Two men talking over a desk covered with newspapers and documents under warm lamp light

Diálogos ocultos entre Cuba y EE.UU.: Realidad vs Discurso

Redacción / Florida/USA/ El diálogo que se niega en público y se practica en privado.

Uno de los aspectos más llamativos de la relación entre Cuba y Estados Unidos no es la existencia de conversaciones entre ambos gobiernos. Eso ha ocurrido durante décadas, bajo administraciones republicanas y demócratas. Lo verdaderamente llamativo es el contraste entre el discurso público y lo que sucede tras bastidores.

Las recientes declaraciones de Raúl Guillermo Rodríguez Castro vuelven a poner ese fenómeno sobre la mesa. Esta participación en contactos con figuras de alto nivel de la administración estadounidense, particularmente con el secretario de Estado Marco Rubio, ha reavivado un debate que nunca termina de cerrarse.

Según reconoció USA Today, Rodríguez Castro confirmó que mantiene conversaciones por la parte cubana y afirmó sin rodeos: «Puedo negociar con cualquiera designado por los Estados Unidos. Si se me presenta la oportunidad, por supuesto, con Trump.»

La propia autora del reportaje señalaba que los contactos entre Rubio y un miembro de la familia Castro habían provocado malestar entre sectores del exilio cubano, que históricamente han rechazado cualquier acercamiento con integrantes del clan gobernante. Esa reacción resulta comprensible si observa el peso simbólico que la familia Castro representa para miles de cubanos que sufrieron prisión, confiscaciones, exilio o persecución política.

Sin embargo, el episodio también vuelve a revelar una contradicción que acompaña la política hacia Cuba desde hace décadas.

Durante años se ha repetido que con la familia Castro «no se negocia» porque se trata de una estructura responsable de graves violaciones de los derechos humanos. Ese argumento ha servido para alimentar discursos políticos, campañas electorales y debates públicos. Sin embargo, en este caso, aparecen evidencias de conversaciones discretas, contactos reservados y negociaciones que nunca llegan a la opinión pública paciente mucho tiempo después.

Es decir, oficialmente se afirma una cosa, mientras que extraoficialmente ocurre otra.

Este es el divorcio entre el relato y la realidad, sólo una reflexión más profunda.

En este caso, no hay implicación en un reconocimiento mutuo. No significa legitimación moral ni aprobación política, pero sí el reconocimiento de que la otra parte posee capacidad para decidir, influir o comprometerse en determinados asuntos. Esa ha sido una constante en la historia de la diplomacia internacional, incluso entre Estados enfrentados.

Recientemente, durante una conversación con el periodista Fernando Godo, surgió precisamente esta cuestión: los diálogos entre Cuba y Estados Unidos, los de ayer y los de hoy. Mi respuesta fue sencilla: cuando dos partes negocian en igualdad de condiciones institucionales, ambas aceptan que el otro interlocutor tiene autoridad para representar intereses concretos.

Como resultado, inevitable plantearse una pregunta.

Si realmente existieron conversaciones entre el secretario de Estado de Estados Unidos y Raúl Guillermo Rodríguez Castro —nieto de Fidel Castro, aunque sin ocupar oficialmente una posición equivalente dentro del Estado cubano—, ¿qué significado político tiene ese hecho?

La cuestión no gira alrededor de simpatías personales ni de afinidades ideológicas. Tampoco pretendemos cuestionar la necesidad de la diplomacia, que muchas veces exige dialogar incluso con adversarios.

La interrogante es otra.

¿Es esto un problema?

La historia demuestra que los Estados conversan con gobiernos y dirigentes cuyos antecedentes distan mucho de ser democráticos. Estados Unidos ha mantenido negociaciones con Corea del Norte, con la antigua Unión Soviética, con Vietnam, con China y con numerosos adversarios internacionales cuando los intereses nacionales así lo exigieron.

En este caso, no convierte automáticamente cualquier diálogo en una decisión acertada ni elimina los cuestionamientos morales que puedan surgir. Entonces hay que abandonarlo y hacerlo simple.

En el caso cubano, quizás el verdadero debate no sea si existen conversaciones. Probablemente siempre las ha habido.

La cuestión es por qué mavin tanto tiempo se le ha dicho a la opinión pública que determinadas puertas permanecían cerradas cuando, en realidad, algunas de ellas nunca dejaron de abrirse discretamente.

Porque entre el discurso político y la diplomacia silenciosa suele existir una distancia considerable. Y, como demuestra la historia de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, muchas veces los acuerdos que terminan marcando el destino de millones de cubanos comienzan precisamente allí donde las cámaras dejan de grabar.

Enlace al artículo publicado en elnuevoherald/com del pasado 10 de julio.

Enlace a conversación con Fernando Godo (a partir del minuto 59)

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