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Memorias: Las gavetas de Tres Masíos

Por Alcides Martínez Calzadilla sobre el horror del Presidio Político Cubano

En los meses finales del año 1957, me incorporé a los esfuerzos por derrocar al gobierno de Fulgencio Batista. Al año siguiente ya me encontraba trabajando en las actividades de apoyo y suministros a las fuerzas  que se encontraban alzadas en el área.

Al triunfo de la revolución comencé a trabajar en el INRA. Tomó poco tiempo para darme cuenta que aquello no era lo que yo quería para mi país y me integré a la lucha revolucionaria democrática.

Militando en el Movimiento Demócrata Cristiano de Cuba, aun después del fracaso del 17 de Abril de 1961, continué trabajando en la creación de un pequeño foco guerrillero, pero en cuanto la tiranía lo detectó, lo aplastó. El territorio se convirtió en una Zona de «Operaciones Especiales» y se creó un verdadero infierno. El lugar se llama Arroyo Blanco; allá fueron llevados y torturados centenares de presos políticos.  Usaron profusamente los fusilamientos simulados; es decir colocar a los detenidos frente a un pelotón  con todo tipo de armas y disparar sólo a los que iban matar; los que quedaban vivos casi siempre salían con las ropas manchadas de los restos de las cabezas y sangre de los que asesinaban.Cuando esto terminó, habían  fusilado a 28 hombres y una mujer,  entre los fusilados se encontraba Carlos Campos Martínez quien cuando me detuvieron y fui  llevado a una prisión preventiva o de tránsito, la segunda noche, pasó frente a mi celda demacrado, con los dedos de la mano hinchados y ensangrentados, me los mostró y me susurró al paso: «La cosa ha sido muy dura, pero no tienes problema, no he dicho nada». Al día siguiente lo sacaron de nuevo y finalmente lo fusilaron.

A mí me llevaron para el «castillito», la sede del G-2 en Santiago de Cuba; el lugar había sido la residencia de alguna familia patricia santiaguera, creo que de los Bacardí, en fin, se convirtió en un eficiente centro de investigación, interrogatorios y tortura. Lleno de salones y habitaciones con paredes gruesas imitando a piedra, todo al estilo de una construcción medieval; en vez, de puertas habían sólidas rejas; allí me confrontaron, por separado, con Pedro L. Piedra y Walfredo Corral Socias, este último era el responsable de acción del MDC en Guantánamo. En ambos casos teníamos una idea de quienes éramos; habíamos sido alumnos del Colegio de La Salle de Guantánamo, en una etapa similar, de cuarto a sexto grado, pero no manteníamos amistad o contactos recientes. Me hicieron acusaciones muy graves, realizaron una pantomima de juicio y fui condenado a 10 años de prisión.

De la cárcel  de Boniato fui trasladado a Isla de Pinos, en el mes de agosto de 1962. Allí nos sorprendió la «Crisis de Octubre», estando aún en los «pabellones de castigo» y cuando terminó, fui llevado para la circular 3, posteriormente estuve en la circular 1 hasta que poco antes de empezar el Plan de Trabajo Forzado me trasladaron a la circular 4, y me asignaron a la Brigada 76 del tristemente célebre «Bloque 19». Más tarde fuimos ubicados en el Edificio # 5.

Cuando el Plan de Trabajo terminó, fui trasladado a la Cabaña donde vino el nuevo ataque del régimen carcelario con el plan «progresivo» y querer darnos el uniforme de presos comunes, esto hizo que nos quedarnos en calzoncillos y así nos repartieron por provincias. Fui a parar a Boniato, de donde nos llevaron para unas granjas que albergaban presos comunes; una de ellas situada en el área de Bayamo llamada Tres Masíos y la otra en la zona de Manzanillo con el nombre de San Ramón. En ambas granjas había unas celdas de castigo que se encontraban fuera del perímetro o cordón, para un preso esto último tiene un componente psicológico muy inquietante, es estar como fugado y expuesto a cualquier barbaridad represiva.

Tres Masíos, fue quizás, la peor. Era un edificio rectangular, con techo y paredes de concreto. Dentro habían seis «gavetas»; estos cubículos de pequeñas dimensiones estaban destinados a presionar o castigar a los presos, los hubo en varias prisiones, de diferentes tamaños y formas; verticales, horizontales, individuales y colectivos.

