Preludio a la libertad

El reverendo Ricardo Santiago Medina Salabarría expreso político y miembro del Comité Ejecutivo Nacional del CID escribió una crónica donde recoge lo vivido por un grupo de miembros de la sociedad civil cubana cuando fueron detenidos en La Habana mientras intentaban caminar junto al cortejo fúnebre con los restos mortales de Oswaldo Payá Sardiñas.

De los sucesos narrados en primera persona tomé algunos fragmentos que dejaré en esta bitácora. Son las respuestas que tengo a hora a algunas interrogantes que les hice vía telefónica a dos personas que iban en el cortejo fúnebre y desde sus posiciones no alcanzaron a conocer detalles de lo que estaba ocurriendo unos metros más atrás de los autos que ya habían abordado los familiares y allegados para desplazarse hacia el cementerio.

Ignacio Estrada me dijo “solo sé que están deteniendo a muchas personas y escuché gritos de Libertad pero no alcanzo a distinguir por que los están deteniendo y empujando a la fuerza dentro de unos buses que había parqueado en las afueras de la iglesia. Por lo pronto se que entre los detenidos están Ricardo Santiago Medina y Guillermo Fariñas.

Al día siguiente pude conocer los detalles de aquel suceso contado por Guillermo Fariñas quien fue liberado y desterrado de inmediato a su pueblo de origen Santa Clara. Todo lo que me dijo coincide con lo que después recogió en una crónica del espanto que escribió Ricardo Medina.

Y dice: “Participé en la misa de exequias presidida por el cardenal Jaime Ortega, asistido de seis obispos y varios sacerdotes, entre los obispos se encontraba el de Granma, solidarizado con los sucesos ocurridos en su diócesis.

“Con una inexplicable mezcla de recogimiento, orgullo y satisfacción escuché con detenimiento las fuertes y radiantes palabras de agradecimiento y denuncia de Rosa María Payá, hija de mi desaparecido hermano. Me parecía increíble que aquella niña que conocí manifestara esa fortaleza interior en un momento tan difícil, y aplaudí con ímpetu terminada sus palabras. Después los clérigos no salieron en procesión, si no que se retiraron por una de las puertas diaconales que dan acceso a la sacristía.
“Hicimos una senda a ambos lados para dar paso al ataúd de Payá. Un mar de personas del pueblo estaba reunido para ver y despedir al fundador del Movimiento Cristiano Liberación. Se coordinaba en que transporte salíamos al cementerio. La inseguridad del estado estaba vestida de civil (se refiere a la Seguridad del Estado).

Coroneles y tenientes coroneles dirigiendo un cordón de policías detenían el carro fúnebre en Peñón y Calzada del Cerro. Exigían saber el recorrido del funeral. Tenían toda la intención de no permitir que lo acompañáramos.

“Guillermo Fariñas me dijo: “tienen guaguas, que nos las pongan a nosotros para ir al entierro”. Las guaguas eran para el arresto. Como exigíamos acompañar a Payá se lanzaron contra nosotros. A golpes y empujones caímos al suelo mientras un coronel daba palmazos sobre el carro fúnebre ordenándole que saliera en sentido contrario.

Un uniformado de la policía especializada le arrebató el reloj a Fariñas. El ex prisionero de conciencia Félix Navarro y yo abrazamos a Fariñas para protegerlo de los golpes. Nos pateaban y nos daban puñetazos en las manos para separarnos de él. Cuando nos arrastraban oímos los gritos de la gente: ¡abusadores no le den que ellos no han hecho nada!

Uno de los esbirros me levantó por el cuello y me sostenía en el aire. No podía respirar y sentía que me asfixiaba. Abdel Rodríguez le gritaba que me estaba ahorcando y forcejaba con él tratando de zafarle las manos. Cuando pude coger aire les grité: “asesinos, asesinos, asesinos”… otros dos de la inseguridad me levantaron en peso por mis hombros y me llevaban por la fuerza al ómnibus. Decían: cállate porque te voy a matar, uno me abofeteó rompiéndome los espejuelos. Otros golpeaban a cada activista que entraba a la guagua.

