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La geopolítica de la compasión (1) ¿En qué momento la defensa de los niños dejó de ser universal para convertirse en una cuestión geopolítica?

Idolidia Darias / Florida / USA

¿Cuántos niños murieron en Gaza? La pregunta que debería perseguirnos es mucho más profunda: ¿Cuántos niños están muriendo mientras nosotros discutimos cuáles de ellos merecen nuestra indignación? La desigualdad no está necesariamente en el número de víctimas, sino en la cantidad de atención, indignación y memoria que reciben.

Abandoned shoes and books scattered along a dirt road beside ruined buildings
Abandoned shoes and books lead through a devastated village toward the barren hills.

La geopolítica de la compasión: ¿por qué unos niños importan más que otros?

Hay preguntas que incomodan precisamente porque no tienen una respuesta políticamente conveniente. Esta es una de ellas: ¿En qué momento la defensa de los niños dejó de ser universal para convertirse también en una cuestión geopolítica?

Nadie debería necesitar una explicación para entender que la muerte de un niño es una tragedia. No importa si nació en Gaza, Israel, Sudán, Ucrania, Cuba, Yemen, Haití, Afganistán o cualquier otro rincón del planeta.

Un niño muerto es un futuro que desaparece. Una familia que queda destruida.Una vida que no llegará a desarrollarse.

Por eso resulta legítimo sentir horror ante las imágenes y los informes procedentes de Gaza. Miles de niños han muerto o han resultado heridos en una guerra devastadora. Organismos internacionales como UNICEF han documentado la magnitud de la tragedia, aunque buena parte de las cifras sobre víctimas procede de las autoridades sanitarias de Gaza y debe entenderse dentro de esa limitación de verificación independiente.

Precisamente por eso hay una pregunta que deberíamos poder formular sin que inmediatamente se nos acuse de negar el sufrimiento palestino:

¿Por qué la tragedia de los niños de Gaza parece haberse convertido, para una parte importante del debate mundial, en la tragedia infantil por excelencia?

No porque esos niños importen demasiado. Sino porque parece que los demás importan demasiado poco. No se trata de Gaza. Se trata de todos los demás.

No pretendo en este artículo competir con el sufrimiento de Gaza. Sería moralmente absurdo.

No se trata de decir que los niños palestinos sufren menos de lo que se dice. Tampoco de afirmar que las cifras son falsas. Y mucho menos de negar que detrás de cada número existe una vida humana.

La cuestión es otra. ¿Por qué nuestra indignación no parece distribuirse de manera proporcional entre las distintas tragedias infantiles del planeta?

Mientras las imágenes de Gaza recorren permanentemente las redes sociales, otras tragedias infantiles parecen convertirse rápidamente en ruido de fondo.

Balance scale holding silhouetted groups of children on both sides
LA GEOPOLITICA DE LA COMPASION

Sudán, Ucrania, Myanmar, El Congo, Yemen, Afganistán, El Sahel, Haití…

Millones de niños atrapados en conflictos armados, desplazamientos, hambre, enfermedades, explotación y pobreza extrema.

Pero no todos producen la misma reacción internacional. No todos generan manifestaciones multitudinarias. No todos provocan debates interminables en universidades occidentales. No todos reciben la misma cobertura televisiva. No todos se convierten en símbolos culturales.

Y ahí comienza el verdadero problema.

El niño que tiene cámara y el niño que no la tiene

Existe una desigualdad particularmente cruel en la manera en que el mundo conoce las tragedias.

Un niño que muere bajo los escombros puede convertirse en una imagen que recorre millones de teléfonos.

Otro que muere lentamente por desnutrición puede desaparecer sin que nadie lo fotografíe.

Un niño que muere en un bombardeo tiene, al menos potencialmente, una historia que contar.

Un niño que muere después de meses de hambre puede desaparecer dentro de una estadística.

Un menor secuestrado por una red criminal puede simplemente desaparecer.

No hay fotografía.

No hay hashtag.

No hay manifestación.

No hay documental.