Las gavetas de Tres Masíos daban a un pasillo de tres pies de ancho y medían siete pies de fondo, otros siete pies de altura y el ancho no llegaba a dos pies, tenían una puerta enrejada, reforzada con una plancha de metal, que se abría al pasillo; el techo también estaba enrejado. En esa cámara de tortura introducían hasta cuatro o cinco presos.  Uno se acostaba de lado y los otros permanecían de pie con las piernas  abiertas a los costados del que yacía en el piso. En la pared del fondo había una pila de agua (sin agua) y debajo en el piso, a medio pie de la pared, un hueco que por supuesto nunca funcionó. Si tratábamos de orinar frente a las celdas, en el mejor de los casos, el hedor era insoportable; en el peor, se corría hacia dentro de la gaveta, donde siempre había un recluso acostado. Esto sucedió, en los primeros días, mientras nos quedaban algunos fluidos y sólidos por evacuar. Inimaginable. Lo más lejos que se podía tirar algo eran los tres pies al frente a la gaveta. La peste era insoportable y ni las manos limpias, En estas condiciones no era posible permanecer. Decidimos «plantar» hasta el final en una huelga de hambre. Nuestro objetivo era que nos llevaran a una cárcel de presos políticos.

La respuesta fue trasladarnos para la «caja de caudales» de San Ramón, esta celda era dos veces más ancha que las gavetas, con una plancha metálica con candado como puerta y el techo de concreto, tenía además la llave sin agua y el consabido agujero. Cabíamos los seis plantados sentados y acurrucados.

Las Gavetas de Tres Masíos

Pasados diez o doce días comenzaron a sacarnos amarrados a una de las garitas de observación, allí nos ataban a una cama de metal que tenían bajo la garita y los guardas nos abrían  la boca, forzando una cuchara y con las rodillas de otro guarda en el pecho y estómago, nos apretaban la nariz para obligarnos a respirar por la boca; al final de este «ejercicio» y después de habernos hecho tragar alguna cantidad de sopa o caldo, nos retornaban, a la caja. De regreso lo vomitábamos todo, con los días el hedor era  insoportable. En las condiciones en que estábamos, golpeados, sangrando por la boca, no podíamos tenernos de pie y nos manteníamos acurrucados en el piso, ya con mucho frío, a pesar de lo cerrado del edificio y de las bombillas enormes en el techo. Así fuimos, poco a poco, cayendo en un estado de delirio o algo por el estilo. Es decir desvanecidos, perdiendo la noción del tiempo.

De los 6 que estábamos juntos esta última etapa fueron sacando a los que se ponían más graves, primero sacaron a Enrique Vázquez, le siguió Pablo Peña, más adelante Rolando Nieves, y después los seguí yo; era el día 54 desde que comenzamos la huelga. Días más tarde sacaron a los dos que quedaban: Orlando Peña y Antonio María Rivero, estos hicieron 60 días de huelga.

A medida que salíamos nos daban seguridad de que iríamos a una prisión de presos políticos y nos trasladaban para el hospital de la cárcel de Boniato, donde, hasta cierto punto, superamos el estado de postración en que habíamos quedado.

Regresamos para La Cabaña  a finales de Julio de 1968; días después fuimos llevados al hospital del Castillo del Príncipe para curar secuelas de la huelga y finalmente nos trasladaron para la prisión de Guanajay donde nos dieron el uniforme de presos políticos. Comenzó entonces una larga etapa de recuperación física y mental. Tuve que aprender a caminar y pensar de nuevo. En realidad la pierna izquierda nunca me quedó bien.

Me soltaron de Guanajay el 20 de Diciembre del 1971 tras cumplir los 10 años de mi sanción. Tuve la suerte de salir rumbo a España al año siguiente, el 10 de octubre de 1972.

 

 

El trabajo forzado en Cuba

El nombre que la Dictadura puso al trabajo forzado en Cuba y las diversas formas que utilizó el totalitarismo para someter a los presos políticos cubanos fue expuesto en este texto por Roberto Jiménez, uno de los miles de hombres ( jóvenes la mayoría) que en la década del sesenta fueron confinados en la cárcel de Isla de Pinos conocida en aquella época como Presidio Modelo.

El plan de trabajo forzado impuesto a los presos políticos del Reclusorio Nacional de Isla de Pinos que no habían aceptado el llamado “Plan de Rehabilitación”, se desarrolló en los últimos años de ese penal (1964-1967). Puede afirmarse que el cierre del mismo se debió precisamente a la situación de creciente violencia creada por la implantación del propio plan y la generalizada y firme resistencia de los prisioneros al mismo, situación que gradualmente se había ido conociendo en el exterior y que se estaba escapando al control del régimen. Además, el principal objetivo del trabajo forzado, que era obligar a los presos a pasar al “Plan de Rehabilitación”, fracasó por completo, ya que durante ese período disminuyó dramáticamente el número de los que dieron ese paso.

