Volví al Escambray

Las palabras de los hombres del Escambray  para no perder la memoria cubana

Contado por los cubanos a los que la Dictadura calificó de bandidos, traidores y contrarrevolucionarios solo por oponerse a un régimen que demostró ser criminal, nefasto y corrupto desde el primer día.  

Ramón siempre vivió loma arriba en Jibacoa, a unos 20 kilómetros de Manicaragua. Tenía una casa y una finca para el cultivo del café y frutos menores. Sabía donde quedaba cada cueva y vuelta del río. Aquel lugar era su vida, decía siempre que hablaba de cuando fue feliz allí.

Pero en 1959 los rebeldes llegaron al poder y poco tiempo después todo cambió para el hombre y su familia. En 1961 se lo llevaron preso, lo acusaban de contrarrevolucionario, pero nunca le presentaron una prueba ni un testigo que asegurara tal cosa. Todo fue “de palabra y dedo” como ocurrió en Cuba desde que los rebeldes llegaron a poder.

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Jibacoa (foto actual)

El hombre nunca estuvo de acuerdo con la llegada al poder del Ejército Rebelde y colaboró en todo lo que pudo con los que ya en 1960 andaban alzados por el Escambray y desde luego eso lo convirtió en un sospechoso que los milicianos debían neutralizar.

Cuenta que cuando estuvo en manos del G-2 vio cómo a su lado fusilaron otros tres hombres y aunque no supo los argumentos de los milicianos para matarlos no le quedaron dudas de que era porque había sospechas sobre ellos con que se iban a alzar o ayudaban a los demás a hacerlo.

Por aquellos años los milicianos cumpliendo órdenes de sus jefes solían montar a los detenidos en carros jaulas y llevarlos a cualquier lugar en las montañas para fusilarlos o armar un simulacro de fusilamiento con el propósito de dar escarmientos y aterrorizar a la población.

Los paraban en pequeños grupos uno al lado del otro y les disparaban para que los demás vieran aquello hasta tanto llegara el turno del siguiente.

Me contó Ramón que a él cuando estuvo detenido  lo llevaron hasta la cortina de la presa Hanabanilla, por Jibacoa, junto con otros tres hombres. Lo dejaron al final de la fila y vio cómo s  fusilaron a los demás. Cuando llegó su  turno detuvieron los fusilamientos y lo montaron en el carro jaula  para regresarlo  a donde estaba preso.

Nunca supo porqué no lo fusilaron.

De los que fusilaron ese día supo el nombre de dos: Melquíades y  Serafín Otero.  Del otro no obtuvo ninguna información. Ellos no tenían delitos ni habían cometido tan graves como para fusilarlos. Los tres parecían tener menos de 30 años.

Con pesar describió al tercer fusilado como “un muchachón joven, fuerte, buen mozo como de 18 año”.

Así pasó con muchos en aquella época, no le presentaban ni una prueba de nada pero los acusaban y lo mataban. Les decían traidores, alzados y luego las descargas de los verdugos les segaban la vida.

El trece de julio en La Ceiba, Escambray, veintiún guerrilleros fueron asesinados. Todos habían estado presos por más de dos años en el presidio de Isla de Pinos y trasladados a Las Villas para su ejecución.

Aldo Chaviano, sobreviviente, recuerda la masacre con dolor. Primero fusilaron a dos, el resto con las manos atadas fue situado frente a un farallón. Recuerda que tres camiones alumbraron en lugar y que el fuego de fusilería no se hizo esperar, sesgando la vida de diecinueve hombres.  Tomado de “1963: El año del cuero duro”, un artículo escrito por el expreso político cubano Pedro Corzo.

Fusilaban todo el tiempo

Ramón asegura que era un  escarmiento a los que se rebelaron y a las familias que les ayudaban. Casi siempre las ejecuciones las hacían por la noche.

“Una vez convocaron a una fiesta en Yagunal, más arriba de Jibacoa, en el Escambray y cuando todos estaban en una explanada esperando que empezara la música trajeron a 5 hombres y los fusilaron delante de todo el que estaba allí sin importar niños, ni mujeres”. Otra noche hicieron lo mismo en Cuatro Vientos, reunieron al poblado pero a ellos si le pidieron que se quedaran para que vieran un fusilamiento. Simplemente decían que eran alzados y que por eso se hacía la ‘justicia revolucionaria’, dijo Ramón.

