cuba transición cambio un futuro con mas preguntas que respuestas

¿Oposición o ingeniería de una transición a la medida de La Habana?

Idolidia Darias / Florida / USA ¿Oposición o ingeniería de una transición a la medida de La Habana?

Durante más de seis décadas, el castrismo ha demostrado que su capacidad de supervivencia no depende únicamente del control policial, judicial, económico o mediático. También depende del control y la administración del relato.

 El poder también puede ejercer su influencia determinando quién ocupa el espacio público como interlocutor legítimo, quién es presentado como moderado o radical, quién recibe financiamiento, becas y reconocimiento institucional, quién accede a universidades y foros internacionales y, finalmente, quién queda excluido. Este mecanismo de selección y legitimación puede resultar mucho más sofisticado que la censura tradicional, porque no necesariamente silencia todas las voces: puede favorecer unas mientras margina otras y, de ese modo, influir en quién termina representando una determinada causa ante la opinión pública. 

Una estructura autoritaria no necesariamente necesita controlar cada voz crítica. En determinadas circunstancias puede resultarle suficiente favorecer determinadas voces, legitimar determinados perfiles y convertirlos en interlocutores preferenciales para una eventual negociación política.

Esta hipótesis, sin embargo, debe ser investigada y no presentada como un hecho demostrado.

El verdadero peligro consiste en confundir transición política con democratización.

Una transición puede producir un cambio de gobierno sin producir un cambio real de poder. Puede desaparecer una generación de dirigentes mientras permanecen intactas las estructuras económicas, militares, financieras y represivas que sostienen al sistema.

Puede modificarse el discurso oficial mientras las mismas élites mantienen posiciones privilegiadas en sectores estratégicos. Y puede surgir una nueva clase política aparentemente opositora cuya principal función termine siendo administrar una transformación controlada en lugar de desmontar las estructuras heredadas.

Ese escenario merece especial atención en el caso cubano.

Una transición sin ruptura podría significar una apertura sin desclasificación de archivos, una economía aparentemente renovada bajo las mismas élites, una democratización sin rendición de cuentas y un nuevo orden político incapaz de garantizar justicia para las víctimas de décadas de represión.

Por eso el debate sobre las redes de la oposición no debería reducirse a una pelea entre individuos.

La cuestión de fondo es mucho más amplia: ¿quién está preparando el día después del castrismo y con qué intereses?

La respuesta exige seguir el dinero, identificar las instituciones, reconstruir las relaciones y examinar los incentivos.

Las operaciones de influencia contemporáneas tampoco tienen necesariamente la apariencia de una operación clandestina. Pueden desarrollarse a través de universidades, becas, fundaciones, organizaciones no gubernamentales, programas de liderazgo, investigaciones académicas, conferencias y foros internacionales.

Eso no significa que esas instituciones sean, por definición, instrumentos de una operación política.

Significa que ninguna institución debería quedar exenta del escrutinio simplemente porque opere bajo una fachada académica, filantrópica o internacional.

En ese contexto, tampoco resulta responsable afirmar sin pruebas que esta o aquella avtivista cubana sea una agente de la inteligencia cubana. No existen elementos suficientes en el material analizado para establecer semejante conclusión como un hecho. Sin embargo quienes han observado el patrón que siguen esos personajes bien sabe que suelen NO dar puntadas sin hilo.

La pregunta periodística pertinente es diferente:¿Por qué determinadas figuras consiguen legitimidad, financiamiento y acceso institucional dentro de redes que también han sido cuestionadas por sus relaciones con representantes del régimen cubano?

De todas formas sobre ese tema existe una segunda pregunta todavía más importante: ¿Quién decidirá cuáles cubanos serán considerados interlocutores legítimos cuando llegue el momento de negociar una eventual transición?

Ahí podría encontrarse una de las batallas políticas decisivas.

La experiencia histórica demuestra que los sistemas autoritarios pueden sobrevivir mediante transformaciones controladas. El castrismo ha pasado de la retórica marxista-leninista a fórmulas de economía mixta, de la exaltación revolucionaria a la promoción del turismo internacional y de la propaganda tradicional a nuevas estrategias de comunicación digital.

La pregunta inevitable es si también intentará sobrevivir mediante una transformación política controlada.

La hipótesis merece investigación: que una eventual transición pueda ser acompañada por la promoción de una oposición suficientemente crítica para resultar creíble ante la comunidad internacional, pero suficientemente compatible con determinadas estructuras para evitar una ruptura completa con el poder existente.

Sería, en esencia, un cambio sin ruptura. Una transición sin justicia. Una apertura sin rendición de cuentas. Una democratización sin desmontar las estructuras de poder. Y una Cuba posterior a Fidel Castro, Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel en la que las antiguas élites pudieran encontrar nuevas formas de supervivencia.

Por ello, las denuncias cruzadas entre figuras del exilio y la oposición cubana deberían ser sometidas al mismo rasero.

Si existen pruebas contra una persona, deben presentarse. Si existen pruebas contra otra, también. Pero cuando la acusación de «represor» se convierte en un instrumento político, resulta igualmente legítimo preguntar quién formula la acusación, quién financia al acusador, qué instituciones lo respaldan y qué redes políticas pueden beneficiarse de esa campaña.

La democracia no puede construirse mediante listas negras cuya legitimidad no pueda ser cuestionada. Tampoco puede construirse sustituyendo una maquinaria de propaganda por otra más sofisticada, con mejor lenguaje, mayor acceso académico y una apariencia institucional más aceptable.

El exilio cubano tiene derecho a exigir transparencia sobre los fondos, las becas, las instituciones, los vínculos, las agendas y los interlocutores que participan en la construcción del futuro político de la isla.

Porque la pregunta decisiva no es únicamente cuándo desaparecerá el castrismo. Es qué ocurrirá con sus estructuras cuando desaparezca su actual fachada política.

La batalla contra el sistema cubano, en ese sentido, podría no terminar con un cambio presidencial ni con la desaparición de los actuales dirigentes. Podría comenzar precisamente entonces.

El desafío sería impedir que las mismas estructuras económicas, militares, financieras y políticas sobrevivan bajo nuevos nombres, nuevos rostros y un lenguaje democrático.

La interrogante, por tanto, permanece abierta: ¿Se está construyendo una oposición destinada a liberar a Cuba o una oposición destinada a administrar una transición diseñada para que el poder real nunca cambie de manos?

La respuesta no puede depender de simpatías personales ni de campañas de legitimación.Tendrá que surgir de la transparencia, de la investigación y de la capacidad de seguir las conexiones que durante años han permanecido fuera del escrutinio público.

Porque el castrismo no necesitaría necesariamente ganar la próxima batalla. Le bastaría con conseguir que quienes lleguen después continúen administrando las mismas estructuras de poder.

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