Oficialmente nombrado con el eufemismo de “Plan Especial Camilo Cienfuegos”, aquella medida del gobierno castrista fue una genuina expresión del esquema totalitario de coacción y control que se imponía a toda la población de Cuba. En el caso del Presidio Político de Isla de Pinos, su implantación y mantenimiento durante años conformaron una etapa de represión máxima, durante la cual se sometió a los reclusos a un régimen de violencia extrema, masiva y sistemática, en que los golpes, los castigos personales y colectivos, las heridas, las mutilaciones, los desquiciamientos mentales y las muertes se convirtieron en rutina diaria; todo esto en medio de interminables jornadas de agotadores trabajos, en las peores condiciones de equipamiento y alimentación. Se impuso a la población penal una dinámica de tensión abrumadora que regía toda su vida cotidiana, dislocando el sistema de actividades que habían desarrollado los presos por su propia iniciativa para su superación espiritual, cultural y política. Sin embargo, esas actividades formativas pudieron recrearse en medio de aquel infierno, lo que contribuyó grandemente a mantener la integridad moral y el espíritu de resistencia.

Pudiéramos decir que todo comenzó cuando un día, a fines de 1963, sin previo aviso ni explicación, varios grupos de prisioneros -campesinos en su mayor parte sobrevivientes de los primeros años de las guerrillas del Escambray y sus colaboradores- fueron sacados de las circulares para ser trasladados con destino desconocido. Por un tiempo no se tuvo noticias de la suerte corrida por ellos. Poco a poco se fueron recibiendo informaciones fragmentadas por los diversos canales, a veces inauditos, con los que suelen contar los prisioneros. Así supimos que los habían llevado a campamentos fuertemente custodiados en la propia Isla de Pinos, para que trabajaran en el campo. Esto sería conocido por todo el presidio como “El Plan Morejón”, por el nombre del entonces jefe de la guarnición del penal, que estuvo al frente de aquel plan piloto de lo que ya estaban preparando para el penal completo. Las informaciones fueron haciéndose más completas hasta que, pasados ocho meses, los presos del “Plan Morejón” fueron traídos de regreso a las circulares.

En aquel experimento, inicialmente, la represión no fue intensa y se les proporcionó a los reclusos una serie de condiciones más favorables que las existentes en el penal, tratándose de manipular, además, su condición de campesinos, acostumbrados a rendir al máximo en las labores agrícolas, para obtener de ellos cierto grado de cooperación. Pero ellos respondieron rechazando las relativas “mejoras” que, según entendieron, viniendo de carceleros hasta entonces siempre hostiles, sólo podían estar encubriendo la intención de sobornarlos y distanciarlos de sus compañeros que habían quedado en las circulares. Tampoco aceptaron trabajar voluntariamente, y fue preciso que la guarnición se quitara la careta y los hiciera trabajar a la fuerza.

Cuando se extendió por el penal la noticia de todo lo sucedido y se supo que existían planes de implantar a toda la población penal un régimen de trabajo forzado, se manifestó un rechazo generalizado a esa intención del gobierno comunista, debatiéndose diversas posiciones, más y menos radicales, en cuanto a la forma de actuar cuando llegara el momento. Considérese que en toda la historia anterior de la República nunca los presos políticos habían sido obligados a trabajar para los respectivos gobiernos a los que se habían opuesto y no existía la disposición de hacerlo para el comunismo, aunque se sabía, por innumerables experiencias, que la falta total de consideraciones humanas del régimen aseguraba una represión sin límites.

Se trató de prever en lo posible las circunstancias en las que habría que resistir para determinar las tácticas y estrategias más adecuadas y viables, pero esto se hacía difícil por la diversidad de criterios y la poca información disponible. Los hechos irían configurando la magnitud del reto.

El comienzo

En junio de 1964 da inicio el plan de trabajo forzado para todo el penal. De los cambios de impresiones y debates entre los presos de todas las circulares se había ido perfilando una estrategia general que pudiera ser seguida por todos y que con el paso del tiempo y los acontecimientos se fue perfeccionando. Surgió el concepto de: “resistencia pacífica”, que se definió de manera que pusiera fuera de toda duda el carácter obligatorio del trabajo. Por primera vez en nuestra historia se planteaba y ponía en práctica tal concepto de lucha que, inspirado en los conocidos antecedentes de Mahatma Ghandi y Martin Luther King, era producto de un serio análisis de la realidad, tanto la impuesta por el régimen totalitario y sus claros objetivos de doblegar a toda costa el espíritu de lucha del presidio político, como la que se creó en el presidio por las diferentes posiciones asumidas por los prisioneros, que iban desde las más radicales y prácticamente suicidas, hasta las más moderadas.

