Por Armando Valladares / Florida / USA (Artículo de opinión / perspectiva del autor) 4 de agosto de 2026
Durante décadas, ciertos sectores del poder económico en Estados Unidos han intentado presentar como “soluciones pragmáticas” lo que en realidad son operaciones de rescate político para la dictadura cubana. Entre ellos, destaca Carlos Saladrigas, quien desde los salones del Biltmore Hotel en Miami —y bajo la sombrilla intelectual del Council on Foreign Relations— ha vuelto a promover su gastada fórmula: salvar al régimen que ha destruido Cuba durante siete décadas.
No es la primera vez. Desde hace años, Saladrigas insiste en que el embargo debe levantarse por “dos o tres años”, acompañado de un supuesto “Plan Marshall” para Cuba. Y para justificarlo, recurre a una comparación tan forzada como reveladora: equiparar a la dictadura cubana con el Japón de la posguerra, insinuando que Cuba, como Japón, no tendría que devolver el dinero recibido. Esta analogía no es inocente. Es, para muchos, un intento deliberado de ocultar la naturaleza criminal del régimen cubano, responsable de asesinatos, torturas, encarcelamientos masivos y la destrucción sistemática de la nación.
El silencio cómplice
El Council on Foreign Relations, organización que Saladrigas utiliza como plataforma, jamás ha denunciado de manera clara y frontal los abusos de la dictadura cubana. Su silencio histórico frente a la falta de libertades en la isla no es casual: allí se reúnen quienes piensan primero en dinero, inversiones y negocios, y muy poco en el sufrimiento del pueblo cubano. En ese entorno, Saladrigas ha encontrado un espacio cómodo para promover ideas que, lejos de aliviar la tragedia nacional, la prolongan.
La vergüenza del exilio complaciente
Resulta doloroso —y para muchos, vergonzoso— que un exiliado cubano como Carlos Saladrigas haya dedicado tantos años a darle la espalda a los crímenes del régimen. Su discurso, envuelto en tecnicismos económicos, evita cuidadosamente mencionar la represión, los presos políticos, los fusilamientos, la censura y la miseria impuesta por el gobierno comunista. En lugar de exigir libertad, propone oxígeno financiero. En vez de denunciar la dictadura, pide que se le fortalezca.
¿Transición… o continuidad?
Quizás la idea más reveladora de su postura es la afirmación de que la transición en Cuba debe ser dirigida por el propio gobierno comunista, porque de lo contrario “habría desorden”. Esta frase resume toda su visión: preservar la estructura de poder que ha oprimido al país durante siete décadas, disfrazando continuidad como transición.
Pero una transición dirigida por los mismos que han destruido la nación no es transición: es perpetuación. Es garantizar que el régimen se mantenga, no para conceder libertades, sino para seguir atropellando al pueblo cubano con mayor estabilidad y recursos.
La realidad que no se puede maquillar
La dictadura cubana no es Japón. No es una potencia derrotada que aceptó reformas democráticas profundas. No es un país que respetó la vida humana ni la dignidad de sus ciudadanos. Es un sistema que ha sobrevivido gracias al control absoluto, la represión y el miedo. Compararlo con Japón no es un error analítico: es una estrategia para blanquear su historial criminal.
Y quienes promueven estas comparaciones, desde cómodos salones y organizaciones silenciosas, no están buscando la libertad de Cuba. Están buscando estabilidad para el régimen, negocios para sus círculos y una narrativa que les permita presentarse como “moderados” mientras ignoran el dolor de millones.