No hay celebridad internacional pronunciando su nombre.

Y, finalmente, no hay memoria.

¿Significa eso que su muerte vale menos?

Evidentemente no, pero sí demuestra algo sobre nosotros y es que la visibilidad de una tragedia no siempre corresponde a su dimensión humana. Corresponde muchas veces a su capacidad para entrar en una narrativa.

La tragedia que encaja en una narrativa

Vivimos en una época en la que las guerras ya no se libran únicamente en los campos de batalla. También se libran en las imágenes.

Books and shoes scattered on a cracked road beside ruined buildings
Books and shoes scattered along a devastated road evoke lives disrupted by conflict.

Una fotografía puede convertirse en un arma política. Una estadística puede convertirse en una consigna. Un niño muerto puede convertirse —consciente o inconscientemente— en el símbolo de una causa.

Y aquí debemos detenernos.

Porque existe una diferencia enorme entre utilizar la muerte de un niño para denunciar una tragedia y utilizar esa muerte para construir una narrativa política.

La primera puede ser necesaria.

La segunda puede terminar deshumanizando precisamente a quien pretendíamos defender.

Cuando el cadáver de un niño se convierte en argumento contra un gobierno, un ejército, una ideología o un pueblo, existe el riesgo de que dejemos de verlo como lo que realmente es: -un niño muerto. Ni más.Ni menos.

Las cifras también necesitan contexto

Hay otro aspecto que deberíamos recuperar: el derecho a preguntar de dónde proceden las cifras. Esto no significa negar las muertes. Significa respetar la verdad.

Las cifras de víctimas en Gaza han sido ampliamente reportadas por organismos internacionales a partir de información procedente de las autoridades sanitarias de Gaza, administradas por Hamás.

Eso no significa automáticamente que las cifras sean falsas. Pero tampoco significa que cada número haya sido verificado independientemente.

Hay una diferencia entre decir: «Esta organización reporta X muertos» y decir:«Sabemos con certeza que murieron exactamente X personas.»

La diferencia puede parecer pequeña pero no lo es.

Cuando hablamos de miles de vidas humanas, la metodología importa. La transparencia importa. La verificación importa.

Y preguntar por ella no debería ser considerado una falta de solidaridad con las víctimas.

Al contrario:-cuando hablamos de seres humanos muertos, la precisión también es una forma de respeto.

Mientras tanto, Sudán arde

Y aquí aparece uno de los ejemplos más incómodos: Sudán.

La guerra entre las fuerzas militares rivales ha provocado una de las mayores crisis humanitarias contemporáneas.

Niños desplazados. Familias separadas. Hambre. Enfermedades.Violencia. Ataques contra civiles. Y muertes infantiles.

Pero la conversación internacional sobre Sudán rara vez alcanza la intensidad que alcanzó Gaza.

¿Por qué? ¿Son menos inocentes los niños sudaneses? ¿Sus madres lloran menos? ¿Sus cadáveres son menos importantes? ¿Su hambre es menos cruel? Por supuesto que no.

La diferencia está en otra parte: Sudán no ocupa el mismo lugar dentro de las grandes batallas ideológicas de Occidente.

Y quizá esa sea una de las razones por las que su tragedia recibe una fracción de la atención.

El hambre no tiene el mismo poder visual

Existe además una tragedia que debería avergonzarnos especialmente: el hambre infantil.

La muerte por hambre es, en muchos casos, mucho menos espectacular que la muerte producida por una bomba. No hay necesariamente una explosión. No hay humo. No hay edificios derrumbados. No hay un instante dramático.

Existe un cuerpo que se debilita. Una madre que deja de tener alimentos. Una infección que encuentra un organismo incapaz de defenderse. Un niño que pierde peso. Y finalmente muere.

Es una muerte lenta. Y quizá por eso sea más fácil ignorarla.

En un mundo capaz de producir enormes cantidades de alimentos, la existencia de niños que mueren por causas relacionadas con el hambre debería ser una de las mayores vergüenzas de nuestra civilización.