Debe tenerse en cuenta que por entonces los presos estaban solos frente a toda la fuerza del Estado marxista, que ya había implantado un régimen de terror en Cuba, eliminando a sangre y fuego a casi toda la oposición y que actuaba con absoluta impunidad ante un mundo que, sólo con contadas excepciones, se mantenía indiferente ante los acontecimientos que tenían lugar en nuestra patria. Ante este cuadro complejo y difícil, los presos políticos cubanos de Isla de Pinos redefinieron y llevaron a cabo con responsabilidad, e ineludible sentido de realidad, la estrategia de una resistencia pacífica.

Desde el comienzo y durante toda esta etapa trágica del presidio político cubano, se destacó la intervención del Bloque de Organizaciones Revolucionarias ( B.O.R.), creado al efecto, que agrupaba a las principales organizaciones creadas en la clandestinidad para combatir al régimen desde posiciones nacidas en la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, pero nacionalistas y democráticas. El B.O.R., cuyos militantes constituían una parte mayoritaria y disciplinada de la población penal desempeñó un papel protagónico en el análisis y las definiciones que resultaron en la estrategia adoptada y también en la coordinación con los miembros no organizados y de otras tendencias políticas del presidio para la puesta en práctica y el mantenimiento de la misma.

Los primeros grupos de presos sacados a trabajar, estaban en el Edificio 6. Se resistieron, primero, a salir del mismo, haciendo necesario que los militares entraran a obligarlos, y desde ese momento cada paso y cada movimiento en el trabajo tuvo que ser forzado por la represión. Era sólo el principio, todavía se estaba experimentando de ambas partes.

Entre la población penal aún coexistían distintos criterios y aquellos primeros actos de violencia de la guarnición hicieron que un grupo de reclusos se negase a trabajar, estando dispuestos a enfrentar cualquier consecuencia. Estos presos fueron conducidos al pabellón de celdas de castigo, separado de las circulares y edificios donde se hacinaba a los prisioneros, que presenciaron, gritando violentamente desde las ventanas enrejadas, como los conducían a golpes y bayonetazos hacia aquella edificación y, después, cuando uno y otro día los sacaban para tratar de hacerlos realizar aunque sólo fueran pequeñas labores, como arrancar hierbas de los alrededores con las manos, pero ante sus reiteradas y firmes negativas, volvían a llover los golpes y bayonetazos, en medio de los gritos de protesta de los presos desde todas las ventanas del penal.

El objetivo de hacer trabajar ante todo el presidio a aquellos pocos hombres, fracasó rotundamente; sólo lograron que se enardecieran más los ánimos y se fortaleciera la decisión mayoritaria de resistir. Debemos mencionar en este momento el nombre de Alfredo Izaguirre Rivas -joven director de periódico nacional, cuya pena de muerte había sido conmutada momentos antes de ser ejecutado-, que jamás hizo un solo movimiento para obedecer aquellas órdenes de trabajar bajo los golpes a que fue sometido durante las interminables sesiones de castigo, y que mantuvo esa actitud, junto al también periodista Emilio A. Rivero, durante todo el tiempo que duró el plan de trabajos forzados de Isla de Pinos, por lo que permanecieron confinados en los pabellones de castigo hasta el final, junto a otros reclusos allí encerrados. Estos últimos eran presos que, también desde el inicio o en diferentes momentos a lo largo de la época del trabajo forzado, fueron adoptando la misma actitud de absoluta negativa al trabajo, siendo objeto de salvajes golpizas para terminar también aislados en las celdas de castigo.

Pabellones de Castigo

Los pabellones de castigo de Isla de Pinos, aún antes del plan de trabajos forzados, ya eran conocidos entre los reclusos por la brutalidad conque se trataba a los que tenían la desdicha de ser enviados a ellos, pero a partir del “Plan Camilo” el despiadado trato se llevó hasta límites increíbles. En los pabellones de castigo murieron varios reclusos. Recordamos entre ellos a Francisco Novales, “Paco Pico”, al que una bala disparada por el cabo Arcia Rojas le atravesó el corazón. Cuatro meses antes este mismo guardia había asesinado en pleno campo a Julio Tang. También en el pabellón fue dejado morir Roberto López Chávez en medio de una huelga de hambre.

