Cuba: 50 años atrás sin internet ni teléfonos celulares

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Una gran parte de los cubanos que enfrentaron la Dictadura en la década del sesenta eran menores de 33 años (la edad de Cristo Rey) y también una notable cantidad de ellos eran mujeres, incluyo las que conspiraron y ejecutaron acciones contra el régimen y las madres hermanas y esposas de los opositores, que no fueron al monte, ni realizaron acciones públicas pero se dedicaron a apoyar y colaborar con los hombres de la familia a riesgo de las detenciones y del acoso a los hijos menores.

Por aquellos años en ningún lugar del mundo el oprimido tenía las vías para dar a conocer su realidad con solo accionar un dispositivo electrónico, pero eso no quiere decir que las personas no se hayan opuesto, ni hayan enfrentado los sistemas opresores (insisto en no torcer camino ni a la izquierda ni a la derecha).

Pero hoy los tiempos son otros, como otros son los recursos que tienen los seres humanos para contar su realidad y abogar porque se haga justicia y se imponga la verdad.

Ahora que en todos los sitios digitales y en todos los teléfonos celulares  y leo o escucho sobre Venezuela donde la cifra de personas muertas en las protestas sigue subiendo no puedo dejar de apelar a la MEMORIA CUBANA. 18447266_415783778820477_455487243597654046_n

Y es que quiero dejar constancia de lo que me contaron mis cubanos sobre la época en que en laisla no había Internet, ni teléfonos celulares, ni videocámaras al alcance del más común de los humanos para graficar los hechos.

Recuerdo las palabras de Estrella Cuéllar cuando me contó cómo las huestes militares en la isla confinaron y allanaron su casa en varias ocasiones a pesar de que su esposo Osvaldo Ramírez llevaba meses  alzado en el Escambray contra los bandidos que  tomaron el poder. Cuenta que los milicianos solían llegar  a su casa en Sancti Spiritus a cualquier hora y sin decir qué buscaban o por qué del allanamiento  rompían almohadas, colchones, revolvían vitrinas, calderos, escaparates y se iban dejándolo todo así. Los4  hijos de Osvaldo y Estrella, menores de edad todos, fueron asediados en varias ocasiones por esos militares cuando salían para la escuela. . Les quitaban las maletas con sus libros para revisarlos hoja por hoja. Vigilaban la casa todo el tiempo. Los seguían a donde quiera que fueran. En todas partes los señalaban como los hijos del “bandido”.

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Mujeres del presidio histórico cubano

En la década del 60 siglo pasado no había forma de graficar esas acciones por eso nadie se enteraba. Los pocos vecinos que alcanzaban a ver aquello no abrían la boca para defender puesto que eso los señalaba  como cómplice de la familia blanco del terror policial.

Durante los años que Osvaldo Ramírez estuvo alzado ella lo pudo ver una sola vez porque burló la vigilancia permanente pero sus hijos nunca más lo vieron. Cuando fue abatido por los milicianos tampoco le permitieron hacer un funeral  y a la familia nunca le dijeron dónde fue sepultado.

Amparo la esposa de Plinio Prieto andaba huyendo por otra provincia con dos hijos menores de edad  para evitar represalias contra ellos porque su esposo se habían alzado en el Escambray  contra los bandoleros vestidos de verde olivo.

Desde que el se fue al monte no lo pudo ver  más. Supo que le hicieron un juicio sumario en Santa Clara el 12 de octubre de 1960  y lo fusilaron esa misma noche en el paredón de La Campana, Manicaragua, junto a otros 4 hombres que también habían decidido  luchar contra el régimen comunista que anunció Fidel Castro nada más llegó al poder .

Porfirio Ramírez fusilado junto a Plinio Prieto en La Campana apenas cumplia 23 años cuando lo llevaron al paredón. Su esposa Clarita y su hijito recién nacido no pudieron  despedirse de él.

Olguita la viuda de William Morgan (fusilado en Cuba) sufrió humillaciones cárcel y torturas por  conspirar contra la Dictadura y apoyar a su esposo.

La lista de fusilados en la isla es inmensa. A ninguno le dieron derecho a un abogado, ni a un juicio justo. Los sobrevivientes de aquella jornada negra recuerdan que las noticias de los que la Dictadura hacía con ellos le llegaba a la familia meses después.

