Amores que nacieron en la cárcel

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El amor entre ellos nació en medio de la lucha por la libertad de Cuba y casi sesenta años después Ismael Hernández y Alfredo Elías cuentan las historias de cuando estaban tras las rejas  y al otro lado Juana María y Nenita esperaban la señal del carcelero para  encontrarse por media hora en la visita reglamentaria.

Ambas parejas se conocieron en medio de la guerra desigual en la que ya habían fusilado a cientos de hombres y mantenían tras las rejas a los opositores al gobierno comunista.

Ismael y Alfredo con apenas veinte años fueron  sentenciados a largas condenas y soportaron sobre sus cuerpos las acciones de las armas  de esos regímenes: las rejas, los bayonetazos, la exclusión, y la mordaza para acallar a los inconformes.

Cuentan que primero se enamoraron desde lejos de Juana María y Nenita. La primera conexión fueron las miradas. Luego los gestos y palabras, también desde lejos.

Después sucedieron los acercamientos, pero con una barrera por medio. Y cursilería aparte, ni se tocaron las manos, ni se besaron, ni se susurraron al oído  las complicidades propias de los amantes cuando comienzan una relación.

Tiraron por el piso las consabidas frases de que el amor de lejos nunca termina bien.

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Juana María era una adolescente cuando empezó a ir a la cárcel en Melena del Sur  a visitar a su papá y a su tío, ambos  presos políticos. Mientras esperaba la orden del carcelero para pasar a verlos  cruzó miradas con Ismael Hernández.

Esa fue la primera conexión. Luego vino el compromiso entre rejas y las visitas al Presidio Modelo de Isla de Pinos para donde lo trasladaron junto a decenas de presos políticos.

Creció, amó y se casó con el amor de su vida cargando jabas para ir  a la prisión donde cada visita se convirtió en una jornada de dolor ante las arbitrariedades y humillaciones que les hacían pasar  los encargados de revisar los alimentos y artículos de aseo personal (únicas provisiones que la familia podía entrar al recinto).

A Mercedes todos la conocen por Nenita. Así le han dicho siempre. Conoció a Alfredo cuando acompañó a una amiga a la cárcel para ayudarla a llevar las jabas. La primera vez se quedó al otro lado del límite trazado para los familiares que iban a entrar a la visita, pero desde lejos advirtió a un joven que la miraba con insistencia.

Se cruzaron miradas y gestos. Ella volvió a su casa e insistió a la mamá para volver a acompañar a la amiga.  Luego una carta pasó de las manos de Alfredo a las de Nenita donde le preguntaba si la podía poner en la lista de los visitantes.

Aceptó y las primeras palabras se las dijeron con el muro de por medio. Luego los presos políticos hicieron una plante en Isla de Pinos para exigir la eliminación de las fronteras.  Fue entonces que pudieron estar más cerca pero bajo la mirada del carcelero.

Nunca hubo citas conyugales, ni ratos a solas entre los amantes. El amor que nació entre rejas perduró. Se casaron cuando la dictadura le concedió los permisos. Luego vino el exilio pero juntos. Hoy cuentan sus  historias en Miami donde han sumado a sus vidas otro amor: el de la  libertad de Cuba.

 

 

 

 

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