo a Sputnik que:

la rusofobia es el miedo y rechazo a lo ruso fomentado por potencias económicas occidentales como Estados Unidos y países de Europa, junto con el Japón«.

«Ya en los siglos XVIII y XIX podemos rastrear muestras de incomprensión hacia la cultura rusa o la caracterización de lo ruso como enigmático, salvaje (por su componente asiático) o irracional en los relatos de viajeros europeos por el territorio imperial ruso», distingue la divulgadora de la cultura rusa y traductora de autores como Ósip Mandelshtam y Alexánder Bek.

«Si bien estas manifestaciones no son abiertamente rusófobas, sí revelan la actitud desde la cual en el siglo XX se desarrollará la dañina retórica antisoviética (que reducirá lo soviético a lo ruso y que añadirá a la caracterización negativa el factor político, anticomunista), parte de la cual ha revivido en el conflicto actual», agrega la especialista, certificada en lengua rusa por la Universidad Estatal de San Petersburgo.

Un terrible enemigo resentido y sediento de poder

La incomprensión de la otredad rusa no es un fenómeno provocado de manera unilateral, considera la traductora, quien ha colaborado con el Fondo de Cultura Económica (FCE), una de las principales editoriales del Estado mexicano.

«Pienso que (esta incomprensión) es consecuencia tanto de la actitud de superioridad y egocentrismo con la que las naciones europeas decimonónicas primero y la potencia americana después establecieron el contacto con Rusia, sino que también desde Rusia se ha optado por mantener o alimentar esa idea de misterio e incomprensión sobre sí misma mediante un autoaislamiento justificado por razones geopolíticas, de defensa de su territorio», considera la universitaria.

Gámiz apunta que estudiosos del Reino Unido, Francia, Alemania o España decidieron «asomarse a Rusia» durante el siglo XIX, sin embargo no incluían entre sus herramientas aprender la lengua rusa.


«Sin embargo escribieron tratados sobre el alma rusa o análisis económicos de un campo y una industria que tampoco llegaron a conocer con sus propios ojos. Si esa ha sido la manera desde la que se comenzó a configurar lo ruso en occidente, se entiende la facilidad con la que en el siglo XX y en el ambiente de la Guerra Fría se difuminara aún más ‘lo ruso’», señala.

«Y se colocara en el lugar del temible enemigo que no piensa sino expandir su territorio y su influencia desde el resentimiento y la sed de poder», apunta la traductora.

Con esta larga influencia de deformación, una pregunta como quiénes son realmente los rusos y cuáles las manifestaciones de su cultura, filosofía, literatura y arte resulta imposible de responder para cualquier ciudadano estadounidense, latinoamericano y europeo tanto en la segunda mitad del siglo XX como en lo que va del XXI, acusa Gámiz.

La egresada de la UNAM relata que un traductor y promotor de la literatura rusa desde Argentina, Alejandro González, ha señalado varias veces que la literatura rusa siempre ha sido leída fuera de su contexto, despojada de sus particularidades históricas y culturales.

«Y en un esfuerzo constante de los lectores europeos por asimilarla a su propia tradición, de leerla bajo sus categorías y con un descuido filológico que favorecía la traducción de versiones de los textos rusos censuradas, incompletas, deformadas», lamenta Gámiz.

¿Rusofobia en la propia Rusia?

Acerca de la posibilidad de que la misma Rusia fomente una incomprensión de su configuración multiétnica, María del Mar Gámiz matiza que lo que encuentra dentro del país es una división intelectual y filosófica iniciada durante el mandato de Pedro el Grande, en el siglo XVIII.

«Y que en el siglo XIX se expresa en la formación de dos bandos o corrientes de pensamiento: la occidentalista y la eslavófila, estas dos posturas conforman dos marcos bajo los cuales los rusos intentan autodefinirse, responderse a las preguntas sobre cuál es la misión de Rusia como nación», apunta.

«Qué es lo auténticamente ruso, cómo deben actuar, qué es lo que más conviene a su población, etcétera», añade.

En términos generales, explica Gámiz, la posición occidentalista prioriza el diálogo con Europa, asume a Rusia atrasada al respecto de ese ejemplo y busca emparejarla con el ejemplo de París, Berlín o Londres.

Mientras que la postura eslavófila llama a buscar respuestas al interior de Rusia, con atención a los valores tradicionales, la religión ortodoxa y la historia tanto del pueblo como del Estado rusos.

«Esta división intelectual y ontológica no desapareció durante la Unión Soviética y ahora la vemos renacer, reforzada y con otros nombres (los liberales versus los nacionalistas) en las respuestas que la población rusa da ante el conflicto bélico en Ucrania», distingue.

«Por un lado están quienes condenan la incursión militar y se oponen abiertamente al Gobierno de Putin; por otro, están quienes la justifican con el amor a la patria y a los suyos, y con la necesidad de demostrar que Rusia es una nación fuerte, que históricamente ha defendido su territorio y sus intereses de los embates expansionistas de los enemigos extranjeros», describe Gámiz.

Incomprensión dispersa en América Latina

Cuestionada sobre la influencia del discurso rusófobo en los países de América Latina, la traductora considera que la región estuvo muy alejada de la zona de influencia ruso-soviética a lo largo del siglo XX, mientras que era muy visible la retórica, postura e influencia de Estados Unidos ante la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

«Esto entraña un desconocimiento profundo de lo ruso, que a veces parecería insalvable por la fuerza con la que penetró el discurso anticomunista y la dependencia económica a Estados Unidos», advierte la especialista.

Además, considera que inclusive organizaciones de izquierda que buscaron en esos años ser críticas del dominio gringo y abrazar la propuesta soviética no aprendieron ruso y se acercaron a la cultura rusa a través de la mirada de Francia, Inglaterra, Alemania o los propios Estados Unidos.

«Asimismo, el bombardeo mediático antirruso y la violencia ideológica de Estados Unidos han exacerbado las pasiones rusófobas y aniquilado el pensamiento crítico», evalúa la traductora.

Romper con los mitos

A pesar de este historial, considera Gámiz, los ciudadanos latinoamericanos y mexicanos tienen la oportunidad de reconocer la existencia del discurso hegemónico y cuestionarlo, además de evitar contribuir al alejamiento y la censura de la tradición rusa.

«Aunque dispersos y con poca visibilidad, existen a lo largo y ancho del mundo hispanoparlante distintos esfuerzos de comunicación e intercambio con Rusia: desde organizaciones políticas hasta científicas, como el Centro de Estudios Mayas Yuri Knórozov en Yucatán», localiza.

Pasando por la existencia de traducciones directas del ruso y editoriales dedicadas a la publicación de literatura eslava, así como de estudiosos de la historia rusa que la interpretan y presentan en español, cátedras universitarias dedicadas a la cultura rusa, la Sociedad Argentina Dostoievski», ejemplifica.

Así, pese a la desinformación persistida la sociedad tiene oportunidades de romper el mito, considera Gámiz, paliar el desconocimiento y promover intercambios culturales con Rusia.

«Sin embargo, todos estos esfuerzos se vuelven inútiles si no empezamos por cuestionar el dominio ideológico o el discurso hegemónico bajo cuya influencia nos encontramos y que tiene la peculiaridad de ser marcadamente antirruso», concluye.

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