Idolidia Darias/ Florida / USA / Cuba, Ucrania y el regreso de los imperios: la paradoja de un orden mundial de intereses
La novela de Armando de Armas El regreso de los imperios, publicada en julio de 2022 planteó una interrogante que trasciende la política exterior estadounidense y se adentra en las contradicciones del orden internacional: ¿por qué Washington considera prioritario intervenir en la defensa de Ucrania frente a Rusia, mientras Cuba, situada a escasas 90 millas de sus costas y gobernada desde 1959 por un régimen de orientación comunista, permanece fuera del alcance de una intervención directa estadounidense?
La pregunta no es meramente geográfica ni militar. Es, sobre todo, una invitación a examinar la relación entre los principios proclamados por las potencias, sus intereses estratégicos y las alianzas económicas e ideológicas que condicionan sus decisiones.

La geografía no explica por sí sola la política
En el planteamiento de De Armas, Cuba pertenece al espacio de seguridad inmediata de Estados Unidos, del mismo modo que Ucrania ocupa un lugar central en la percepción histórica y estratégica de Rusia. Desde esa perspectiva, la diferencia entre ambos escenarios resulta reveladora: lo que una potencia considera una amenaza en su entorno próximo puede ser presentado por otra como una cuestión de soberanía, autodeterminación o equilibrio internacional.
Sin embargo, la cercanía geográfica no se traduce automáticamente en el derecho a intervenir. La soberanía nacional, la prohibición del uso de la fuerza establecida por la Carta de las Naciones Unidas y las consecuencias humanas y estratégicas de una guerra constituyen factores esenciales para comprender por qué los Estados no actúan simplemente en función de sus mapas.
La comparación de Armando de Armas funciona, por tanto, como una provocación intelectual: obliga a preguntar hasta qué punto las decisiones de las grandes potencias responden a principios universales y hasta qué punto están determinadas por cálculos de poder.
¿Un enfrentamiento entre ideologías o una convergencia de intereses?
Uno de los elementos más incisivos del texto es la expresión «bancarias —liberal— comunistas». Con ella, De Armas cuestiona la imagen de un mundo dividido en bloques ideológicos absolutamente incompatibles y sugiere que, detrás de la confrontación pública entre capitalismo y comunismo, pueden existir intereses económicos, financieros y políticos que no coinciden necesariamente con los discursos oficiales.
Esta interpretación conduce a una cuestión fundamental: ¿es suficiente identificar a los actores por sus etiquetas ideológicas para comprender sus decisiones?
La historia ofrece ejemplos de cooperación entre adversarios ideológicos, alianzas circunstanciales y acuerdos económicos entre gobiernos que públicamente sostienen posiciones antagónicas. También demuestra que esas convergencias pueden responder a intereses temporales y no necesariamente a una estrategia común permanente.
Aplicada al caso cubano, la hipótesis invita a investigar las relaciones económicas, diplomáticas y políticas que han permitido la supervivencia del régimen, así como los intereses que han condicionado las distintas etapas de la política estadounidense hacia La Habana.
Pero para convertir esa sospecha en una conclusión histórica es necesario identificar actores, acuerdos, beneficios y decisiones concretas. La existencia de relaciones entre sectores financieros, empresarios y gobiernos de distintas orientaciones no demuestra, por sí sola, que exista una dirección coordinada de todos ellos.
La pregunta que deja abierta el escritor es más profunda: ¿puede la confrontación ideológica funcionar también como una narrativa que oculta determinadas coincidencias de intereses?
Ucrania como escenario de una disputa entre potencias
La referencia a Ucrania permite ampliar el análisis más allá de la relación bilateral entre Washington y La Habana.
Desde la invasión rusa a gran escala iniciada en febrero de 2022, Estados Unidos ha proporcionado asistencia militar, económica y humanitaria a Ucrania. Moscú, por su parte, ha presentado reiteradamente la expansión de la OTAN y la presencia occidental en su entorno como amenazas a su seguridad. Esa explicación rusa forma parte de su discurso estratégico, pero no elimina la responsabilidad de Rusia por haber invadido un Estado soberano.
Aquí aparece una distinción necesaria: comprender las percepciones geopolíticas de una potencia no equivale a reconocerle un derecho ilimitado sobre los países vecinos.
Si se acepta que Rusia puede reclamar una esfera de influencia sobre Ucrania por razones históricas y geográficas, habría que preguntarse si ese mismo razonamiento debería conceder a Estados Unidos una prerrogativa equivalente sobre Cuba. La respuesta tropieza con un problema jurídico y moral: la soberanía no puede depender de la proximidad de un país a una potencia mayor.