No había teléfonos, nadie podía sacar fotos, ni tomar videos. La televisión y la prensa del régimen solo publicaba lo que creía conveniente y como no había redes sociales ni cámara fotográficas era difícil publicar y que en dos minutos los informes volaran por el mundo entero.

Los jóvenes y su tiempo

Cientos de cubanos que se enfrentaron al totalitarismo eran muy jóvenes, entre ellos hubo menores de edad y se desconoce la cifra exacta de los que la Dictadura Cubana ordenó fusilar o ir a la celdas tapiadas con apenas 18 años.

19030552_428917680840420_5198935724397123729_nLas historias de ellos se fueron conociendo mucho tiempo después y aún queda la asignatura pendiente de hacer que la conozcan con detalles todos los cubanos, no importan donde estén.

Para mí es importante recordar siempre que en Cuba sí hubo rebeldía y corrió mucha sangre. Lo escribo en mi blog. Lo publico en mis redes sociales. Le cuento a todo el mundo cada historia que ellos me cuentan  a mí y las llevo a la web para ponerlas a la misma altura de las que se publican en tiempo real ahora. 

Ese es el tributo mayor que puedo ofrecer a los que me contaron las  historias que ocurrieron cuando era una niña y a mi padre que siempre estuvo claro de lo que significó el comunismo y la llegada de los militares al poder en Cuba.

A veces escucho a la gente hacer comparaciones de la forma en que actúan los pueblos en este siglo y lo que ocurrió en Cuba y se habla de que este o aquel pueblo “no está hecho de la misma pasata”. y aunque no busco polemizar no me queda de otra que recordar las palabras de las víctimas y escribirlas para no perder la memoria, la memoria cubana.

(Fotos tomadas de la página de Facebook de Luis Infante, preso político cubano al que agradezco infinitamente su ayuda cada vez que acudo a él para luchar contra el olvido).  

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Volver al Escambray no fue fácil

Antes de 1959 José de Asís vivía en una finca de su  propiedad en el macizo montañoso de Mayaguara, entre Meyer y Condado, antigua región Escambray. Pertenecía a la Reserva Militar que tenía el ejército del país en aquel momento aunque nunca lo llamaron a filas.

carretera-a-topes-de-collantesNo tuvo simpatías ni vínculos con los que se alzaron contra Batista antes de 1959 y al principio del triunfo de la revolución tampoco se  unió a ningún grupo de los que   se alzaron contra Castro. Asegura que no quería saber nada de aquello ni para bien ni para mal, solo se interesaba trabajar y echar para adelante a su familia pero lo que le pasó en 1961 lo obligó a determinarse contra el régimen.

Cuando lo conocí en 2001 vivía en el campo muy cerca del municipio de Manicaragua en una casita precaria. Estaba casi ciego. Apenas veía figuras borrosas  frente a él.

“No  puedo ver tu rostro, solo veo tu silueta frente a mí pero me dijeron que eres de fiar y te quiero contar lo que enfrenté.

Cuenta José“En 1961 fui apresado y llevado a un calabozo en Condado, Trinidad, acusado de colaborar  con los alzados. Estuve allí 14 días en una celda y las condiciones eran torturantes, era muy bajita, no me podía parar pero cuando intentaba acostarme tampoco me podía estirar lo suficiente porque el espacio era reducido,  para colmo la luz encendida todo el tiempo y la puerta tapiada. Me decían que ellos me iban a demostrar que yo era colaborador y traían personas para que me identificaran y acusaran pero ninguna me identificó como tal, no hubo un testigo que dijera algo que me ibicara como sospechoso, por eso al final tuvieron que soltarme  pero los muy descarados y criminales esperaron a que fuera de noche y me bajaron de un carro en un lugar del que yo no tenía idea ni me pude orientar en medio de la oscuridad. Me senté debajo de un árbol y esperé el  amanecer.

Para intentar orientarme empecé a caminar por un camino pero tampoco sabía  hacia qué lugar de la zona me dirigía, luego de un rato encontré personas que me pudieron dar una idea y entonces me orienté.

