El Presidio Político de Isla de Pinos: Un libro imprescindible para entender a los presos plantados de Cuba

La lectura de El Presidio Político de Isla de Pinos de Ramiro Gómez Barrueco (Manino) es imprescindible para entender por qué a pesar de los años de prisión, de torturas y de abusos del castrismo los presos políticos plantados conservan el amor por Cuba y el deseo de ver libre el país donde nacieron.

El Presidio Político de Isla de Pinos sale a la luz meses después de que Barack Obama lanzara en su precario español el jQue bolá! como frase madre de todas las conciliaciones y le pasara por encima al rastro de sangre y dolor que han dejado los hermanos Castro y su séquito de adoradores en la isla, para anunciar lo del restablecimiento de relaciones entre la Dictadura y su gobierno.

No sé si el ex presidente Obama, ni sus asesores en el tema Cuba (insisto en destacar el nombre de Ben Rhodes), ni los que se sumaron en esos años de conversaciones y mediaciones secretas para que se hiciera el “milagro”, conocen bien una parte de la Historia de Cuba que la Dictadura ha intentado sepultar.

Pero si sé con exactitud que mi generación (la que nació a finales de la década de 1950 y la que fue llegando después) no conoce la verdad de lo que hizo el castrocomunismo para llegar a donde está.

Por eso, para ambos grupos, sugiero la lectura del libro de Manino, para que profundicen en el conocimiento de los hombres que enfrentaron al Aparato Represivo y que hicieron la historia del presidio político plantado y para que entiendan del valor e hidalguía que anida en ellos.

De cuando los del 26 de julio hacían acciones violentas pero no se usaba la palabra terrorismo

Cada año la Dictadura Cubana en sus medios de prensa recuerda las acciones que los integrantes del M-26-Julio realizaron para derrocar a Fulgencio Batista y alaba los métodos empleados para enfrentar a las fuerzas del orden en el país.

En aquella época en que los del 26 de julio hacían acciones  no se usaba la  palabra terrorista  los textos publicados por el régimen castrista justifican las acciones violentas con el hecho de que era necesario derrocar el sistema.

Según la visión de los vencedores  ajusticiar a tiros, hacer explotar una bomba en un lugar público, y  volar un puente era  imprescindible para derrocar al régimen.

Fueron acciones que aún alaban y defienden los comandantes históricos que siguen en el poder y los que ya murieron.

Les comparto un texto que encontré en Cubanos por el Mundo sobre una de las “lindezas” que hacían en esa época los del 26 de julio cuando la palabra terrorismo era justificada por sus protagonitas.

La historia de Urselia Díaz Báez y su bomba que provocó su muerte

Aunque Urselia Díaz Báez solamente tenía dieciocho años de edad al momento de morir, ya había realizado varios actos terroristas en lugares públicos de La Habana, donde asistía un gran número de personas inocentes, como se muestra en el libro: “Tras las huellas de los héroes,” escrito por la investigadora Nidia Sarabia y publicado en 1980 por la editorial Gente Nueva. En sus páginas se puede leer:

tarja-urselia-diaz1“Cierto día se le dio la encomienda de realizar una misión peligrosa: tenía que hacer explotar una bomba en el edificio Bacardí. Mientras, otra compañera realizaría una acción similar en el edificio de la Manzana de Gómez

Un miembro de su célula fue detenido. Los padres de Urselia, temerosos de ser delatados, consiguieron que su hija se trasladara a la casa de un familiar, pero ella accedió con tal de llevar a cabo una misión que se le había encomendado. Se trataba de realizar un sabotaje en un bar situado en las calles Ángeles y Estrella, a pocos metros de la casa de su tía, donde se escondía. Urselia llevó a cabo el mismo y se mezcló entre el público y la policía para observar el resultado de su operación.

Otro día realizó semejante operación en el Ten Cent de la calle Obispo”.

Una tarja colocada en el cine-teatro América, ubicado en la calle Galiano, Centro Habana, recuerda que el 3 de septiembre de 1957 murió destrozada la terrorista Urselia Díaz Báez -estudiante del Instituto de La Habana e integrante de los grupos de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio-, cuando le explotó la bomba que iba a poner en el cine.