No obstante, la comparación sí permite examinar una contradicción recurrente en las relaciones internacionales: las grandes potencias suelen defender con firmeza los principios que favorecen sus posiciones y reinterpretarlos cuando entran en conflicto con sus propios intereses.
Cuba: entre la amenaza estratégica y la contención
La historia cubano-estadounidense demuestra que Washington no ha permanecido indiferente ante el sistema político instaurado en Cuba. La invasión de Bahía de Cochinos en 1961, la crisis de los misiles de octubre de 1962, el embargo económico y las sucesivas políticas de presión, negociación y aislamiento forman parte de una relación marcada por la confrontación.
La crisis de los misiles, en particular, evidenció hasta qué punto la presencia militar soviética en la isla podía desencadenar una confrontación internacional de consecuencias imprevisibles.
Por eso, la ausencia de una intervención militar estadounidense destinada a derrocar al régimen cubano no puede explicarse únicamente por una supuesta tolerancia ideológica. También intervienen el riesgo de una guerra regional, las posibles consecuencias migratorias y humanitarias, el costo político interno, las limitaciones jurídicas y las dificultades para anticipar qué sucedería después de una intervención.
La cuestión que plantea De Armas, sin embargo, conserva su fuerza como interrogante político: si Cuba representa un problema estratégico para Estados Unidos desde hace décadas, ¿por qué las distintas administraciones estadounidenses han optado por instrumentos de presión y negociación en lugar de una intervención militar directa?
Responder exige examinar los intereses y las restricciones de cada administración, en vez de atribuir una intención única y permanente a todo el sistema político estadounidense.
El regreso de los imperios y el control de la narrativa
La reflexión de Armando de Armas adquiere otra dimensión cuando se interpreta a través de la memoria histórica. Los imperios no se sostienen exclusivamente mediante ejércitos, fronteras o recursos económicos. También construyen relatos que justifican sus acciones, definen a sus adversarios y presentan sus propios intereses como si fueran equivalentes a los intereses generales de la humanidad.
En ese terreno, la propaganda no necesita inventar todos los hechos. Puede seleccionar unos, silenciar otros, establecer jerarquías de víctimas y convertir una intervención en una defensa de la libertad mientras describe la acción de un adversario como una agresión intolerable.
El problema no consiste en afirmar que todas las versiones son igualmente falsas o que todas las potencias actúan de idéntica manera. Consiste en someter cada relato al mismo examen crítico: qué hechos presenta, cuáles omite, qué intereses están en juego y qué pruebas respaldan sus conclusiones.
La crítica de De Armas a los «voceros de los amos» apunta precisamente a esa dependencia intelectual: la tendencia a repetir interpretaciones establecidas sin examinar las contradicciones que contienen.
Desde esa perspectiva, El regreso de los imperios puede leerse como una invitación a desconfiar de las explicaciones demasiado cómodas y a observar la política internacional más allá de la escenografía ideológica.
La paradoja cubana
El núcleo de esta reflexión no consiste en reclamar una intervención militar en Cuba como consecuencia automática de la política estadounidense en Ucrania. Consiste en preguntar por qué las potencias aplican criterios diferentes según el escenario, los adversarios y los intereses que consideran prioritarios.
Cuba y Ucrania no son casos idénticos. Sus historias, marcos jurídicos, circunstancias militares y relaciones internacionales presentan diferencias importantes. Pero ambas experiencias permiten examinar cómo las grandes potencias construyen sus esferas de influencia y cómo justifican sus actuaciones ante la opinión pública.
La pregunta incómoda permanece: ¿hasta qué punto el orden internacional está regido por principios universales y hasta qué punto por una distribución del poder en la que esos principios se aplican de manera selectiva?
Quizá esa sea la clave para aproximarse a la provocación de Armando de Armas. El regreso de los imperios no tendría que entenderse únicamente como el retorno de antiguas ambiciones territoriales, sino también como la persistencia de mecanismos de influencia, intereses económicos y narrativas políticas que sobreviven a los cambios de régimen y de discurso.
Porque, cuando las explicaciones oficiales no bastan para comprender las decisiones de las potencias, la tarea del investigador comienza precisamente donde termina la repetición de sus argumentos. Y en el caso cubano, esa tarea exige examinar no solo la confrontación visible entre Washington y La Habana, sino también las relaciones, los intereses y las contradicciones que han contribuido a configurar esa historia durante más de seis décadas.
—La desespiritualización y la tradición: Exploran la pérdida de los valores tradicionales y espirituales en la sociedad contemporánea, proponiendo una mirada alternativa para interpretar la historia y el presente más allá de las narrativas oficiales dominantes. La obra propone alejarse de los discursos historiográficos convencionales para entender «el espíritu del imperio» como una fuerza vigente y necesaria en la organización política del siglo XXI.—