Por esos abusos decidí colaborar con los alzados y escogí ayudar a  Leonel Martínez (ese alzado fue de los últimos que mataron. Era un hombre excelente y le ayudé todo lo que me fue posible y no me agarraron,  ni sospecharon de mí”.

Recuerda José que por aquellos años hubo casos de alzados que no tenían buena reputación, “pero eran pocos”.

”La gente comentaba de un tal Pata de Plancha (no recuerda su nombre) que acabó en esas lomas, hizo de todo”. Sin embargo Tomás San Gil era muy buena persona, respetable, decente, valiente  de buena estima por todos y de una familia íntegra. A él le decíamos Tomasito y sé que se metió en la  lucha por convicción pues tenía muy buena posición económica y no les iba mal ni a él ni a su familia así que pienso que luchó porque en Cuba no hubiera comunismo. Yo conocí de vista a  Cheíto León  pero no tuve amistad ni relación, no tengo criterios de él ni a favor ni en contra. Lo que sí oía de él en toda la zona de Trinidad es que era muy valiente y peleaba duro”.

Para José aquella etapa en el Escambray fue muy difícil y confusa, No se sabía quién era en realidad cada persona que se acercaba a otra. “Lo mismo caías en manos de alzados que de la milicia pues si ayudabas a  los alzados la milicia te apresaba pero si ayudabas a la milicia los alzados se celaban de ti, te creían chivato, informante y la situación se complicaba. También algunos campesinos se hacían pasar por colaboradores y si tú te unías a ellos para colaborar te delataban con la milicia y el G-2 como le llamaban cuando aquello a la  Seguridad del Estado. En aquellos montes nunca  se llegaba a saber qué camino era más confiable y seguro”.

En diciembre de 1971 José  fue citado junto con otros campesinos para Trinidad. Allí los rodearon muchos milicianos armados con carabinas y los obligaron a subir a camiones que se usaban para transportar vacas y que salieron con rumbo desconocido. Ninguno tenía noción de lo que estaba pasando ni por qué aquellas medidas de seguridad extrema. Todo el tiempo los militares que montaron en cada carro les apuntaban con las carabinas.  Al cabo de muchos kilómetros se dieron cuenta que iban para Santa Clara.

Ya en esa ciudad les dijeron todo tipo de ofensas, les insistieron en que nunca podrían regresar al Escambray pero jamás hubo una frase sobre el futuro inmediato de ellos.

Los pusieron en fila. A ambos lados estaban los combatientes armados y así sin poderse mirar unos a otros los hicieron subir al  tren y así los mantuvieron todo el viaje. “Eran muchos guardias y milicianos con unas armas que nunca  había visto, dijo José..

maxresdefaultEl tren emprendió viaje hacia el Occidente y un día después a José y a un grupo de campesinos que nunca había visto les ordenaron bajar en un lugar totalmente desconocido.

“Aquello era una prisión cercada, como un campo de concentración. Yo un día dije que preso no trabajaba  y un teniente me dijo que yo no era preso, entonces le respondí pues  me voy pa’ Trinidad y me dijo que ni se  me ocurriera porque de allí no podía salir”.

En el tiempo que estuvimos allí fuimos todos  muy rebeldes, teníamos discusiones con los guardias.

José recuerda que meses despues de estar allí se presentó algo inesperado para un grupo de ellos. Sedieron cuenta que los habían puesto en una circunstancia similar a la que viviían pero en otra región del país.

Recogieron a 25 hombres y los trasladaron para Miraflores que queda al norte de Morón en la antigua provincia de Camagüey. Era una zona donde sólo había mosquito y jejenes. No tenían rejas ni alambradas los barracones pero el mismo sistema de prisión se mantenía.

“Hubo algunos que se fugaron de allí pero los atraparon y metieron en celdas de castigo varios días, Cuando los devolvieron al albergue parecían otras personas, muy delgadas y con muestras de haber pasado algo muy terrible.

En Miraflores también tuvieron que trabajar haciendo los edificios de apartamentos en medio de aquellas zonas despobladas. Les decían que esas serían las casas de ellos y sus familias.

