Por Redacción Florida / USA
«Seamos realistas, nosotros nunca vivimos en una democracia verdadera, la democracia es una dictadura pero mucho más sofisticada y votar es cambiar la pintura de un auto roto (cambia la apariencia pero no por eso mejora)». La idea anterior puede ampliarse como una reflexión crítica sobre los límites de la democracia liberal, pero conviene distinguir entre democracia como principio y los sistemas concretos que se presentan como democráticos.
Una formulación más sólida sería esta:

¿Democracia o una forma sofisticada de poder?
Seamos realistas: para muchas personas, la palabra democracia se ha convertido en una especie de palabra sagrada que parece cerrar cualquier discusión. Se pronuncia “democracia” y, automáticamente, se supone que estamos hablando de libertad, soberanía popular, igualdad y participación ciudadana. Pero la realidad puede ser bastante más compleja.
La pregunta incómoda es otra: ¿hasta qué punto una sociedad es realmente dueña de las decisiones que determinan su destino?
Porque votar no significa necesariamente gobernar.
En una democracia representativa, el ciudadano deposita periódicamente una papeleta en una urna y, a partir de ese momento, delega buena parte de su capacidad de decisión en personas que ejercerán el poder durante un determinado período. Puede escoger entre distintas opciones, pero las opciones disponibles ya forman parte de un sistema político, económico, institucional y cultural que el elector no diseñó.
De ahí surge una crítica recurrente: la democracia contemporánea puede terminar convirtiéndose en un sofisticado mecanismo de legitimación del poder.
No necesariamente porque las elecciones sean falsas, sino porque la capacidad de elección puede ser mucho menor que la capacidad de decisión que se atribuye al ciudadano.

Votar no es necesariamente decidir
La metáfora del automóvil resulta útil. Imaginemos un automóvil viejo, deteriorado, con problemas en el motor, en la transmisión y en el sistema eléctrico. Cada cierto tiempo llevamos el vehículo al taller y cambiamos su pintura. Unos prefieren el rojo; otros, el azul; otros, el negro.
Después de la votación, todos celebran el cambio. Pero el motor continúa averiado. El automóvil sigue teniendo los mismos problemas estructurales.
Eso puede ocurrir también con determinadas democracias: cambia el gobierno, cambia el discurso, cambian los símbolos, cambian algunas políticas y hasta pueden cambiar determinadas leyes, pero permanecen intactas estructuras de poder mucho más profundas.
Cambiar quién conduce no significa necesariamente cambiar el automóvil. Y mucho menos significa que los pasajeros hayan decidido hacia dónde se dirige.

La ilusión de participación
Uno de los grandes éxitos de los sistemas democráticos modernos consiste precisamente en hacer que el ciudadano sienta que participa.
Vota. Elige representantes. Puede expresar su opinión. Puede afiliarse a un partido. Puede participar en campañas. Puede protestar.
Todo eso es importante. Pero la pregunta fundamental continúa siendo: ¿cuánto poder real tiene el ciudadano entre una elección y otra?
Porque si la participación política queda reducida a escoger periódicamente quién administrará un sistema que permanece prácticamente intacto, estamos ante una participación limitada.
El ciudadano puede elegir al administrador, pero no necesariamente las reglas fundamentales del sistema.
Puede cambiar al gobierno, pero no necesariamente puede cambiar las estructuras que condicionan al gobierno. Puede elegir el color de la pintura, pero no necesariamente puede abrir el capó y reconstruir el motor.
La democracia como legitimación
Aquí aparece una de las contradicciones más interesantes. El poder autoritario necesita obediencia. El poder democrático necesita, además, legitimidad.
Por eso la elección cumple una función que va más allá de seleccionar gobernantes: legitima el ejercicio del poder.
Después de una elección, el gobierno puede afirmar que posee un mandato popular. Pero existe una pregunta que rara vez recibe suficiente atención: ¿qué ocurre con quienes no votaron por él?
En teoría, siguen siendo ciudadanos con los mismos derechos. Y ahí se encuentra uno de los principios esenciales de la democracia: la mayoría no puede convertirse en propietaria absoluta del Estado.
La democracia no debería significar simplemente que el 51 % puede hacer cualquier cosa al 49 %.
Si así fuera, la democracia podría convertirse en una tiranía de la mayoría.
Su verdadera dificultad consiste precisamente en combinar la voluntad de la mayoría con límites que protejan los derechos de todos.

