Denis Fortun

Llevaba cinco o seis días en Miami, todavía con olor a polvo hediondo y a doctrina, cuando una tarde de viernes Armando De Armas me invitó a la presentación de un proyecto cultural en la Sala Bacardi, en la UM, y apenas llegando me dijo: – Te voy a presentar a un tipo íntegro, guapo y corajudo donde los haya-. Tal vez no dijo eso Armando, pasó hace más de quince año y yo no lo recuerdo bien lógicamente, sin embargo, sí estoy convencido que en esencia lo quiso decir. Se refería a un hombre definitivamente corajudo, aún cuando al tenerlo delante y estrechar su mano vi a un sujeto pequeño, muy delgado, de maneras suaves, muy cortés, eso sí, nada amanerado, pero con una delicadeza y amabilidad que no suponía yo al menos entre los tipos corajudos que sufrieron el terror del presidio politico castrista, lo sobrevivieron, y jamás ese terror pudo envilecerlos, muy por lo contrario. Y tuve luego por mucho tiempo el privilegio de contar con su amistad, contar con la complicidad que se da así de fácil con aquellos que piensan similar y además aman el verso bueno. Y la última vez que compartimos, fue en un homenaje que se le hiciera, merecido sin dudas, donde los dos leímos versos nuestros. Y a pesar de sus años y el peso que este nos clava en los huesos, él continuaba siendo ese hombre educado, amable, entusiasta y comprometido con su deseo de ver a su Isla fuera de esa morralla en que se mueve y se hunde, libre, aun sin que fuese perfecta. Hoy sé de tu ida y lo lamento, pido entonces que descanses en paz y que Dios te reciba, Ángel Cuadras, y tú lo perdones porque no conseguiste disfrutar ni un tantito tu más entrañable sueño…