A veces el castigo era más sofisticado, como cuando encerraban quince reclusos en una celda de tres metros por dos y no podían tirarse en el suelo a dormir porque no cabían acostados todos a la vez y tenían que turnarse para dormir; mientras un grupo dormía el otro se mantenía de pié, así noche tras noche, semana tras semana. Situaciones similares se presentaron en otras cárceles como la de Morón, Boniato, etc. Pero el récord de esto lo tienen las “gavetas”; estas celdas, aunque variaban en sus dimensiones, mantenían un patrón típico como instrumentos de tortura. Las situadas en la granja Tres Macíos cerca de Bayamo, medían cuarenta y cinco centímetros de ancho por ciento ochenta de largo por ciento sesenta de altura, y ahí obligaban a entrar hasta tres presos.

El trabajo

La misma intensidad de represión se aplicó a los bloques de trabajo que se constituyeron en todo el penal, en el que se hacinaban seis mil reclusos. Cada bloque agrupaba hasta doscientos hombres, divididos en cuatro o cinco brigadas, cada una comandada por un “cabo” armado de pistola soviética, bayoneta de Springfield o machete español de la marca “Gallito” o “Carpintero”, y por supuesto de toda la impunidad de un régimen totalitario que nunca tuvo que rendir cuentas al mundo.

Salíamos a trabajar antes de que despuntara el alba, a veces después de la incursión violenta de los guardias en las circulares y edificios para “apurarnos”, apenas terminando de consumir un poco de agua con azúcar caliente y un minúsculo pedazo de pan. En una de esas incursiones murió bayoneteado el primer mártir del trabajo forzado: Ernesto Díaz Madruga, en agosto de 1964. A manos de Porfirio García, el Jefe de Orden Interior.

Los reclusos eran conducidos al sitio de trabajo en camiones llenos hasta el tope, que en varias ocasiones se volcaron con el consiguiente saldo de víctimas, en esas circunstancias murió Jerónimo Sandía. Durante el recorrido eran escoltados por otro camión ocupado por los guardias que los custodiaban. Esos militares, armados con fusiles y una o dos ametralladoras calibre cincuenta, apoyadas en tierra, se convertían en el “cordón” que rodeaba a los presos una vez que llegaban al lugar de trabajo. Este cordón nunca no tuvo reparos para disparar a matar cada vez que los presos protestaron indignados por los abusos de que eran objeto.

Una vez en el lugar de trabajo ya fueran las canteras o los campos, se distribuían las brigadas, siempre dentro del perímetro controlado por el cordón, y empezaba la pesadilla. Esta situación se extendió por varios años en que la violencia dominaba todo. Se podría hablar también de las requisas, los castigos en “La Mojonera”, que era el lugar donde iban a parar las aguas de albañal de la localidad; el capítulo de un libro que ni Dante fue capaz de imaginar. Pudiéramos seguir relatando muchas otras barbaridades que podrían parecer exageradas a quienes no han tenido que vivirlas y pálidas a quienes las sufrimos en carne propia. Podríamos hablar de todos los que murieron en el presidio o después, por las lesiones sufridas, de los mutilados, de los que enloquecieron, o de los que jamás podrán recuperarse de todo aquello. Pero hasta aquí es suficiente para una mirada.

Todos los militares que participaron en la aplicación del plan de trabajo forzado de Isla de Pinos, fueron ascendidos y como era de esperar un buen número de ellos terminaron como delincuentes comunes por delitos que cometieron posteriormente; esto no es de extrañar, pues el que es capaz de cometer las atrocidades que se cometieron en Isla de Pinos, es capaz de cualquier cosa.

Quienes hayan tenido la oportunidad de escuchar el audio de las comunicaciones de los pilotos castristas con su base mientras masacraban a las avionetas de Hermanos al Rescate habrán oído las voces de los esbirros que nosotros escuchamos tantas veces en la Seguridad del Estado, en Isla de Pinos y en otras prisiones. Son las mismas voces que hoy siguen escuchando en Cuba los presos políticos.

¡Los esbirros son siempre los mismos!

Este artículo fue publicado por Martí Noticias en 2014.

Jóvenes de ayer y algunos de hoy

Dos generaciones que a la misma edad enfrentaron tareas diferentes.

Durante las últimas semanas he estado en contacto con decenas de presos políticos cubanos. Se reúnen en diversos foros para hacer resúmenes del año y del trabajo que han desplegado en los distintos frentes que integran desde que llegaron al exilio.