“En Trinidad no me quedó nada, la finca me la quitó el Gobierno Revolucionario, la casa se la dieron a unos orientales. Sacaron de allí y mi esposa que leugo se fue conmigo a Miraflores cuando terminamos de hacer las casas. Mis hijos  se quedaron  viviendo en Manicaragua.  “Mis padres y hermanos que vivían cerca de mí en las montañas murieron. Solo te cuento que yo no vi más a mi madre desde el 1971 en que me sacaron del Escambray hasta el día que ella murió, porque vivir en un lugar tan intrincado como Miraflores con todos los problemas de transporte que hay en Cuba era difícil. A veces nos daban un pase por tres días y  te demorabas tanto en llegar que ya era la fecha del regreso y entonces caías como ausente y te sancionaban. La única vez que vi a mi madre después que me sacaron del Escambray fue en su entierro. Cuando me avisaron de su gravedad partí para allá pero  no alcancé a verla con vida”.

Por eso volver nunca fue fácil pero algo logré

430072_478032562217062_576553469_nEn 1975 la dictadura en Cuba ordenó la división administrativa de tal forma que dejó de existir la Región Escambray y la dictadura anunció que ya se habían eliminado los focos insurgentes que denominaron “bandidos”.

El pretexto por el que supuestamente sacaron de allí a miles de campesinos -decían que para protegerlos de los alzados contra Castro- ya no estaba sin embargo ninguna de esas familias pudieron regresar a las fincas y caseríos donde vivieron.

Jose intentó regresar a su  antiguo terruño pero el lugar más cercano que encontró  fue en el municipio de Manicaragua en una ranchito que le ayudó a levantar un cerca del barrio de La Carranchola. Y allí se asentó en 2001.

En esa casita lo conocí y ya estaba casi ciego. Apenas veía figuras borrosas  frente a él.

“No  puedo ver tu rostro, me dijo, pero te quiero contar lo que enfrenté y por lo que  le cogí todo el odio del mundo al sistema comunista desde los primeros años cuando  fusilaron al esposo de mi hermana que se llamaba José R. Tápanes. “Lo que hicieron con  mi cuñado fue un crimen, yo diría que renombrado. Lo acusaron de algo que él no hizo, mi cuñado lo negaba e insistía en que era inocente, pedía que buscaran pruebas que lo inculparon y no aparecían las pruebas, sin embargo un oficial  al que le decían ‘El Magnífico’ y que recuerdo que el  apellido era Milanés, lo mandó a fusilar. Un mes después se cogió preso al hombre que había cometido el delito del cual acusaban a Tápanes y lo confesó todo, entonces en el juicio dijeron: -Pues liberen a José Tápanes  que es inocente. Alguien dijo: -No, a él lo fusilaron hace un mes. Después supe que la sanción o  castigo que aplicaron al  ‘Magnífico’ fue un ascenso”.

“Hace unos meses fusilaron en la Habana a tres jóvenes porque se llevaban una lancha y querían irse para Estados Unidos, eso fue por gusto. Cuando aquello también fusilaban por gusto. Hay mucha sangre en el ambiente. Cuba es un charco de sangre inocente. A mí a veces me dicen que no hable, que me  mantenga en apariencia tranquilo, yo no puedo, no admito que me manden a callar. Aquí el año pasado cuando la firma esa que inventaron para contrarrestar el Proyecto Varela me hervía la sangre en el cuerpo viendo a esa gente bajo agua ir a firmar y a desfilar. Una mujer vino aquí a preguntar  por qué yo no iba a firmar ese papel y mi hijo le contestó: Mi padre está lúcido y tiene razones para decir y hacer, ve y pregúntale, habla con él. Cuando la muchacha vino le dejé bien claro es que yo no le firmo papeles al comunismo”.

“Mis hijos han sufrido toda mi historia, a uno de ellos que consiguió trabajo en Planificación Física en Manicaragua lo sacaron cuando se enteraron que yo era ‘gusano’ y me habían llevado a los pueblos cautivos. Otro de mis hijos sufrió un trauma muy grande cuando vio que a mí me llevaban preso para Pinar del Río y nunca se repuso de aquello, lo atormentó siempre la visión que tuvo de aquellos carabineros apuntandonos  y amenazandonos y se volvió obsesivo con esa idea, yo sé que su razón se afectó mucho hasta que un día se suicidó, luego murió mi esposa en parte la mató la tristeza y el dolor”. 

