Buscando el Escambray que dejaron mis padres

Verena salió del aeropuerto de Santa Clara y un vaho tibio con olor a asfaltil derretido le golpeó el rostro cubierto por la crema  que se había esparcido en las mejillas para evitar el azote del rubio insular. Iba al Escambray a buscar lo que sentía latir en el corazón de sus padres y  se adelantó resuelta hasta un grupo de personas  que estaban aplaudiendo y gritando vivas a los recién llegados para enfrentar lo que se presentara.

De ellos un joven con la piel negra y brillante del sudor fue el primero que se le abalanzó para abrazarla y darle un beso.  De momento no supo qué hacer ante un “moreno cubano” a quien no conocía y  que le expresaba simpatía, pero permitió el abrazo porque sintió miedo a que la tildaran de racista o a que el gesto llamara la atención de algunos mirones.

Amigos en Estados Unidos le habían advertido que los del  cuerpo secreto de la inteligencia siempre merodean los aeropuertos y se mantenían atentos a cualquier gesto de los visitantes para “darle seguimiento”.

Cuando le entraba el miedo sentía un frío muy grande que le bajaba desde la nuca hasta el huesito de la alegría. Fueron sus padres Josefina y Ramón quienes le aseguraron que cuando se siente algo así  no se puede hacer nada más que respirar profundo.

“El miedo paraliza”, le decía la mamá a menudo, cuando le contaba sobre los años que vivió en el Escambray.

img-20160316-wa0013Estaban de moda los viajes a la isla después de décadas de hostilidades entre los gobiernos de EE.UU y Cuba y Verena sabía que la gente hacía recibimientos efusivos a todo el que oliera a “yuma”.

Decidió pasar el trecho de la llegada sin llamar la atención. Quería ir a los lugares de los que tantas veces les habló su mamá Josefina y su papá Ramón.

Ambos dejaron Cuba en 1961 con ella tan pequeña que nunca consiguió registrar en su memoria ningún recuerdo. Casi todo lo que supo  de la isla y su gente lo escuchó de su mamá allá en New York muy cerca de las aguas del río Hudson, mientras esperaban que el papá terminara de trabajar en la factoría para irse juntos en el bus al apartamento.

La mamá le contaba de sus orígenes y Verena aprendió  a sentir el país donde nació desde el relato de ella, por eso cuando fue adulta y tomó el apellido del marido decidió ir a recorrer los trillos de la finca La Bermeja por donde una vez caminó Josefina, con ella en brazos  y  los sabuesos pisándoles los talones para arrestarla.

“Ramón estaba escondido en la casa de unos amigos de entera confianza en La Habana. Fue para allí porque le avisaron que lo iban a detener y llevar preso para Condado en Trinidad con los demás campesinos de la zona. Me avisó que cogiera un carro de alquiler para reunirme con él y que llevara nuestros papeles y pasaporte”.

“Yo no podía levantar sospechas porque la finca estaba vigilada todo el tiempo por los milicianos para agarrarnos en algún percance y acusarnos de ayudar a los alzados por eso esperé al amanecer del día fijado para irme. A esa hora  los milicianos se reunían en una arboleda que estaba a unos trescientos pasos de la casa para tomar el café que le llevaba mi suegra en un aparente gesto de buena voluntad pero que solo buscaba entretenerlos y escuchar sus comentarios”.

“Salí contigo envuelta en un pañal que he conservado hasta estos días. Caminé rápido por un trillo al costado de la casa, crucé el puentecito y  fui directo a la  carretera por donde circulaban algunos carros hasta Fomento”.  

“Tenía el presentimiento de  que me estaban siguiendo pero no tuve el valor de pararme, ni de mirar  atrás. Me di valor pensando que los sabuesos me relacionaban con alguna guajira de la zona que iba a un turno del médico y por eso no se apuraron mucho en seguirme.

“No sospecharon que era yo, si no me hubieran alcanzado”.

“Llegué a la carretera donde me esperaba El Chino Carrascoso en su máquina   para transportarme. El día antes mi suegra les mandó aviso de que me ayudara”.

“En aquellos tiempos era frecuente escuchar que se llevaban presos a hombres y mujeres por colaborar con los alzados y en otros casos para evitar que se alzaran. El Chino corría un riesgo enorme al ayudarme porque lo podían ver como colaborador, pero era  buen amigo de mi esposo y de la familia y un anticomunista de convicción”.

