Archivo del Autor: Idolidia Darias

Acerca de Idolidia Darias

Periodista cubana radicada en Miami desde 2004. Estudió Lengua y Literatura en el Instituto Superior Pedagógico Félix Varela en Santa Clara, Villa Clara, Cuba. Autora del libro “Escambray, la historia que el totalitarismo trató de sepultar” y coautora de “Cuba: desplazados y pueblos cautivos”. Es autora del blog

La memoria mutilada

La  historia de la nación cubana ha sido mutilada  y sepultada por más de medio siglo. Desde 1959 hasta la actualidad el país ha estado gobernado por un régimen autoritario y despótico que obliga  a quien decida hablar de la historia del país en las últimas cinco décadas a tener en cuenta la llegada al poder de Fidel Castro y  el momento en que el propio hombre escudado en la  investidura de Comandante en Jefe proclamó el carácter socialista de la  revolución.

Esa proclamación fue la que puso a la nación en una disyuntiva: estar a favor de lo que  ordenara o dispusiera el Máximo Líder del país o declararse enemigo público de la Revolución.

No dejaron otra opción  y  la historia del país comenzó  a transitar  una senda donde orden y justicia perdieron el verdadero significado.  Las palabras censura, mutilación de  hechos,tergiversación de  acontecimientos, anulación de sucesos históricos reales y la superposición de otros evaluados y aprobados por los inquisidores del pensamiento,  cobraron especial distinción y marcaron los caminos de la conducta nacional a partir de la década del sesenta.

La generación que por los años sesenta apenas alcanzaba la adolescencia y los que nacieron a partir de que el ejército verdeolivo tomó el poder fuimos creciendo sin saber todas las verdades, nos contaron una historia mutilada, nos escondieron unos sucesos para imponernos otros.

Crecimos creyendo que lo injusto era justo  y que la moral puede usar antifaz. Aprendimos de inmediato que  decir lo que uno pensabas podía causar problemas si el interlocutor no lo aprobaba. Nunca nos dimos cuenta del momento exacto en que nos secuestraron el pensamiento, la herencia cultural y nos  impusieron Otra Historia, inexacta, mutilada, falseada.

Con esas dobleces que asumimos en muchas ocasiones como conducta adecuada hemos vivido por más de medio siglo. Y de vivir tanto tiempo en medio de la injusticia perdimos la noción de hasta donde el hombre es éticamente correcto y hasta donde llegan los bordes del deber ciudadano.

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La frontera une y separa, dibuja y diluye, amansa y encrespa.

La memoria de la nación no tiene  cuerpo real, es un  cúmulo indefinido, transparente  que habita en  los cubanos. En la de los que han tenido la razón pero no el poder   para   demostrar que cambiar  es más justo y lícito que seguir senderos equivocados  y  la del oponente que  se sabe triunfador porque trazó un camino de golpes, disparos, mordazas y calabozos. En la memoria de los que miraron una obra artística  arrasada por el mandato de hombres vestidos de verdeolivo. Del  músico o el escritor que decidió por el exilio,  el silencio o el ostracismo ante la doblez y la simulación.  En la psique del que oyó disparos  cuando fusilaban al que no quiso seguir al tirano. En el oído del que  escuchó  el golpe  del martillo que marcó la decisión fatal contra el inocente. En la pérdida de fe del que,  creyendo en Jesús abjuró de él para no ser excluido o encarcelado.

Los cubanos como pueblo, como nación estamos en la isla  y en el mundo entero divididos sólo por  una frontera transparente.  Frontera   que no marca días ni años, no  incluye cercas ni muros. No conoce de ayer ni de hoy. En ella están los que han creído que el verdeolivo  es bueno, necesario y se han sumado por más de cincuenta años  y los que han visto el traje militar como  señal   de lo nefasto. Los que tomaron el camino del exilio al principio, los que salieron después, los que enfrentaron en la isla   la muerte real o   la muerte en vida. Los que en ella  suenan y fabrican futuro.

Allá y aquí, ayer y ahora, estamos en este empeño donde no hay tiempo ni distancia, ni pasado ni presente  Solo una frontera transparente  que bordea una  isla repartida por todas partes, inmensa y diminuta, estática y cambiante  en la que permanecemos y de la que nunca nos podemos ir cuando el límite que marca la separación es  una línea etérea, límpida, libre de   jerarquías y confines reales.

Transparencia   que une  y separa, dibuja y diluye, amansa y encrespa.