Volví al Escambray

Las palabras de los hombres del Escambray  para no perder la memoria cubana

Contado por los cubanos a los que la Dictadura calificó de bandidos, traidores y contrarrevolucionarios solo por oponerse a un régimen que demostró ser criminal, nefasto y corrupto desde el primer día.  

Ramón siempre vivió loma arriba en Jibacoa, a unos 20 kilómetros de Manicaragua. Tenía una casa y una finca para el cultivo del café y frutos menores. Sabía donde quedaba cada cueva y vuelta del río. Aquel lugar era su vida, decía siempre que hablaba de cuando fue feliz allí.

Pero en 1959 los rebeldes llegaron al poder y poco tiempo después todo cambió para el hombre y su familia. En 1961 se lo llevaron preso, lo acusaban de contrarrevolucionario, pero nunca le presentaron una prueba ni un testigo que asegurara tal cosa. Todo fue “de palabra y dedo” como ocurrió en Cuba desde que los rebeldes llegaron a poder.

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Jibacoa (foto actual)

El hombre nunca estuvo de acuerdo con la llegada al poder del Ejército Rebelde y colaboró en todo lo que pudo con los que ya en 1960 andaban alzados por el Escambray y desde luego eso lo convirtió en un sospechoso que los milicianos debían neutralizar.

Cuenta que cuando estuvo en manos del G-2 vio cómo a su lado fusilaron otros tres hombres y aunque no supo los argumentos de los milicianos para matarlos no le quedaron dudas de que era porque había sospechas sobre ellos con que se iban a alzar o ayudaban a los demás a hacerlo.

Por aquellos años los milicianos cumpliendo órdenes de sus jefes solían montar a los detenidos en carros jaulas y llevarlos a cualquier lugar en las montañas para fusilarlos o armar un simulacro de fusilamiento con el propósito de dar escarmientos y aterrorizar a la población.

Los paraban en pequeños grupos uno al lado del otro y les disparaban para que los demás vieran aquello hasta tanto llegara el turno del siguiente.

Me contó Ramón que a él cuando estuvo detenido  lo llevaron hasta la cortina de la presa Hanabanilla, por Jibacoa, junto con otros tres hombres. Lo dejaron al final de la fila y vio cómo s  fusilaron a los demás. Cuando llegó su  turno detuvieron los fusilamientos y lo montaron en el carro jaula  para regresarlo  a donde estaba preso.

Nunca supo porqué no lo fusilaron.

De los que fusilaron ese día supo el nombre de dos: Melquíades y  Serafín Otero.  Del otro no obtuvo ninguna información. Ellos no tenían delitos ni habían cometido tan graves como para fusilarlos. Los tres parecían tener menos de 30 años.

Con pesar describió al tercer fusilado como “un muchachón joven, fuerte, buen mozo como de 18 año”.

Así pasó con muchos en aquella época, no le presentaban ni una prueba de nada pero los acusaban y lo mataban. Les decían traidores, alzados y luego las descargas de los verdugos les segaban la vida.

El trece de julio en La Ceiba, Escambray, veintiún guerrilleros fueron asesinados. Todos habían estado presos por más de dos años en el presidio de Isla de Pinos y trasladados a Las Villas para su ejecución.

Aldo Chaviano, sobreviviente, recuerda la masacre con dolor. Primero fusilaron a dos, el resto con las manos atadas fue situado frente a un farallón. Recuerda que tres camiones alumbraron en lugar y que el fuego de fusilería no se hizo esperar, sesgando la vida de diecinueve hombres.  Tomado de “1963: El año del cuero duro”, un artículo escrito por el expreso político cubano Pedro Corzo.

Fusilaban todo el tiempo

Ramón asegura que era un  escarmiento a los que se rebelaron y a las familias que les ayudaban. Casi siempre las ejecuciones las hacían por la noche.

“Una vez convocaron a una fiesta en Yagunal, más arriba de Jibacoa, en el Escambray y cuando todos estaban en una explanada esperando que empezara la música trajeron a 5 hombres y los fusilaron delante de todo el que estaba allí sin importar niños, ni mujeres”. Otra noche hicieron lo mismo en Cuatro Vientos, reunieron al poblado pero a ellos si le pidieron que se quedaran para que vieran un fusilamiento. Simplemente decían que eran alzados y que por eso se hacía la ‘justicia revolucionaria’, dijo Ramón.