“Pasamos sin contratiempos por Güinía de Miranda, Manicaragua, Santa Clara y luego todos esos pueblecitos de la carretera central hasta La Habana. Teníamos casi la misma edad  y  dos jóvenes con un bebé en brazos no llamaron la atención. Tal vez por eso nos dejaron seguir y digo tal vez porque en aquellos tiempos nunca se sabía de dónde saltaba el chivato o el revolucionario colaborador”.

“El Chino manejaba y hablaba todo el tiempo. Hacía cuentos de las veces que Ramón y él fueron juntos a los bailes de Güinía y Fomento pero yo casi no lo escuchaba”. 

“Pensaba en mis padres que ni un beso de despedida les pude dar, en mis hermanos, en mis abuelitos. En la finca próspera que dejaba atrás llena de árboles, ganado y cultivos. En la casa perfumada por las  gardenias del jardín. En las noches de guateque en que nos divertíamos muchísimo escuchando a los repentistas improvisar sus décimas al compás del laúd de Manolo. En la tierra donde habíamos estampado nuestras iniciales con el sudor del trabajo y el sacrificio heredado de los antecesores. En la mata de nomeolvides que sembré en el jardín.

11035970_1650857861796905_3771104246630794839_n“Muchos años después cuando me encontré con el Chino en New Jersey me contó  que  hablaba y hablaba para  espantar el miedo y la angustia que veía en mis ojos. Yo sabía lo que era el miedo Fina porque ayudé a mucha a gente a huir del terror“, me dijo él.

La finca La Bermeja  fue confiscada unas semanas después de que Josefina huyera.

Cuando los milicianos se dieron cuenta que Ramón no iba a volver por allí porque ya las mujeres de la casa no salían al patio a recoger  gardenias y por la mañanitas no se escuchaba el llanto de un bebé, ni Tita les llevaba café, levantaron campamento.

Un año después los abuelos de Verena salieron rumbo a España donde le concedieron asilo y la casa pasó a manos de los orientales, según le contaron en cartas a Josefina los parientes que vivían en el caserío de Potreros de Güinía.

II

Verena, con su pasaporte americano, su apellido inglés y su español casi perfecto abordó  el avión en Miami con la esperanza de que los usurpadores de la propiedad la dejaran, al menos, caminar por los trillos que una vez usaron sus padres y abuelos.

La esperaba en el aeropuerto la hija de un viejo amigo de los padres de Verena que nunca cayó preso, ni fue molestado por los milicianos en el Escambray porque siempre anduvo con discreción para no levantar sospechas y poder colaborarle a los insurgentes.

-Me llamo María del Carmen, pero todos me dicen Carmen. Dice mi papá que te tengo que llevar a la finca que era de tus padres. Eso queda lejos, así que mejor aprovechemos el tiempo, es verano y puede llover.

-También quiero ir al cementerio de Condado, a Topes de Collantes y pasar por La Campana, le espetó Verena.

-La gente viene  a ver las casas que sus padres dejaron en los pueblos, a tomar mojitos, a bailar y a mirar las ruinas en que se han convertido las ciudades pero nunca he escuchado a los que quieren saber donde están los muertos que se alzaron contra la dictadura. A nadie se le ocurre recorrer los lugares donde se cometieron las mayores vilezas”, respondió Carmen con  voz baja pero firme.

-Mis papás trabajaron muy duro en New York para sacar a los padres de ambos del Escambray y luego cuando se mudaron para Miami ayudaron a otros parientes que quisieron irse de este país, pero aquí nunca quisieron volver.

-Si, lo sé, si ellos hubieran venido a Cuba mi papá los habría recibido  como hago yo ahora. El murió recordándolos con mucho cariño y alguna que otra vez cuando veía fotos que ustedes mandaron a los primos de aquí  me contaba cómo fue que  le quitaron la finca a tu familia para convertirla en lo que vas a ver en un rato.

Cuando el carro  iba pasando por  Güinia de  Miranda Verena se dio cuenta que todavía no había sentido en el pecho  el compás exacto  que la conectara con los trillos al lado de las montañas por donde su mamá  caminó, aquella madrugada de verano, con ella  apretada al pecho y respirando fuerte para espantar el miedo.

Cerró los ojos y respiró profundo.  Quería saber si podía reconocer los lugares por el olfato como hacía su mamá.

