Fiscales, el ejercicio del periodismo no está regulado en Cuba

#ReportedesdeCuba Maykel González Vivero, joven periodista cubano  expulsado de Radio Sagua por escribir para medios independientes, fue detenido el pasado lunes cuando intentaba reportar desde Baracoa sobre los estragos causados por  el huracán Matthew.

Horas después también fue detenido su pareja Carlos Alejandro Rodríguez  periodista y autor del blog La aldea maldita  que se desempeña como redactor en  el periódico provincial “Vanguardia” y que espero no lo expulsen del trabajo por estos días.

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Carlos Alejandro (izq) y Maykel González (der) posan para Washington Blade

Carlos Alejandro se dirigía a Baracoa y sobre lo que le ocurrió escribió en su perfil de Facebook: “En medio de tanta gente que tiene que recomponer su vida no me importó que me detuvieran, que eliminaran mis fotos, que me prohibieran volver a Baracoa (por ahora)… Ahora, quiero que alguien me diga, quiero que alguien me responda: ¿Por qué mantuvieron a Maykel tres días incomunicado? ¿Por qué no avisaron a su familia? ¿Por qué me impidieron entregarle medicamentos indispensables para su salud? No entiendo y posiblemente nunca entenderé, pero quiero que me respondan”.

Sobre su arresto, González Vivero dijo a Diario de Cuba que al principio los oficiales le dijeron que estaba detenido “por interés de la Seguridad del Estado”, pero que “después se inventaron un delito: actividad económica ilícita”.

Le decomisaron la computadora y la cámara fotográfica y el reportero decidió presentar una reclamación en la Fiscalía en Guantánamo.

Gonzalez publicó en su muro de Facebook un extracto de la carta que presentó  a la fiscalía de Guantánamo el 13 de octubre de 2016

A: Fiscalía, Guantánamo. Estimados fiscales,

Me dirijo a ustedes para denunciar la irregularidad de los procedimientos usados conmigo por la policía de Baracoa entre el 9 y el 12 de este mes, cuando me retuvieron en los calabozos de ese municipio guantanamero en circunstancias que se presentan como violaciones de derechos ciudadanos.

Llegué a Baracoa el viernes 7 de octubre con el propósito de ofrecer cobertura periodística desde una perspectiva comunitaria, a veces individual, tras el paso del huracán Matthew. Sentí que faltaba esa indagación. Creí, como muchos baracoenses, que valía la pena contarlo con el concurso de las voces de la gente.

Entrevistaba a la presidenta de un CDR en el barrio de La Playa (ya esbozaba todo un reportaje sobre ese consejo popular) cuando me interrumpieron tres sujetos que se identificaron como oficiales de la contrainteligencia cubana.

El teniente coronel Ricardo Leiva (así dijo llamarse el jefe) me pidió que les acompañara a la unidad policial. Aclaró que yo no estaba detenido. En cualquier caso, accedí a ir con ellos. Esta actitud mía de colaboración se mantuvo durante los próximos días, incluso cuando sentí que mis derechos eran vulnerados y se me lastimaba deliberadamente.

Después de un interrogatorio más o menos largo, decidieron detenerme en los calabozos de Baracoa sin ninguna acusación, por simple “interés de la Seguridad del Estado”. A partir de ahí se acentuó la violación de mis derechos, como se verá, hasta que fui liberado después del mediodía del miércoles 12 de octubre.

 Fiscales, el ejercicio del periodismo no está regulado en Cuba. Por eso mismo, ninguna modalidad se halla prohibida, a ningún profesional cubano puede impedirse la producción y difusión de un material comunicativo. Este derecho está reconocido incluso por la constitución y ampara a todos los ciudadanos. Los ataques contra los periodistas, el impedimento del trabajo periodístico, deben asumirse como graves. A ustedes toca examinar, también, cómo estos hechos ponen en peligro la credibilidad del país ante las instancias de Naciones Unidas que se ocupan de la libertad de expresión.

En Baracoa se me “fabricó” un delito: Actividad económica ilícita. Lo mismo que si vendiera mangos o ron de contrabando. Acusa un policía que nunca vi, el Jefe de Sector de La Playa. Este delito ad hoc fue declarado muchas horas después de mi detención. 

Además de ilegal, la reclusión también fue cruel. Los calabozos de Baracoa carecen de las condiciones mínimas de higiene: baños sucios, insectos, humedad. Se me prohibía usar el jabón antes de algunas de las comidas. Me mantuvieron casi dos días con la misma ropa que llevaba en el momento de la detención, sin artículos de aseo.

Pude ver a los médicos, dos veces, y eso en lugar de significar un alivio implicó el agravamiento del estrés. Un carcelero me impidió usar el cepillo de dientes y a estas alturas ya las encías sangraban por falta de cepillado. Dijo: “Solo se usa en la mañana y en la noche”. El último médico que acudió a examinarme me iluminó con una linterna del otro lado de la reja, no me hizo un examen físico, se limitó a recetarme unas tabletas antibióticas tras unas diarreas. Pedí ir al hospital y no accedieron a conducirme hasta allá.

Las circunstancias del calabozo de Baracoa remiten a las nociones internacionales de tortura. Anduve ciego en el calabozo, incluso tras el aislamiento: soy miope con bastantes dioptrías y no recuperé mis lentes hasta salir de la prisión. Se añade la tortura psicológica: nunca se me permitió la comunicación con mi familia durante las setenta y dos horas de detención, tampoco se consintió que viera al instructor, aunque un letrero establecía que podíamos entrevistarnos en cualquier momento.

Fiscales, el colofón de estas violaciones fue el decomiso de una computadora, una cámara fotográfica y una memoria usb. Adquirí estos artículos legalmente y puedo probarlo. Solicito su devolución. Demando, además, el respeto a la integridad de los contenidos almacenados, que representan el trabajo de muchos años.

Esta experiencia cuenta entre las peores que he tenido. Carezco de antecedentes penales. No conocí, hasta ahora, el rigor de un calabozo. Para colmo todo se produjo en un contexto jurídicamente insostenible.

Aguardo por la respuesta de ustedes y por su profesionalidad. Que se restablezca la legalidad.

Atentamente, Maykel González Vivero.

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Autor: Idolidia Darias

Es la frontera transparente donde no hay jerarquías ni distancias, solo la memoria de una nación a la que sigo atada por los lazos del arcoíris.

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