Sin embargo, rara vez genera la misma movilización emocional que determinadas imágenes procedentes de una zona de guerra.

¿Por qué? -Porque el hambre no siempre tiene un culpable inmediatamente identificable en una fotografía.

Y nuestra época parece necesitar culpables visibles.

Y están los niños que ni siquiera llegan a convertirse en estadísticas

Hay un nivel todavía más oscuro. Los niños víctimas de las economías criminales. La trata de menores. La explotación sexual. El trabajo forzoso. El reclutamiento por grupos armados. El tráfico de personas. Y, en casos documentados internacionalmente, la extracción ilícita de órganos.

Naciones Unidas reconoce la existencia del tráfico de personas con fines de extracción de órganos. Pero existe un problema fundamental:-lo que conocemos es solamente aquello que conseguimos detectar.

Una red clandestina no publica sus estadísticas. Un niño desaparecido no siempre aparece inmediatamente como víctima de trata. Una familia pobre en un país devastado puede no tener recursos para denunciar.

Un menor desplazado puede desaparecer sin dejar rastro.

Por eso sería irresponsable afirmar que el tráfico de órganos infantiles mata a más niños que la guerra de Gaza. No tenemos una base estadística sólida para sostener semejante comparación.

Pero sería igualmente irresponsable utilizar esa ausencia de estadísticas para concluir que el fenómeno es insignificante.

Hay tragedias que son grandes precisamente porque permanecen ocultas.

Child looking through a weathered turquoise window at a historic city street
Habana Cuba A child looks through a weathered window onto a colorful historic neighborhood street.

El algoritmo también tiene una política exterior

Quizá uno de los elementos más nuevos de esta ecuación sea el papel de las redes sociales.

Antes, los grandes medios decidían qué tragedia llegaba a nuestras casas.

Ahora también lo hacen los algoritmos.

Y los algoritmos tienen una característica particular:no seleccionan necesariamente lo más importante; seleccionan lo que genera atención.

Una imagen conmovedora puede reproducirse millones de veces. Una historia compleja sobre hambre estructural puede recibir pocos segundos. Una guerra puede convertirse en tendencia. Otra puede desaparecer.

Una víctima puede tener nombre, rostro y biografía.Otra puede ser simplemente: «Un niño murió en África.»

La consecuencia es inquietante.

Podemos terminar creyendo que aquello que vemos constantemente es necesariamente aquello que más ocurre.

Y no es así.

La visibilidad no es una medida de la magnitud del sufrimiento.

¿Existe una geopolítica de la compasión?

Quizá sí.

Y si existe, deberíamos tener el valor de reconocerla.

Las sociedades occidentales han desarrollado una enorme capacidad para movilizarse alrededor de determinadas injusticias.

Eso, en principio, es admirable.

El problema aparece cuando la compasión comienza a seguir las mismas fronteras de la política internacional.

Cuando lloramos más por una víctima porque su muerte demuestra que nuestro adversario es malo.

Cuando ignoramos otra porque su tragedia complica nuestra narrativa.

Cuando condenamos la muerte de un niño solamente cuando podemos utilizarla para confirmar lo que ya pensábamos.

Eso ya no es universalismo.

Es tribalismo moral.

Un niño no debería tener nacionalidad para nuestra conciencia

Hay una prueba sencilla.

Imaginemos dos fotografías.

En una aparece un niño palestino muerto.

En otra, un niño sudanés muerto.

Quitémosles las banderas.

Quitemos los uniformes.

Quitemos las consignas políticas.

No digamos quién lanzó la bomba.

No digamos quién controla el territorio.

No digamos quién es el culpable.

Miremos solamente al niño.

¿Cambiaría nuestra compasión?

Si la respuesta es sí, tenemos un problema.

Porque significa que nuestra reacción no depende exclusivamente de la vida perdida.

Depende también de quién creemos que representa esa vida perdida.

Y aquí Gaza vuelve a aparecer

Gaza no debe ser borrada de nuestra conciencia.

