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De Frankfurt a Gramsci: cómo las ideas llegan a convertirse en cultura

Redacción / Florida / USA

De Frankfurt a Gramsci: cómo las ideas llegan a convertirse en cultura

Para comprender muchas de las transformaciones culturales y políticas que vemos hoy —en Cuba, en Estados Unidos y en buena parte de Occidente— conviene mirar más allá de la coyuntura y regresar a la historia de las ideas.

La llamada Escuela de Frankfurt no fue un grupo homogéneo ni diseñó un único programa político para el mundo contemporáneo. Fue un movimiento intelectual multidisciplinario que, desde las décadas de 1920 y 1930, estudió las relaciones entre economía, cultura, psicología, sociedad y poder. Sus autores —entre ellos Max Horkheimer, Theodor Adorno, Herbert Marcuse y Erich Fromm— desarrollaron distintas versiones de la llamada Teoría Crítica.

Una de las grandes novedades de este pensamiento fue desplazar parte de la atención desde la economía y la lucha de clases hacia la cultura, la educación, la familia, los medios de comunicación y las estructuras sociales.

Y aquí aparece otra figura indispensable: Antonio Gramsci.

Gramsci desarrolló una reflexión distinta, desde el marxismo italiano, sobre lo que denominó hegemonía cultural. Su planteamiento partía de una observación poderosa: el poder no se mantiene únicamente mediante la fuerza o la coerción. También necesita construir consenso y conquistar espacios dentro de la sociedad civil.

De ahí la importancia que adquirieron para estas corrientes la educación, la cultura, los intelectuales, los medios y las instituciones.

No se trataba simplemente de conquistar el Estado. Se trataba de comprender cómo se forman las ideas que una sociedad considera normales, aceptables o deseables.

Ese cambio de perspectiva tuvo enormes consecuencias.

La batalla dejó de ser solamente política

Una sociedad no cambia únicamente cuando cambia su gobierno. También cambia cuando cambian sus profesores, sus universidades, sus medios de comunicación, sus expresiones culturales, sus referentes morales y la manera en que las nuevas generaciones interpretan conceptos como familia, nación, religión, autoridad, libertad o tradición.

Por eso resulta tan importante estudiar la evolución de estas ideas.

Pero aquí debemos evitar una simplificación frecuente: no todo lo que ocurre hoy en las universidades estadounidenses, ni toda agenda cultural contemporánea, puede atribuirse directamente a la Escuela de Frankfurt o a Gramsci.

Entre aquellas teorías y el presente existe casi un siglo de transformaciones intelectuales: feminismo, posmodernismo, teoría crítica racial, estudios de género, multiculturalismo, movimientos de derechos civiles, teorías poscoloniales y muchas otras corrientes.

Lo interesante es estudiar cómo esas tradiciones se fueron cruzando y transformando. Ahí está el verdadero fenómeno.

Del aula a la sociedad

Cuando determinadas ideas entran en las universidades, no necesariamente permanecen allí. Los estudiantes se convierten en profesores. Los profesores forman nuevas generaciones.

Los investigadores producen conceptos.

Los medios los popularizan.

Las instituciones los incorporan.

Las empresas crean políticas inspiradas en ellos.

Los gobiernos diseñan programas.

Y finalmente determinadas ideas dejan de parecer ideológicas para convertirse simplemente en “lo normal”.

Ese proceso es mucho más complejo que cualquier teoría conspirativa. Es, en realidad, una de las formas en que funciona la hegemonía cultural.

Por eso resulta tan importante preguntarnos no solamente quién gobierna, sino también:

¿Quién educa?
¿Quién produce conocimiento?
¿Quién define el lenguaje?
¿Quién decide qué ideas son respetables y cuáles deben ser marginadas?

¿Y qué ocurre con la familia?

Aquí aparece uno de los debates más delicados.

Durante décadas, distintas corrientes críticas analizaron la familia, la autoridad, la religión y las tradiciones como instituciones que podían reproducir determinadas estructuras sociales.

Eso no significa que todas esas corrientes persiguieran destruir la familia, ni que todos sus autores defendieran las mismas posiciones. Sería históricamente incorrecto afirmarlo.

Pero sí significa que la familia dejó de ser considerada exclusivamente un espacio privado y pasó a convertirse también en objeto de análisis político y cultural.

Y cuando una sociedad comienza a modificar su concepción de familia, autoridad, sexualidad, religión, educación y tradición, inevitablemente termina modificando también su estructura cultural.

Ahí está uno de los grandes debates de nuestro tiempo.

¿Es esto una conspiración?

No necesariamente. Y precisamente por eso el análisis debe ser más serio.

Hablar del Deep State, del “Pantano”, de la Agenda 2030 o de un supuesto centro único que controla todas las instituciones puede resultar políticamente atractivo, pero no sustituye la investigación.

Es mucho más interesante estudiar las redes reales de poder, financiación, universidades, fundaciones, organizaciones internacionales, think tanks, empresas, gobiernos y movimientos sociales, y observar cómo determinadas ideas pasan de un ámbito a otro.

Eso sí puede documentarse. Y también permite comprender algo fundamental:

–las grandes transformaciones sociales rara vez ocurren de un día para otro.

Primero aparecen como teorías. Después se convierten en debates académicos. Más tarde llegan a los programas educativos. Después penetran en los medios. Finalmente aparecen en las políticas públicas y en la legislación.

Y cuando llegan a ese punto, muchas personas ya no recuerdan dónde comenzó la discusión.

La verdadera batalla por la cultura

Quizás la gran lección de Gramsci y de la tradición de la Teoría Crítica no sea que exista un gigantesco complot mundial, sino algo mucho más sencillo y mucho más poderoso:

quien influye en la cultura durante suficiente tiempo termina influyendo también en la política.

Por eso la defensa de una sociedad libre no puede limitarse a elecciones y gobiernos.

También necesita universidades plurales. Libertad académica. Libertad religiosa. Libertad de expresión. Pluralidad cultural. Derecho de los padres a participar en la educación de sus hijos. Respeto por las tradiciones.

Y, sobre todo, capacidad para discutir ideas sin convertir al adversario en un enemigo moral. Porque si queremos comprender el presente, no basta con indignarnos ante sus resultados.

Hay que estudiar las ideas que los hicieron posibles.

Y quizás esa sea la conversación que más necesitamos recuperar: no la de las consignas, sino la de la historia intelectual de Occidente, sus transformaciones y las consecuencias —positivas y negativas— de haber convertido la cultura y la educación en uno de los principales campos de batalla política.

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