Todos lucharon en Cuba en diferentes grupos pero con el mismo propósito: la libertad y la democracia.  Todos fueron a la cárcel con condenas que transitaron desde seis y ocho años hasta 30 y algunos fueron condenados a muerte y luego le conmutaron la sanción.

La mayoría tenía 25 o menos años de edad. Incluso los hubo menores de 18 años.

Esa fue la juventud cubana de la década del sesenta. Valiente resuelta, heroica que vino a Miami pero no se olvidó de la isla, ni de las razones por las que enfrentaron la Dictadura.

Arriba Luis G Infante, Enrique Ruano, Jorge Gitiérrez, Amado Rodriguez, Ismale Hernandez y Francisco Talavera.  Abajo José A Albertino, Frnacisco Javeir Denis y Evelio Ancheta.

 

Le siguen Cary Roque, Pedro Corzo y Angel de Fana.

Todos tenían menos de 25 años cuando cayeron presos en Cuba por organizarse contra la Dictadura.

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También por estos días he estado observando con detenimiento las redes sociales de los compatriotas que residen en la isla. Nos muestran las imágenes de los jóvenes de este tiempo. Es cierto que muchos de ellos son incapaces de prestarse para dañar a los demás pero lamentable otros sí se dejan usar para hacer el trabajo sucio de “chivatear”, reprimir, “censurar y vigilar.

Estas fotos publicadas por Angel Moya son de los jóvenes que cada domingo vigilan la sede de las Damas de Blanco y luego se prestan para el arresto  de las activistas cuando salen a las calles.

1960: “Es sangre y lucha lo que viene”

Preso político cubano exiliado José Luis Fernández

Los juicios sumarios sin garantías legales, los fusilamientos y las persecuciones para imponer a toda costa el miedo y la obediencia de la población y las confiscaciones de la propiedad privada, -que buscaban la simpatía de los desposeídos-, fueron señales inequívocas para hacer algo que frenara el desastre que se avecinaba en el país.

Decidió alzarse en armas para luchar contra las barbaridades del régimen comunista en Cuba.

Vivía en San Diego, antigua provincia de Las Villas y tenía 20 años cuando decidió enfrentarse a lo que venía. Lo detuvieron, juzgaron y encarcelaron pero nunca se ha sentido arrepentido de la determinación que tomó.

Su familia era de origen pobre por tanto  nada le confiscaron pero como perosnas decentes y respetuosas de las leyes no  pudieron ignorar las intervenciones de los negocios, la persecusión a los que no estaban de acuerdo con la forma de gobernar de Fidel Castro y sus seguidores, ni los asesinatos  a los miembros de las Fuerzas Armadas del gobierno de la República de Cuba en tiempo de Batista, que estaban ocurriendo en todo el país.

Los del Ejército Rebelde estuvieron fusilando en la Sierra Maestra antes de tomar al poder y lo siguieron haciendo una vez que llegaron a La Habana.

En los primeros meses de 1959 se generalizó el terror en el país y  las personas se dieron cuenta que así se manifestaban los que abrazaban la doctrina comunista. Y por todas partes,   se comentaba que el camino que llevaba “la Revolución” no era el esperado.

Cientos de personas, entre ellos estudiantes universitarios y miembros del Ejército Rebelde  percibieron la traición en cada palabra y gesto de Fidel Castro y sus seguidores, comenzaron a conspirar.

Fernández junto a otros doce compatriotas de su localidad (entre ellos una mujer), participó en la preparación de un alzamiento en el Escambray pero lo arrestaron sin haber salido para las montañas.

De su padre heredó la convicción de que la lucha era el camino a para cambiar el sistema. Hoy pasa revista a la etapa de 1959-1960 cuando apostaban por un mundo democrático y recuerda la primera vez que en su familia vieron una bandera del 26 de julio y su padre le dijo: “Es sangre y lucha lo que viene”.

Por todas partes, -explicó-, la gente comentaba que el camino que llevaba la Revolución no era el esperado y por eso las personas comenzaron a determinarse en la lucha frontal.

“Nos dimos cuenta que así se manifestaban los que abrazaban la doctrina comunista”, dijo.

Más de medio siglo después, Fernández cuenta que nunca creyó en las palabras de Fidel Castro ni en sus promesas de que aquella “Revolución era para los humildes”.