Las descargas de los fusiles en las montañas se oían mucho más de noche y el miedo cundió la región.

Después de varios meses preso a Ramón le hicieron un juicio en la Audiencia de  Sta Clara. Su causa era la 50 de 1962  y lo sentenciaron a 10 años. ¿Por qué, por contrarrevolucionario”, dijeron mis verdugos. ¿Quién me acusó? –Nadie. ¿Qué pruebas presentó el abogado? – Ninguna.

La frase que dijo un negro que estaba en el juicio “lo condenamos por convicción” no la olvidó nunca.

Terminó el juicio, le dictaron sentencia y para los calabozos hasta que llegó la orden de traslado a la cárcel. Estuvo en varias prisiones: Sta Clara, Sagua,  Remedios y los Arabos y pasó mucho tiempo sin ver a  mi esposa e hijos porque cuando ella iba a visitarlo a una prisión ya lo habían cambiado para otra sin avisarle.

Estuvo 8 años en prisión. Regresó a su casa en las montañas pero la alegría le duró muy poco. Fue citado para presentarse en Manicaragua y los encargados de avisar no le supieron decir el motivo de la citación.

Hicieron una recogida de hombres en  todo el Escambray.

Muchos años después varios de los que fueron citados aquel día (15 de diciembre de 1971) contaron los detalles a los periodistas que intentaron rescatar la memoria cubana de esa etapa triste de la historia de Cuba.

Tanto a Ramón como a decenas de hombres les ordenaron subir a unos camiones. Iban custodiados por militares y luego de reunirlos en las afueras de Santa Clara. con los que trajeron de otras regiones   verificaron los nombres en una lista. Les dijeron que los iban a trasladar hacia otras provincias por que eran personas desafectas a la revolución. Los montaron en un tren que los llevó hacia lo desconocido en un viaje que duró unas 36 horas.

Eran más de mil nombres en la lista que tenían los militares y  los transportaron como animales peligrosos bajo régimen de vigilancia absoluta.

Las familias que dejaron en las casas no los  vieron regresar aquel día y tampoco tuvieron noticias hasta muchos días después de que los dejaran en los sitios más apartados de Pinar del Río.

Los ubicaron en barracones rodeados de alambradas donde dormían por la noche y salían a trabajar por el dia en las labores que les asignaron los encargados de aquella aberración jurídica y humana contra hombres inocentes.

Ninguno de esos hombre fue acusado, ni juzgado a pesar de que los llevaron allí en contra de sus voluntades. Los obligaron a vivir en cautiverio y les prohibieron autodenominarse presos.

Los jefes (una especie de carceleros) les decían que no eran presos y no los  dejaban salir de allí excepto si les daban permiso o “pase”.

Trabajaron en lo que se dispuso ya fuera en la agricultura,  en granjas agropecuarias y en la construcción de edificio de apartamentos. Años después  las familias de casi todos pudieron ir a vivir a los pueblos cautivos en las casas que ellos mismos construyeron por orden del gobierno.

A todas las familias que el gobierno llevó por la fuerza a Pinar del Rio les confiscó sus propiedades. Ramón se quedó sin la finca que tenía en JIbacoa y cuando su esposa e hijos fueron a unirse con el la casa pasó a manos del estado.

Siempre dijo que le dolió  más que lo obligaron a vivir en Pinar del Río que los 8 años de prisión injusta que cumplió, por eso después de 1990 trató de regresar a su terruño.

Sabía que a su finca no podía hacerlo pero al menos intentó vivir en Manicaragua, sin embargo  a las 72 horas de estar viviendo en una casa que consiguió  allí se le aparecieron unos personajes vestidos de civil pero que todos sabían eran de la Seguridad del Estado y le dijeron que tenía que virar a Pinar del Río.

Le montaron todo en un camión y otra vez para atrás. Estuvo unos días en el pueblo cautivo viviendo en la casa de un hijo y de pronto una mañana se levantó con la resolución de regresar.

“Dije que aunque fuera preso mil años  volvía al Escambray … y volví”.  

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Autor: Idolidia Darias

Es la frontera transparente donde no hay jerarquías ni distancias, solo la memoria de una nación a la que sigo atada por los lazos del arcoíris.

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