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Mientras más demoren más muertos habrá en Cuba? El silencio también puede matar

Idolidia Darias / Florida / USA

Con el título “¿Mientras más demoren, más muertos habrá en Cuba?”, Fernando Godo puso sobre la mesa una pregunta incómoda, pero imposible de ignorar. En su intervención aborda otros temas igualmente sensibles que, por razones de espacio, no desarrollaré en este post. Mi recomendación, sin embargo, es escuchar el programa completo (el enlace al video lo dejo al final)

Hoy quiero detenerme en una de sus referencias más inquietantes: el genocidio en Cuba, un concepto que vengo utilizando desde hace tiempo en mi canal, en los espacios de X en los que participo y en los artículos que publico en lafronteratransparente, bajo la etiqueta #GenocidioEnCuba.

Hablar de “genocidio” en el caso cubano exige rigor. Jurídicamente, el término tiene una definición específica y no puede utilizarse simplemente como sinónimo de dictadura, pobreza o crisis humanitaria. Pero también sería un error reducir el debate a una cuestión semántica cuando existen elementos documentados que obligan a preguntarnos si durante décadas se ha producido una política sistemática de destrucción, persecución y sometimiento de sectores de la población.

La Cuba de hoy ofrece señales difíciles de ignorar.

La isla atraviesa una crisis demográfica extraordinaria. Según datos oficiales difundidos recientemente, en 2025 se registraron 136.214 muertes frente a apenas 68.064 nacimientos: prácticamente dos fallecimientos por cada nacimiento. La fecundidad cayó a 1,29 hijos por mujer y más de una cuarta parte de la población tiene 60 años o más.

Pero el problema no puede explicarse únicamente por el envejecimiento.

Durante los últimos años, cientos de miles de cubanos —especialmente jóvenes y personas en edad laboral y reproductiva— han abandonado el país. Human Rights Watch señala que, según las propias cifras del Gobierno cubano, la isla ha perdido alrededor del 10 % de su población en los últimos años, mientras estudios independientes sostienen que la reducción podría ser todavía mayor.

Es decir: Cuba no solamente está envejeciendo. Está perdiendo población, capacidad productiva, familias y generaciones enteras.

Y detrás de esas cifras hay otro componente que considero fundamental para entender lo que denomino un genocidio silencioso: el deterioro deliberado o negligente de las condiciones indispensables para una vida digna.

Amnistía Internacional documentó para 2025 un grave deterioro del acceso a alimentos y medicamentos, así como apagones que afectaron derechos fundamentales como la salud y la educación. También registró 39 muertes de personas privadas de libertad en prisiones cubanas durante ese año, según datos recopilados por Cubalex.

Human Rights Watch, por su parte, documentó cientos de detenciones arbitrarias, cerca de 700 presos políticos reportados por Prisoners Defenders y denuncias de muertes bajo custodia relacionadas con falta de atención médica, violencia, negligencia y condiciones penitenciarias inadecuadas.

Y aquí aparece la pregunta que considero inevitable:

¿Cuándo una política de represión, abandono, privación y sometimiento deja de ser simplemente una sucesión de errores de gobierno y comienza a constituir un mecanismo sistemático de destrucción humana?

No estoy planteando que cada muerte ocurrida en Cuba pueda atribuirse automáticamente al Estado ni que las estadísticas demográficas, por sí solas, demuestren jurídicamente la existencia de un genocidio. Eso sería una conclusión irresponsable.

Lo que sí sostengo es que existe suficiente evidencia de una crisis humanitaria, demográfica, sanitaria, económica y represiva de tal magnitud que merece ser investigada con mucha mayor profundidad.

Por eso prefiero hablar de “genocidio silencioso” como una hipótesis y una denuncia que deben ser examinadas a la luz de los hechos, no como una etiqueta que sustituya la investigación jurídica.

La pregunta, entonces, no es solamente cuántos cubanos han muerto.

La pregunta es cuántas vidas se han perdido prematuramente, cuántas han sido destruidas por la represión, cuántas enfermedades pudieron haberse evitado, cuántas familias fueron separadas y cuántos cubanos han tenido que abandonar su país para sobrevivir.

Y hay una pregunta todavía más incómoda: ¿Cuántos muertos más tendrán que producirse antes de que el mundo deje de considerar la tragedia cubana como una crisis política más y empiece a verla como una emergencia humanitaria que requiere respuestas?

Más de seis décadas después de 1959, Cuba continúa atrapada bajo un sistema político que reprime la disidencia, controla los medios de comunicación y limita severamente las libertades fundamentales. Al mismo tiempo, el país enfrenta una crisis demográfica que las propias autoridades reconocen como grave.

Por eso seguiré utilizando #GenocidioEnCuba. No para convertir una palabra jurídicamente compleja en una consigna política, sino para mantener abierta una pregunta que considero demasiado importante para dejarla desaparecer entre apagones, estadísticas y titulares:

¿Estamos ante una crisis que simplemente está ocurriendo… o ante las consecuencias acumuladas de más de medio siglo de sometimiento, represión, abandono y destrucción de las condiciones esenciales para vivir? Porque mientras discutimos cómo llamarlo, la realidad continúa produciendo víctimas.

FUENTES: (Human Rights Watch) (Amnesty International) (EFE Noticias)

El sabado 29 de agosto Fernando Godo en su canal desarrolló ideas con las que coincido totalmente.

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