Preparativos para el alzamiento y la detención

Cientos de personas, entre ellos estudiantes universitarios y miembros del Ejército Rebelde comenzaron a conspirar apenas percibieron la traición en cada palabra y gesto de Fidel Castro y sus seguidores.

Se acercaba el segundo semestre de 1960 y José Luis Fernández junto a otros doce compatriotas de su localidad (entre ellos una mujer), se prepararon para un alzamiento en la zona montañosa del Escambray.

Pero todos fueron detenidos en octubre de 1960, en medio de los preparativos para el alzamiento.

Acciones similares estaban ocurriendo en otras regiones del país.

En agosto decenas de cubanos muchos de ellos menores de 25 años  se habían alzado y otros desde la clandestinidad apoyaban con acciones de sabotajes en ciudades y propiedades que el gobierno había arrebatado a sus propietarios.

El 12 de octubre fusilaron en La Campana, cerca de Manicaragua a  Porfirio Remberto Ramírez Ruiz, “El Negro”, un joven capitán del ejército rebelde que fue fusilado cuando presidía la Federación de Estudiantes Universitario de Las Villas.  Sinesio Walsh Rios, campesino que antes había sido capitán del ejército rebelde, un dirigente sindical y maestro. El comandante del ejército rebelde, Plinio Prieto.Plinio Prieto.

Junto a ellos fusilaron tambien  a Ángel Rodríguez del Sol y José Palomino Colon.

En el caso de Fernandez y sus compatriotas sin llegar a las montañas, ni sostener un combate  conocieron en carne propia la forma de operar de un régimen comunista contra el que no se doblega o expresa una idea diferente.

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Hubo para el grupo completo una petición fiscal de 20 años que finalmente quedó en seis.

Semanas después el 16 de diciembre de 1960, lo trasladaron para el “Presidio Modelo de Isla de Pinos” de donde lo trasladado en 1963 para una cárcel en su provincia.

Al cierre del  1960 la confrontación contra el comunismo había alcanzado altos niveles  y el gobierno en su afán de sofocar a la oposición  había copado de presos políticos las horrendas circulares de la cárcel “Modelo” de Isla de Pinos”.

Ante el exceso de población penal  una de las medidas que tomó el régimen fue trasladar a un grupo hacia otras cárceles.

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José Luis y su esposa Zeida

Fernández, -cuya condena era menor respecto a sanciones de 20 y 30 años-, fue trasladado en 1963 para una cárcel en la entonces provincia de Las Villas.

El presidio político  además de los años tras las rejas,  los golpes y las humillaciones dejaba una marca a los hombres y su familia que los diferenciaba de los que nunca hicieron un gesto de desaprobación al sistema comunistta.

Tras la excarcelación regresó a casa pero siempre lo consideraron como el hombre que no estuvo de acuerdo con las ideas de la “revolución”.  Eran el “contrarrevolucionario” y su familia.

En 1980 partió al exilio. Se estableció en Miami  y no ha dejado de colaborar en todo los que cree necesario para la restauración de la Democracia en la isla.

Versión ampliada de una publicado de Martí Noticias con motivo de los “Cien años de Comunismo, experimento fallido”.

 

#DDHHCuba crímenes y violaciones

Cary Roque: “Yo culpo al estado castrista de la muerte de mi madre y del confinamiento de más de 5 mil mujeres”.

A propósito del 10 de diciembre dia de los #DDHH no voy a hacer un recuento de violaciones  de los Derechos Humanos ni  mencionar a los principales violadores.

Se trata de refrescar la memoria cubana y que sean las propias víctimas de esa nefasta dictadura las que ofrezcan sus testimonios.

Cary Roque  cayó presa 17 de abril de 1961 y el 22 de septiembre fue condenada en la causa 238 a 20 años de prision. Tenía 19 años de edad y pertenecía al Movimiento 30 de Noviembre y al Movimiento de Recuperacion Revolucionaria (MRR).

Estuvo en las horrendas cárceles 16 años y su tormento no quedó solo en ella. Su mamá comenzo a tener problemas emocionales y tomó la decisión de que vinieran salieran para los Estados Unidos.

“Yo no quería que mis padres siguieran sufriendo, pero el remedio fue peor, mi madre enloqueció”. “Mi madre murió loca en Estados Unidos”.

“Yo culpo al estado castrista de la muerte de mi madre y del confinamiento de más de 5 mil mujeres en condiciones infrahumanas crueles e inmisericordes que se haya visto jamás en América Latina”.

Ante la Comisión Internacional Fiscalizadora de Crímenes de Lesa Humanidad del Castrismo dio testimonio de lo que enfrentaron las mujeres cubanas en las cárceles.