“Cuando nosotros regresábamos de Santa Clara en el jeep de tu abuelo, le contaba Josefina,  yo cerraba los ojos y desde que olfateaba cierto olor a monte, limpio y fresco, sabía que nos acercábamos a Manicaragua”. Güinía era otra cosa, olía a fritanga y un caserío que estaba entre esos dos pueblecitos a perfume barato, como el que usaban las coristas del teatro Alhambra.

-Yo quiero hacerlo igual mami, decía Verena.

-A ver Verena, cierra los ojos y respira profundo… a qué huele este lugar?

-A perro caliente, mamá.

Josefina se reía.  “New York huele a canela tibia por la madrugada y a perro caliente al atardecer”, le dijo  un día cuando se bajaron del bus cerca de Central Park para ir a comprar los regalos de Navidad.

Verena lo intentó muchas veces en New York y lo logró, sobre todo con el olor a perro caliente cuando tenía hambre , pero ahora que recorría otros senderos en la búsqueda del pasado de sus padres no  consiguió sentir el olor a monte del que le habló la mamá.

Por más que inhaló con los ojos cerrados el viento que entraba por la ventanilla, lo que alcanzó a distinguir fue un vaho agrio. Abrió los ojos y vio unos basureros donde un perro y un mendigo hurgaban, ajenos a los ruidos del carro que cruzó a unos cinco metros de ellos.

-Estamos entrando a Güinia y de aquí en adelante el viaje se hace más difícil”, alertó Benito, el chofer.

Había muchos huecos en lo que una vez fue la carretera que conectaba ese pueblecito con Fomento y el chofer rezongó.

_Yo creo que este carro no aguanta el camino.

Pero Verena estaba conectada con el corazón de su mamá para que le  dictara emociones y no escuchó.

-“Dice mami que la finca y la casa se ven desde la carretera y que  donde hay dos palmas reales y un portón tenemos que bajarnos del carro para seguir a pie”.

Carmen sonrió.

-Hay que cruzar una cañada primero. Ahí es donde los espíritus de La Bermeja caminan al lado de uno. Siempre que alguien nuevo va al lugar aparecen por detrás de la mata de yagruma y se mantienen ahí hasta tanto son advertidos. Luego se van buscando el monte por el palmar  que hay más arriba.

Verena pensó que era una broma, pero la seriedad de Carmen  la impactó.

-Son las almas de los muertos que hay enterrados en todo el Escambray.  Vienen a La Bermeja buscando el claro de luz donde está la mata de “nomeolvides” que sembró Josefina el día que naciste tú. Esa fue la única marca que dejó Fina al salir de Cuba. Lo hizo con la esperanza de que pudieras volver un día a tomar posesión de La Bermeja que les confiscaron por orden de Félix Torres que a su vez obedecía los mandatos de Fidel Castro. Fina quería que en el mismo lugar tú construyeras una torre de ladrillos muy  alta para subir allí a mirar los amaneceres entre montañas. Que escribieras un libro de relatos de la cruzada maldita que acabó con los sueños y esperanzas de cientos de familias de la región”, explicó Carmen.

-Cómo sabes todo eso Carmencita si nunca hablaste con ella?

-Fina y yo conversábamos a menudo  por las noches cuando a mí me tocaba la guardia nocturna en la escuela donde trabajé por varios años en  Rincón Naranjo. Es un área donde murieron por fusilamiento o por tiroteos muchos alzados a los que los milicianos desaparecieron de una forma tal que sus familias nunca pudieron darle sepultura como Dios manda, contó Carmen.

-Hay que bajarse aquí interrumpió Benito, tras sacar el carro   de la franja polvorienta  que una vez fue carretera y parquearlo debajo de una mata de guácima. Creo que es por el trillo al lado de aquella palma. ¿Las espero en el carro o las acompaño?

-Ven con nosotros, dijo Carmen.

– No estarás equivocado?… Allí falta una palma, señaló Verena.

-La cortó Avelino para hacer una casita al lado de sus padres en Mabujina, respondió Carmen.

-¿Y el portón para entrar a la finca?.

-Lo tumbó un buldócer cuando dijeron que iban a reconstruir la carretera para mejorar las vías de comunicación entre Fomento y Güinía. A veinte metros a ambos lados de la vía le pasaron aplanadoras y cuanto equipo pesado se les ocurrió, explicó Carmen.

-¿Y el puentecito que había por arriba del arroyo para llegar a la casa?

-Se lo llevó una crecida y luego la gente que vivía en tu casa lo parapetó como pudo para  cruzar a pie.

