Por Idolidia Darias / Florida / USA
Cuando el testimonio se convierte en propaganda: las preguntas que nadie quiere hacer sobre Cuba

Hay historias que merecen ser escuchadas y otras que, además de ser escuchadas, necesitan ser interrogadas. No porque quien las cuenta carezca de derecho a hacerlo, sino porque ninguna experiencia individual puede convertirse automáticamente en la explicación de una realidad colectiva.
Las recientes declaraciones de un «preso político cubano» nombrado Luis Manuel Otero Alcántara han provocado polémica precisamente por eso. Su relato sobre las posibilidades de expresión artística que encontró durante sus años de encarcelamiento puede ser perfectamente legítimo como experiencia personal. Es posible que haya encontrado en el arte una forma de resistencia, de supervivencia o incluso de libertad interior frente al encierro. Pero existe otro lado de esa historia que rara vez aparece en escena.
Porque mientras algunos relatos encuentran micrófonos, cámaras, entrevistas y plataformas para ser difundidos, hay una realidad penitenciaria cubana mucho más difícil de romantizar: la represión, los abusos, las humillaciones, los castigos, el aislamiento, la precariedad, el hambre y la desnutrición. Una realidad que no comenzó ayer y que forma parte de una larga historia de presidio político en la isla.
Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿por qué tantos de quienes se presentan como defensores de la libertad de Cuba parecen interesados en escuchar determinadas historias, pero mucho menos interesados en formular las preguntas difíciles que esas mismas historias deberían provocar?
No se trata solamente del «preso». Se trata del ecosistema que se construye alrededor de determinados testimonios.
Durante décadas, artistas, políticos, periodistas, activistas, intelectuales y ciudadanos extranjeros que simpatizan con la causa cubana —o simplemente sienten curiosidad por la realidad de la isla— han convertido a determinadas figuras en interlocutores habituales. Difunden sus obras, reproducen sus declaraciones, promocionan sus exposiciones, entrevistas y proyectos y, en muchos casos, terminan funcionando como auténticos amplificadores de sus discursos.
Nada de eso sería cuestionable si existiera también una voluntad equivalente de preguntar.
Pero ¿qué ocurre cuando el entrevistador se convierte en admirador? ¿Qué sucede cuando el activista termina convertido en promotor? ¿Qué ocurre cuando el artista que habla sobre Cuba es presentado como autoridad moral sobre la isla y nadie se atreve a formularle una pregunta que pueda incomodarlo?
Ahí comienza el problema.
Porque una entrevista no debería ser un homenaje y el periodismo no debería convertirse en una oficina de relaciones públicas. Preguntar no significa atacar. Preguntar significa precisamente tomar en serio al entrevistado.
Si alguien habla de su experiencia en una prisión cubana, hay preguntas inevitables: ¿qué otros presos compartieron esas condiciones? ¿Cómo eran tratados quienes no gozaban de los mismos espacios de expresión? ¿Qué sucedía con quienes protestaban? ¿Existían represalias? ¿Cómo se distribuían los alimentos? ¿Qué papel tenían el hambre y la precariedad en el control penitenciario? ¿Qué ocurrió con aquellos que no tuvieron la posibilidad de convertir su experiencia carcelaria en una obra artística?
Y hay una pregunta todavía más importante: ¿por qué estaba preso?
Porque existe una tendencia cada vez más frecuente a hablar del preso y terminar olvidando la prisión; a hablar del artista y olvidar al régimen; a celebrar la obra y dejar en segundo plano las circunstancias políticas que llevaron a una persona a una celda.
El arte puede convertirse en una extraordinaria herramienta de resistencia. Pero también puede terminar siendo utilizado para construir una narrativa selectiva sobre una realidad política.
Y ahí es donde la memoria adquiere importancia.
Una dictadura no necesita necesariamente borrar todos los recuerdos. A veces basta con seleccionar cuáles merecen ser recordados y cuáles deben quedar fuera de la conversación.
Ese es uno de los mecanismos más sofisticados de la memoria selectiva: no negar completamente una realidad, sino sustituirla por una versión más cómoda de ella.
Así, la cárcel puede convertirse en escenario de creación artística. El preso puede aparecer como artista antes que como preso político. La represión puede desaparecer detrás de una historia de resiliencia. Y el sistema que encarceló al individuo termina prácticamente desapareciendo del relato.
Mientras tanto, las preguntas incómodas quedan fuera de cámara.
Esto resulta especialmente preocupante cuando quienes contribuyen a difundir esas narrativas conocen —o aseguran conocer— la realidad cubana. Porque no estamos hablando únicamente de periodistas. También hablamos de personas que durante años han denunciado la falta de libertades en Cuba, que han defendido a presos políticos y que aseguran combatir la propaganda oficial.
La contradicción resulta evidente. No se puede denunciar la propaganda de una dictadura mientras se reproduce acríticamente cualquier relato que encaje con la narrativa que queremos escuchar.
La diferencia entre propaganda y periodismo no está solamente en quién habla. Está también en las preguntas que se hacen después.
Un periodista puede entrevistar a un funcionario del régimen y preguntarle por los presos políticos. Puede entrevistar a un opositor y preguntarle por sus contradicciones. Puede entrevistar a un artista y preguntarle por su relación con el poder. Puede entrevistar a un antiguo preso y preguntarle por aquello que su relato deja fuera.
Eso no convierte al periodista en enemigo del entrevistado. Lo convierte en periodista.
Y quizá haya llegado el momento de preguntarnos por qué, en determinados sectores de la conversación pública sobre Cuba, existe una especie de alfombra roja para algunos testimonios.
¿Por qué determinados artistas son promocionados sin que se examine críticamente el significado político de sus declaraciones?
¿Por qué determinadas figuras reciben una cobertura extraordinaria mientras otras, igualmente vinculadas a la realidad cubana, permanecen prácticamente invisibles?
¿Por qué se celebran determinadas expresiones artísticas nacidas de la experiencia carcelaria sin preguntar por el sistema penitenciario que las hizo posibles?
¿Por qué algunas voces son presentadas como símbolos de libertad mientras otras, igualmente críticas con el régimen, no reciben la misma atención?
Son preguntas incómodas. Precisamente por eso son necesarias. Porque Cuba no puede convertirse en un escenario donde unos cuantos relatos cuidadosamente seleccionados sustituyan la complejidad de una tragedia nacional que dura décadas.
Hay presos políticos que encontraron en el arte una forma de sobrevivir. Hay otros que encontraron en la religión, la escritura, la solidaridad entre compañeros o simplemente en la voluntad de resistir una manera de mantenerse vivos. Y hay quienes salieron de las cárceles destruidos física y psicológicamente.
Todas esas historias forman parte de Cuba. No solamente las que resultan atractivas para una entrevista.
El verdadero desafío para quienes dicen defender la libertad cubana consiste precisamente en no convertirse en consumidores selectivos de la memoria. En no decidir de antemano qué testimonios son útiles y cuáles resultan incómodos. En no transformar a determinados artistas o activistas en celebridades intocables cuya narrativa no puede ser sometida al mismo escrutinio que se exige a cualquier otra persona con influencia pública.
Porque si algo necesita Cuba no es otra versión edulcorada de su historia. Necesita memoria. Y la memoria, cuando es verdaderamente libre, no pregunta qué relato resulta más conveniente. Pregunta qué ocurrió. Incluso cuando la respuesta incomoda a todos.