Las descargas de los fusiles en las montañas se oían mucho más de noche y el miedo cundió la región.

Después de varios meses preso a Ramón le hicieron un juicio en la Audiencia de  Sta Clara. Su causa era la 50 de 1962  y lo sentenciaron a 10 años. ¿Por qué, por contrarrevolucionario”, dijeron mis verdugos. ¿Quién me acusó? –Nadie. ¿Qué pruebas presentó el abogado? – Ninguna.

La frase que dijo un negro que estaba en el juicio “lo condenamos por convicción” no la olvidó nunca.

Terminó el juicio, le dictaron sentencia y para los calabozos hasta que llegó la orden de traslado a la cárcel. Estuvo en varias prisiones: Sta Clara, Sagua,  Remedios y los Arabos y pasó mucho tiempo sin ver a  mi esposa e hijos porque cuando ella iba a visitarlo a una prisión ya lo habían cambiado para otra sin avisarle.

Estuvo 8 años en prisión. Regresó a su casa en las montañas pero la alegría le duró muy poco. Fue citado para presentarse en Manicaragua y los encargados de avisar no le supieron decir el motivo de la citación.

Hicieron una recogida de hombres en  todo el Escambray.

Muchos años después varios de los que fueron citados aquel día (15 de diciembre de 1971) contaron los detalles a los periodistas que intentaron rescatar la memoria cubana de esa etapa triste de la historia de Cuba.

Tanto a Ramón como a decenas de hombres les ordenaron subir a unos camiones. Iban custodiados por militares y luego de reunirlos en las afueras de Santa Clara. con los que trajeron de otras regiones   verificaron los nombres en una lista. Les dijeron que los iban a trasladar hacia otras provincias por que eran personas desafectas a la revolución. Los montaron en un tren que los llevó hacia lo desconocido en un viaje que duró unas 36 horas.

Eran más de mil nombres en la lista que tenían los militares y  los transportaron como animales peligrosos bajo régimen de vigilancia absoluta.

Las familias que dejaron en las casas no los  vieron regresar aquel día y tampoco tuvieron noticias hasta muchos días después de que los dejaran en los sitios más apartados de Pinar del Río.

Los ubicaron en barracones rodeados de alambradas donde dormían por la noche y salían a trabajar por el dia en las labores que les asignaron los encargados de aquella aberración jurídica y humana contra hombres inocentes.

Ninguno de esos hombre fue acusado, ni juzgado a pesar de que los llevaron allí en contra de sus voluntades. Los obligaron a vivir en cautiverio y les prohibieron autodenominarse presos.

Los jefes (una especie de carceleros) les decían que no eran presos y no los  dejaban salir de allí excepto si les daban permiso o “pase”.

Trabajaron en lo que se dispuso ya fuera en la agricultura,  en granjas agropecuarias y en la construcción de edificio de apartamentos. Años después  las familias de casi todos pudieron ir a vivir a los pueblos cautivos en las casas que ellos mismos construyeron por orden del gobierno.

A todas las familias que el gobierno llevó por la fuerza a Pinar del Rio les confiscó sus propiedades. Ramón se quedó sin la finca que tenía en JIbacoa y cuando su esposa e hijos fueron a unirse con el la casa pasó a manos del estado.

Siempre dijo que le dolió  más que lo obligaron a vivir en Pinar del Río que los 8 años de prisión injusta que cumplió, por eso después de 1990 trató de regresar a su terruño.

Sabía que a su finca no podía hacerlo pero al menos intentó vivir en Manicaragua, sin embargo  a las 72 horas de estar viviendo en una casa que consiguió  allí se le aparecieron unos personajes vestidos de civil pero que todos sabían eran de la Seguridad del Estado y le dijeron que tenía que virar a Pinar del Río.

Le montaron todo en un camión y otra vez para atrás. Estuvo unos días en el pueblo cautivo viviendo en la casa de un hijo y de pronto una mañana se levantó con la resolución de regresar.

“Dije que aunque fuera preso mil años  volvía al Escambray … y volví”.