 

 

 

El 10 de diciembre de 1948 se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  La Asamblea General de las Naciones Unidas  incluyó en el documento rector 30 artículos fundamentales que constituirían las garantías políticas, culturales, económicas, sociales y civiles como derechos de todas las personas al nacer.

Los hombres y mujeres que se instalaron en el poder en Cuba a partir de 1959 comenzaron a violar  todos los artículos desde el primer día.

Una foto histórica

Es una foto que recoge imágenes de la heroica lucha del campesinado cubano por impedir que la Dictadura implantara el comunismo en la isla.

Fue tomada en la primera reunión de los jefes de guerrillas del Frente del Escambray, celebrado en 1960.

En la extrema derecha, con sombrero negro, de pie, Tomasito San Gil, a su lado el legendario Congo Pacheco. En la misma fila, el cuarto desde la derecha es Osvaldo Ramírez y el próximo, quinto en la fila, a la derecha de Osvaldo, Evelio Duque Miyar.

En la segunda fila, arrodillado, segundo desde la izquierda, aparece Emilio Carretero. La anciana de pie a la derecha de Evelio Duque, es una moderna Mariana Grajales, la madre del alzado Tomás San Gil.

Delante el tercero arrodillado, de izquierda a derecha, Ignacio Zúniga uno de los 21 guerrilleros presos que fueron ametrallados en ManAcas Iznaga el 13 de julio de 1963.

Los primeros alzados se dirigieron a las montañas y llanos remotos a principios de 1960 y ya en septiembre, la guerra estaba en pleno desarrollo.

Enseguida las fuerzas del régimen calificaron a los rebeldes de “bandidos” y creó unidades antiguerrilleras élite dentro del ejército a los que llamó Batallones de Lucha Contra Bandidos (LCB).

Muchos datos de aquella etapa son celosamente guardados en los Archivos del Ministerio del Interior en Cuba a los que no todos tienen acceso.

Muchos historiadores y analistas de la época apelan a las cifras que ofreció  Norberto Fuentes en su libro Narcotráfico y Tareas Revolucionarias. El escritor cubano pudo acceder a esas fuentes antes de romper con el régimen y reveló que de los 3,995 guerrilleros anticastristas en el país, casi 3,000 murieron en combate y en ejecuciones después de su captura.

Se desconoce el número  de alzados capturados que fueron ejecutados bajo la Ley 988, aprobada a fines de 1961 para permitir que los pelotones de fusilamiento de Castro ejecutaran, sin juicio, a cualquier guerrillero acusado de matar civiles.

 

 

 

Zona PCR en Cuba

El alto mando del G-2 o Ministerio del Interior llama Zona PCR a los municipios enclavados en la antigua Región Escambray. La denominación de ese lugar nació a partir de 1960, una vez que Fidel Castro y la élite que le secundaba entendieron que allí se gestaba una insubordinación contra ese poder que los de verdeolivo, acababan de implantar.

Es un territorio donde conviven todos los cubanos que nacieron o se establecieron en el lugar. Hombres y mujeres, viejos y jóvenes, creyentes y no creyentes, blancos y negros, filósofos y labriegos, generales y doctores, lumpens y proletarios, campesinos y obreros.

En esa región se puede vivir como mismo se puede hacer en cualquier parte del país “pero muy bien vigilados”.

Geografía amplia donde se puede ser feliz, medianamente feliz, o de plano, infeliz “pero vigilados”.

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Hace más de cinco décadas el Escambray  carga  con la definición Zona PCR (Zona Potencial Contrarrevolucionario) porque fue uno de los escenarios donde la insubordinación de los cubanos contra la tiranía más vieja del continente americano, se extendio por casi un lustro.

El término Zona PCR en el Escambray no aparece en las tantas vallas situadas en las carreteras cubanas que llevan al visitante montaña arriba hasta los centros turísticos situados en Topes de Collantes; ni en las calles que los foráneos recorren al pasear por el casco histórico de la Villa Trinidad. Tampoco en las aguas de las playas del sur.

Solo lo usan los oficiales del G-2 -MININT  cuando citan a un residente del lugar, no importa si poeta, médico, profesor, estudiante o agricultor,  en la región para advertirle que está bajo vigilancia total porque la Sección 21 los considera contrarrevolucionario y en el Escambray no puede haber elementos  “Potencial Contra Revolucionario”.

No estoy al tanto de si en otras regiones de Cuba se usaron -usan esos términos con los opositores.