Caminaban en fila india porque el trillo era estrecho. A ambos lados los matorrales amenazaban con invadirlo todo. Carmen iba delante, luego Verena y unos metros más atrás Benito.

-La casa tenía portales alrededor, estaba pintada de blanco, el techo era de tejas color marrón, el jardín de abuela Tita era inmenso…

-¿Donde está todo eso?

-En el corazón de ellos, querida Verena. La tierra que pisas, el país que buscas sólo está en el corazón de tus padres, le respondió Carmen mientras observaba que las ramas  de los árboles  se movían  con más fuerza según avanzaban.

Allí en el claro del monte donde una vez hubo una casa se alzaba una especie de barracón pequeño con techo de zinc y paredes de tabla de palma que tenía una sola puerta donde colgaba una  cadena que alguna vez sirvió para poner  candados.

“No te angusties”,  dijo Carmen y tomó a Verena de la mano para llevarla al lado izquierdo del  rancho donde  estaba la mata de nomeolvides, cargada de flores y brillando por el sol fuerte de la tarde.

-“Nunca la pudieron eliminar, los granjeros chapeaban la zona, la cortaban y ella volvía a salir.  Tanto en días soleados como en noche de plenilunio los espíritus del monte y las almas en pena vienen aquí a  buscar consuelo. Antes la vieja Marcela desde su casa al otro lado del arroyo los veía llegar hasta el nomeolvides y les rezaba para elevar los espíritus de esos almas en pena que murieron en el Escambray y las familias nunca supieron donde fueron enterrados”.

 “Marcela murió en 1981 pero sigue rezándoles desde el sepulcro, para que encuentren la paz porque los muertos nunca se van cuando no se les hace justicia”.

“Por aquí están vagando” dijo Carmen tras  persignarse y arrancar unas flores de “nomeolvides” para ponérselas en el pelo.

Un oriental que tenía grados de capitán de la milicia pasó a ser el encargado de La Bermeja después que los abuelos de Verena  se fueron de Cuba para reunirse en New York con Ramón y Josefina.

Por orden de Félix Torres[i] se quedó al tanto de la finca que era de la revolución pero que la podía usar siempre que entregara lo acopiado a la cooperativa”.

Los pocos vecinos que quedaron por allí  enseguida se dieron cuenta que al oriental  no le gustaba mucho trabajar en el campo porque unos cinco años  después  se buscó otras “tareas con la revolución” y dejó todo abandonado.

Desde entonces La Bermeja está vacía. Queda un pedazo de cemento de lo que fue piso de la sala de la casa pero cubierto de malezas. Poco a poco la gente se fue llevando las tejas  y las tablas para componer otras casuchas lejos del “misterio y el embrujo”.

El territorio quedó libre para el cruce de las almas de las víctimas en la región. Josefina y Ramón nunca más volvieron allí y cuando los abuelos de Verena murieron nonagenarios en Miami,  les pusieron en las manos un ramillete de nomeolvides de la mata que Tita sembró en el jardín de la casita que tuvo en Hialeah.

Pie de Notas

[i] Félix Torres tristemente conocido en el Escambray por sus crímenes y abuso de poder durante la etapa de confrontación entre campesinos y la Dictadura fue nombrado comandante del Ejército Rebelde.

Era de Yaguajay, integró desde muy joven las filas del Partido Socialista Popular. En 1958 fundó un destacamento guerrillero contra el gobierno de Batista en la zona de Yaguajay y luego de la llegada de la columna invasora dirigida por Camilo Cienfuegos se unió al frente norte de las villas. Participó en algunas escaramuzas bajo las órdenes de Camilo Cienfuegos.

Más tarde tras fue nombrado Jefe del Plan Escambray y asignado a trabajar en esa zona. Confiscó decenas de fincas y propiedades (autos, camiones, casas) en nombre de la “revolución”, y ordenó encarcelar a muchos de esos propietarios  cuando se revelaban por el abuso de poder.

Muchas de las propiedades confiscadas luego las entregó a otras personas que él estimó conveniente. Los campesinos lo recuerdan  como uno de los hombres que más daño hizo en la región. Murió en 2008 con 91 años.

 

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Autor: Idolidia Darias

Periodista cubana radicada en Miami desde 2004. Estudió Lengua y Literatura en el Instituto Superior Pedagógico Félix Varela en Santa Clara, Villa Clara, Cuba. Autora del libro “Escambray, la historia que el totalitarismo trató de sepultar” y coautora de “Cuba: desplazados y pueblos cautivos”. Es autora del blog

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