El arte de abandonar el panóptico castrista By Idolidia Darias.
Hay viajes que terminan cuando el avión aterriza. Otros apenas comienzan en ese instante.
Salir de Cuba no siempre significa abandonar el sistema que nos moldeó durante décadas. El exilio es un cambio de geografía; la verdadera ruptura es mental. Y esa suele tomar mucho más tiempo.
Para entenderlo, recurro a una imagen poco habitual: la matrioska rusa. Esas muñecas de madera que esconden una figura dentro de otra simbolizan la continuidad de la vida y la herencia entre generaciones. Sin embargo, vistas desde la experiencia cubana, evocan otra realidad: una prisión dentro de otra prisión.
Durante décadas, el castrismo construyó un sistema de control que descendía por capas. La gran prisión nacional contenía otras más pequeñas: la provincia, el municipio, el centro de trabajo, la escuela, el Comité de Defensa de la Revolución (CDR) y, finalmente, la propia casa. El espacio privado dejó de ser realmente privado porque el Estado encontró la manera de instalarse también allí.
No era solo un aparato de vigilancia. Era un modelo diseñado para que cada ciudadano terminara vigilándose a sí mismo.
Eso es, en esencia, el panóptico: un sistema donde no hace falta que el vigilante esté presente; basta con que el individuo crea que puede ser observado en cualquier momento. El resultado es una disciplina interiorizada. La censura deja de ser únicamente externa y se convierte en un mecanismo psicológico.
Por eso, abandonar Cuba no equivale necesariamente a abandonar el panóptico castrista.
Muchos cruzan el mar, otros llegan en avión y algunos atraviesan selvas y fronteras buscando libertad. Sin embargo, el equipaje más pesado no pasa por la aduana. Viaja en la memoria, en los reflejos aprendidos, en el miedo a hablar, en la necesidad de medir cada palabra y, sobre todo, en esa costumbre de desconfiar de todos.
Con frecuencia repito que comprender el presente exige estudiar el pasado. No basta con denunciar lo que ocurre hoy; también hay que entender cómo fue diseñado. Los mecanismos de control social no aparecieron de un día para otro. Fueron construidos pacientemente durante décadas hasta convertirse en parte de la normalidad para varias generaciones de cubanos.
Ese es, quizás, el triunfo más silencioso de cualquier sistema totalitario: lograr que sus víctimas reproduzcan espontáneamente los comportamientos que antes imponía mediante la coerción.
Romper ese ciclo requiere algo más que un cambio de residencia. Exige desaprender, cuestionarse y observar el mundo desde una perspectiva diferente. La disonancia cognitiva es real, y no todos consiguen salir del mismo bucle al mismo ritmo.
Al final, el exilio revela una verdad incómoda.
Hay quienes llegan a cualquier rincón del mundo llevando intacto el amor por Cuba. Y hay quienes, además de la patria, descubren que también cargan con el policía que el sistema logró instalar en su psiquis.
Ese, probablemente, sea el último muro que debe derribarse para conquistar una libertad plena.