Díaz-Canel en Camagüey. La gente lo sabe, no porque se respire más alegría en las calles

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De New York …a Camagüey? Así lo vio La Hora de Cuba desde la lente ciudadana.

Una crónica de periodista Henry Constantin Ferreiro

Díaz-Canel está en Camagüey. La gente lo sabe, no porque se respire más alegría en las calles, o espontáneas aglomeraciones de público para darle la bienvenida, ni mucho menos porque lo hayamos visto caminando por ahí, libre, acercándose a la gente a escuchar de frente sus problemas.

No, qué va, nada de eso. La gente sabe que Díaz-Canel está aquí porque el producto nacional por excelencia, la represión, abunda en las calles por estos días.

Cientos de hombres y mujeres jóvenes, uniformados o no, innecesarios en un pueblo que supuestamente es feliz con su gobierno, patrullan las principales esquinas de Camagüey desde hace días, dedicados a poner multas y vigilar y perseguir todo lo que huela a economía ilegal o expresión de disgusto.

Una lástima: si al menos uno de ese millar de guardias regados por la ciudad hubiera estado en la esquina donde una joven fue asesinada la noche del 10 de octubre pasado, ella estaría viva hoy. Si al menos uno hubiera estado al pie de la estatua de bronce del Teatro Principal la noche en que intentaron robársela –una de las pocas esculturas bellas de la ciudad- ella todavía estaría ahí, en su pedestal. Si al menos un guardia de esos vigilara las puertas de unos cuantos comedores del gobierno y el Partido, en los que entra más carne de res que la que sus funcionarios producen, no habría tanta necesidad de llenar de policías las calles para evitar que alguien le diga a Díaz-Canel las cuatro -o más- verdades que él ni quiere ni le dejan oír.

En las oficinas, mientras tanto, esos funcionarios se apuran memorizando los escasos resultados optimistas que tienen a mano, para recitárselos al aparente nuevo jefe, en medio de empresas e instituciones maquilladas a toda prisa para lucir bellas y puras a la vista del visitante, antes de que la corrupción, ineficiencia y burocracia cotidianas las vuelva a inundar.

Y la prensa oficial, mientras, se dispone una vez más a copiar cifras y fotos que luego publicará como verdades totales sin el mínimo contraste ni análisis ni pudor.

 

Veremos a Díaz-Canel por televisión, rodeado sonriente de gente sonriente que ha sido seleccionada para estar ahí y decirle mentiras que él sabe que son mentiras. Y le pasará la vista a los “logros de la revolución”, que no son, por supuesto, los destartalados y sucios baños de la Universidad de Camagüey, ni las centenares de calles de tierra o con asfalto roto que forman nuestras ciudades y pueblos, ni los miles de cubanos prestos y dispuestos a irse del país a donde sea, como sea y a lo que sea. No pasará a decirle “estoy con ustedes” a los cuentapropistas, el verdadero pulmón de este país, que lo viste, alimenta, entretiene y transporta, y como agradecimiento está a punto de recibir un paquete de restricciones destructivas para ellos.

No irá a ver las carencias de los ancianos que andan vendiendo limones o jabas o recogiendo latas y botellas para sobrevivir a las pensiones más bajas de todo el planeta, y a los que la policía expulsa, revisa o arresta por estos días, porque no tienen licencia para vender.

Díaz-Canel seguirá twitteando gratis, no desde la conexión de un 1 CUC por hora a la que están condenados la mayoría de los cubanos, y tampoco compartirá el almuerzo raquítico de las escuelas primarias que les toca a los niños felices de Camagüey y de toda Cuba.

Él no irá a esperar la guagua de regreso a casa en una parada atiborrada de gente al sol ni en la lista de espera de la terminal provincial, ni irá a atenderse sus malestares con un estudiante de medicina –casi los únicos que quedan sin exportar- tras una espera infinita en el cuerpo de guardia del Hospital Provincial, ni tendrá que comprar ilegalmente cemento o carne de res para mantener en pie la casa y la salud de su familia.

Por la noche, tras un día de visitas, frases aburridas, datos inútiles y mentiras abundantes, se acostará el presidente, y entonces a lo mejor se pregunta cuándo será que podrá caminar por las calles cubanas -las que él escoja- sin tantos policías protegiéndolo -y vigilándolo-, y cuándo podrá vivir sin tantas mentiras alrededor. Y eso, Díaz-Canel, si no te llenas de valor y haces algo distinto, compadre, no te va a suceder nunca.

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