El poder que no aparece en las urnas
Existe además otra dimensión del problema. No todo el poder se encuentra dentro de los gobiernos.
Hay poderes económicos, financieros, burocráticos, corporativos, mediáticos, tecnológicos y culturales que pueden influir enormemente sobre las decisiones públicas sin aparecer jamás en una boleta electoral.
El ciudadano vota por un presidente o por un legislador. Pero no vota directamente por los grandes intereses económicos que presionan sobre determinadas políticas.
No vota por las estructuras burocráticas que permanecen durante décadas.
No vota por los grandes conglomerados mediáticos.
No vota por los mecanismos financieros internacionales.
No vota por las plataformas tecnológicas que pueden determinar qué información alcanza mayor visibilidad.
Por eso reducir el análisis democrático a las elecciones puede ofrecer una fotografía incompleta del poder.

El problema no es votar
Pero aquí es importante hacer una distinción. Criticar las limitaciones de la democracia representativa no significa que votar sea inútil.
El voto puede permitir cambios importantes, remover gobiernos, modificar políticas y abrir espacios para nuevas fuerzas sociales.
El problema aparece cuando convertimos el voto en la definición completa de la democracia. Votar es una herramienta democrática. No es la democracia entera.
Una sociedad verdaderamente libre necesita mucho más: separación de poderes, independencia judicial, libertad de prensa, propiedad privada, libertad de asociación, transparencia, rendición de cuentas, protección de las minorías y capacidad ciudadana para organizarse y fiscalizar al poder.
Sin esos elementos, la urna puede convertirse en una ceremonia periódica que legitima instituciones que los ciudadanos tienen muy pocas posibilidades de controlar.
La sofisticación del poder moderno
La diferencia entre una dictadura clásica y un sistema democrático imperfecto no debe analizarse únicamente en términos de represión.
El poder moderno puede ser mucho más sofisticado. No necesita necesariamente prohibir todas las opiniones.
Puede permitir una enorme cantidad de opiniones y, al mismo tiempo, conseguir que determinadas opiniones tengan muy poca capacidad de modificar las estructuras existentes.
No necesita cerrar todos los medios.
Puede existir una multiplicidad de medios y, sin embargo, determinados intereses dominar gran parte de la agenda pública.
No necesita eliminar todas las elecciones. Puede permitir elecciones periódicas y conservar estructuras de poder prácticamente permanentes.
Esa es la razón por la cual resulta necesario mirar más allá de las apariencias.
La pregunta no debería ser solamente: “¿Podemos votar?”.También deberíamos preguntar: “¿Podemos realmente cambiar las reglas del juego?”
El ciudadano entre elección y elección
La democracia adquiere su verdadero significado entre las elecciones. Es ahí donde se comprueba si el ciudadano es realmente soberano.
¿Puede protestar?
¿Puede organizarse?
¿Puede cuestionar al gobierno?
¿Puede investigar a quienes ejercen el poder?
¿Puede crear medios independientes?
¿Puede demandar al Estado?
¿Puede cambiar las leyes mediante mecanismos institucionales?
¿Puede exigir responsabilidades?
¿Puede defender sus derechos incluso cuando la mayoría está en contra?
Si la respuesta es afirmativa, existen mecanismos de libertad que van mucho más allá del voto.
Si la respuesta comienza a ser negativa, entonces la existencia de elecciones por sí sola resulta insuficiente para garantizar una sociedad libre.
El automóvil necesita algo más que pintura
Volvamos entonces al automóvil. Quizás el problema no sea que cambiemos la pintura. El problema es creer que la pintura constituye una reparación.
Podemos cambiar de partido, de presidente, de parlamento y de discurso político. Pero si permanecen los mismos mecanismos de concentración del poder, las mismas debilidades institucionales, los mismos privilegios y la misma incapacidad ciudadana para fiscalizar a quienes gobiernan, el automóvil seguirá teniendo los mismos problemas.
La democracia no debería limitarse a decidir quién se sienta detrás del volante. Debería permitir que los ciudadanos conozcan el estado del motor, revisen las condiciones del vehículo, puedan detenerlo cuando sea necesario y, sobre todo, tengan capacidad para decidir hacia dónde se dirige.
Porque una sociedad libre no es aquella en la que simplemente se permite escoger periódicamente a los conductores. Es aquella en la que el poder pertenece realmente a los ciudadanos y ningún conductor puede convertirse en dueño del automóvil.
Y quizá esa sea la pregunta que deberíamos hacernos antes de repetir que vivimos en una democracia: ¿Somos realmente ciudadanos con poder sobre el sistema, o simplemente electores autorizados a escoger quién administrará un sistema que nunca llegamos a controlar?
La respuesta obliga a mirar mucho más allá de las urnas.