Pero tampoco debería convertirse en el único lugar donde nuestra conciencia funciona.

Los niños palestinos merecen ser llorados.

Los niños israelíes asesinados también.

Los niños sudaneses también.

Los niños ucranianos también.

Los niños congoleños también.

Los niños yemeníes también.

Los niños afganos también.

Los niños haitianos también.

Los niños víctimas de hambre también.

Los niños víctimas de trata también.

Los niños que desaparecen sin que nadie sepa dónde terminaron también.

Y los niños que mueren de enfermedades prevenibles en lugares donde la comunidad internacional llega demasiado tarde también.

No necesitamos quitarle luz a una tragedia. Necesitamos encender más luces.

Ese debería ser el verdadero objetivo.

El niño no puede convertirse en propiedad de una ideología

Quizá lo más peligroso de nuestra época sea que incluso la infancia puede convertirse en territorio ideológico.

Hay niños que son presentados como víctimas perfectas.

Otros desaparecen de la conversación.

Hay niños cuya muerte es utilizada para denunciar un sistema.

Otros cuya muerte resulta incómoda porque obliga a preguntar quién los abandonó.

Y entonces sucede algo terrible:

El niño deja de ser el centro.

La narrativa pasa a ocupar su lugar.

El niño se convierte en evidencia.

En símbolo.

En argumento.

En propaganda.

En contenido.

Y nosotros, espectadores, comenzamos a consumir el sufrimiento humano como si fuera otra categoría del entretenimiento digital.

La verdadera prueba de nuestra humanidad

La verdadera prueba no consiste en preguntarnos si nos importa Gaza.

La verdadera prueba es mucho más difícil:

¿Nos importa un niño cuando su tragedia no sirve para demostrar que tenemos razón?

¿Podemos llorar por una víctima sin convertirla inmediatamente en arma política?

¿Podemos denunciar una muerte sin apropiarnos de ella?

¿Podemos reconocer una tragedia sin utilizarla para negar otra?

¿Podemos exigir pruebas sin negar el sufrimiento?

¿Podemos defender a los niños sin preguntar primero de qué nacionalidad son?

Ese sería un verdadero universalismo. Porque si nuestra compasión necesita una bandera, una ideología o un enemigo, entonces no es universal. Es selectiva.

Los niños que mueren dos veces

Hay una frase que resume todo esto:

Hay niños que mueren dos veces.

La primera vez, cuando pierden la vida.

La segunda, cuando el mundo decide que su muerte no merece ser recordada.

Quizá esa sea la tragedia que deberíamos intentar evitar.

No quitarle importancia a Gaza.

No negar sus muertos.

No relativizar el sufrimiento palestino.

Sino ampliar nuestra mirada.

Porque la humanidad no puede construir una jerarquía de cadáveres infantiles.

No puede haber niños cuya muerte conmueve al planeta entero y otros cuya muerte apenas consigue atravesar la frontera de su propia aldea.

No puede haber víctimas de primera categoría y víctimas de segunda.

Un niño no debería necesitar morir en el lugar correcto, durante la guerra correcta y dentro de la narrativa correcta para que el mundo se indigne.

Si realmente creemos que toda vida humana tiene el mismo valor, entonces debemos demostrarlo precisamente cuando resulta políticamente incómodo.

Gaza merece nuestra mirada. Pero Sudán también.

De igual manera el hambre, la trata de personas, las guerras olvidadas.

Los niños desaparecidos también; los que no tienen cámaras; los que no tienen hashtags; los que nunca llegarán a convertirse en una cifra también.

Porque la pregunta definitiva no es: ¿Cuántos niños murieron en Gaza?

La pregunta que debería perseguirnos es mucho más profunda: ¿Cuántos niños están muriendo mientras nosotros discutimos cuáles de ellos merecen nuestra indignación?

Y quizá entonces descubramos la verdad más incómoda de todas:-el problema no es que estemos viendo demasiado a los niños de Gaza; es que hemos aprendido a no ver a los demás.

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