Fariñas fue de los últimos por subir y lo sentaron a mi lado con una posta que lo neutralizaba en el asiento. Un joven de pelo rubio que vestía pullover rosado lo golpeaba. Todos tratábamos de defenderlo. Una karateca se sostenía de una parrilla del ómnibus y pateaba por encima del asiento a Alejandro hasta que lo noqueó.

Aile Rodríguez, la esposa de Rodiles, del equipo de trabajo de Estados de SATS, trataba de defender y reanimar a Alejandro mientras la golpeaban. Ella les decía: “quien los manda no da el frente y son ustedes los que aparecen como represores, ustedes mismos no creen en lo que hacen, actúan como autómatas y a través del dialogo podían lograr más”.

El compañero del CID Pavel Herrera les gritaba: “son muy jóvenes caminarán junto a nosotros, pero con la vergüenza de haber golpeado y de llevar las manos manchadas de sangre”. A Madeleine Caraballo, del Partido Republicano, la golpearon y la hicieron sangrar de una pierna. Patearon también al activista del CID Joan Guzmán Díaz y se le abrieron los puntos de una herida en el abdomen de otra agresión días antes.

Al paso por la ciudad gritábamos libertad y todos contemplaban el forcejeo dentro del ómnibus desde la parte de adelante hasta el fondo. Un forzudo golpeó a Fariñas en el rostro. Me exigían que me callara y yo les decía: cállame tú. Jorge Cartorberi, pedía silencio en nombre de Payá de ambas partes (represores y opositores). Me negué gritando, “no me callo, ese sería un silencio cómplice” y continuamos junto a Navarro, Fariñas y otros desafiando a los represores.

Llegamos a Tarará y nos bajaron de uno en uno. Fariñas dijo: “yo quiero ser el primero en que me den un tiro, mátame asesino”, sosteniendo las manos detrás de su cuerpo. Fuimos ubicados de dos o tres por aula de escuela. Junto a mi estaba a Francisco Rangel de Colón-Matanzas y Alejandro, el joven que hace fotos a las Damas de Blanco en Santa Rita. Nos custodiaba un militar que vestía uniforme de gala del MININT. Me interrogó interesado en saber cómo me había enterado del suceso y del seguimiento de los funerales. Le expliqué lo que era la red social Twitter, porque la desconocía.

Transcurrido el tiempo la misma mujer que pateaba en la guagua trajo una caja de cartón con comida para los tres, un bocadito y una lata de puré de frutas, que todos rechazamos. Aproveché y le dije: “primero nos golpeas y ahora nos quieres dar de comer, asesina, fascista”. Respondió: “si quieren la comen y si no la dejan”.

Fui el último de los detenidos en Tarará. Los guardias que sirvieron de posta recogieron y se llevaron a sus casas todas las cajas de comidas y compotas. Cuando me montaban en la patrulla 046 para traerme a La Habana, Pedro Chávez instructor del cuartel general de la inseguridad del estado en Villa Marista, me dijo: “estas a 20 km de La Habana, para que lo pongas en la noticia”.

Vi al final del pasillo una cámara con un trípode que filmaba. Comprendí que era una provocación más para grabarnos. Entregó mi móvil e identificación al copiloto del patrullero que me trajo hasta Zanja y Dragones. Cuando llegamos me los dieron. Me dijeron puedes irte. Ese día fuimos leales a Payá, al pueblo y a la libertad.

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Autor: Idolidia Darias

Periodista cubana radicada en Miami desde 2004. Estudió Lengua y Literatura en el Instituto Superior Pedagógico Félix Varela en Santa Clara, Villa Clara, Cuba. Autora del libro “Escambray, la historia que el totalitarismo trató de sepultar” y coautora de “Cuba: desplazados y pueblos cautivos”. Es autora del blog

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